Thursday, April 19, 2007


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Isabel Allende

 

La Casa de los espíritus

 

Isabel Allende nació en Lima en 1942, estudió Periodismo en Chile y tuvo que exiliarse a Venezuela tras el golpe militar contra

 

su tío Salvador Allende. Desde la publicación en 1982 de La casa de los espíritus, sus novelas y cuentos han alcanzado gran éxito de ventas, trascendiendo las fronteras del ámbito de la lengua castellana. Entre su obra narrativa destacan Eva Luna, Paula y El plan infinito. Su última novela public ada es Retrato en sepia (2000).

 

Con La casa de los espíritus comienza el empeño de Isabel Allende por rescatar la memoria del pasado, mediante la historia de tres generaciones de

 

chilenos desde comienzos del siglo XX hasta la década de los setenta. El eje de la

 

saga lo cons tituye Esteban Txueba, un humilde minero que logra prosperar a base de tenacidad y se convierte en uno de los más poderosos terratenientes. Tras

 

su matrimonio frustrado con Rosa, que muere envenenada por error, se casa con

 

otra hermana, Clara, incompetente para las cosas de orden doméstico pero

 

dotada de una extraña clarividencia: es capaz de interpretar los sueños y de

 

predecir el futuro con sorprendente exactitud. La brutalidad de Esteban, hombre

 

lujurioso y de mal carácter, irá minando un matrimonio difícilmente conciliable y

 

los conflictos se extenderán también a sus hijos y nietos. La novela recorre, con el paso de los años, la evolución de los cambios sociales e ideológicos del país, sin perder de vista las peripecias personales -a menudo misteriosas- de la saga fam iliar. Entrarán en escena los avances tecnológicos, la mudanza en las costumbres, las «nuevas ideas» socialistas y

 

de emancipación de la mujer, el espiritismo y los fantasmas comunistas, hasta desembocar en el triunfo socialista y el posterior golpe militar. Estas convulsiones afectarán a la familia de Esteban Trueba -cuyos miembros poseen siempre algún rasgo extravagante y desmedido- con distintos matices de dramatismo y

 

violencia. EL viejo terrateniente envejece y, con él, una forma de ver el mundo basada en el dominio, el código

 

de honor y la venganza. La casa de los espíritus fue llevada al cine por Bille August en 1993. Antonio Banderas, Meryl Streep, Glenn Close, Winona Ryder y Jeremy Irons encarnaron a los personajes principales.

 

 

 

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Prólogo

 

Zoé Valdés

 

Demoré varios años después de su publicación antes de iniciar la lectura de la novela que consagró definitivamente a Isabel Allende. Es algo que hago siempre con los libros o películas que intuyo tendrán un valor importante para mí, pocas veces asista a un estreno sólo porque la crítica me obligue, y prefiero guardar un libro

 

hasta tres meses o algunos años más tarde de la edición para sumergirme en su lectura. Salvo, por supuesto, cuando debo hacerlo por inminentes razones profesionales.

 

La casa de los espíritus la leí después que había pasado incluso el éxito de la película. La película aún no la he visto, aunque me apetece verla no sólo por la pléyade de actrices y actores que hicieron la novela aún más célebre, sobre todo

 

porque resulta inevitable que nos pique la curiosidad de comprobar si la historia magistralmente narrada por su autora no ha sido traicionada en la gran pantalla, siendo la propia historia fruto creador de una protagonista directa, además de que

 

la densidad filosófica y la belleza literaria son insuperables en el texto, y constituyen claves esenciales que seducirán, bordando delicadas y perdurables emociones en la sensibilidad y en el pensamiento del lector. Isabel Allende nos cuenta una gran saga familiar, la existencia de cuatro generaciones en la familia Trueba, deteniéndose con preferencia en los personajes femeninos: Nívea, Rosa y Clara, Blanca, y por último Alba; aunque a todo lo largo de la novela quien habla en los momentos trascendentales es el senador Trueba, eje

 

central del cuerpo sustancial histórico-político en el aspecto cronológico, salvo en el final, que quien toma la palabra es Alba, en una suerte de relevo espiritual y social. Esteban Trueba, el patrón, representa el autoritarismo de las clases altas de ese país, que no es otro que Chile. Sin embargo, si bien el senador Trueba es el hilo conductor de varias generaciones; Clara, su mujer, es la sonoridad telúrica de la

 

cultura, de la imaginación, la resonancia lírica de esas mismas-generaciones, en su diversidad mestiza. Insisto en hacer hincapié en el lenguaje, escrita con una limpieza excepcional, incorporando localismos que gracias a la nitidez con que la escritora asumió el tejido apretado de la obra se convierten de inmediato en universales. Creo que

 

La casa de los espíritus es la novela por excelencia de la más reciente historia latinoamericana, donde se reflejan sin ambigüedades las hondas contradicciones entre el campo y la

 

ciudad, la lucha de clases, las confusiones o certezas ideológicas, las diferencias. Aceptar las exageradas propuestas de esta multiplicidad de realidades en una novela es un riesgo que no cualquier escritor está dispuesto a asumir. Porque Isabel Allende expone los horrores de la junta militar, pero también los peligros no menos siniestros de una dictadura marxista; los personajes jamás deambularán con pasos

 

extremistas y dislocados de un discurso a otro, viajarán por dentro de ellos con desplazamientos excesivos, eso sí, chocando con sus negaciones, trastabillando de un estado de ánimo a otro, acertando, equivocándose, viviendo el laberinto

 

indisoluble de la duda o la verdad de los seres humanos. Así Pedro Tercero García, el cantautor con ideas izquierdistas irá aparar a un oscuro despacho totalitario donde para nada le valdrá la guitarra que siempre le acompañó y que le dio la

 

 

 

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 celebridad en el corazón del pueblo, sin renunciar a su pasado terminará en el exilio. Miguel, el revolucionario, será el eterno esperado por Alba, quien a su vez significa el sacrificio, encarcelada por los militares, torturada en campos de concentración; pero lo más importante es que Albaes la redención a través de la escritura, de la palabra, es salvada por su abuelo, el anciano y desvalido senador

 

Trueba, un lejano aunque sólido indicio de la fundación de la tierra, en combinación con Tránsito Soto, la antigua prostituta devenida nueva rica. Pero el personaje que sostiene de una punta a la otra el equilibrio de la fábula se llama Clara,

 

clarividencia constante, horizonte latente, viva y extraordinariamente fantasmal, referencia indiscutible al realismo mágico.

 

La casa de los espíritus es una de las grandes novelas del siglo veinte, por su sinceridad al traducir la complejidad de la vida en literatura, asociando

 

espiritualidad y filosofía, realidad política y poética.

 

 

 

 

 

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 A mi madre, mi abuela y las otras extraordinarias mujeres de esta historia.

 

I. A.

 

 

 

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¿Cuánto vive el hombre, por fin? ¿Vive mil años o uno solo? ¿Vive una semana o varios siglos? ¿Por cuánto tiempo muere el hombre? ¿Qué quiere decir para siempre?

 

PABLO NERUDA

 

 

 

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Rosa, la bella

 

Capítulo I

 

Barrabás llegó a la familia por vía marítima, anotó la niña Cl ara con su delicada caligrafía. Ya entonces tenía el hábito de escribir las cosas importantes y más tarde, cuando se quedó muda, escribía también las trivialidades, sin sospechar que cincuenta

 

años después, sus cuadernos me servirían para rescatar la memoria del pasado y para sobrevivir a mi propio espanto. El día que llegó

 

Barrabás era jueves Santo. Venía en una jaula indigna, cubierto de sus propios excrementos y orines, con una mirada extraviada de preso miserable e indefenso, pero ya se adivinaba -por el porte real de su cabeza y el tamaño de su esqueleto- el gigante legendario que llegó a ser. Aquél

 

era un día aburrido y otoñal, que en nada presagiaba los acontecimientos que la niña escribió para que fueran recordados y que ocurrieron durante la misa de doce, en la parroquia de San Sebastián, a la cual asistió con toda su familia. En señal de duelo, los santos estaban tapados con trapos morados, que las beatas desempolvaban anualmente del ropero de la sacristía, y bajo las sábanas de luto, la corte celestial

 

parecía un amasijo de muebles esperando la mudanza, sin que las velas, el incienso o los gemidos del órgano, pudieran contrarrestar ese lamentable efecto. Se erguían amenazantes bultos oscuros en el lugar de los santos de cuerpo entero, con sus rostros idénticos de expresión constipada, sus elaboradas pelucas de cabello de muerto, sus rubíes, sus perlas, sus esmeraldas de vidrio pintado y sus vestuarios de

 

nobles florentinos. El único favorecido con el luto era el patrono de la iglesia, san Sebastián, porque en Semana Santa le ahorraba a los fieles el espectáculo de su cuerpo torcido en una postura indecente, atravesado por media docena de flechas, chorreando sangre y lágrimas, como un homosexual sufriente, cuyas llagas, milagrosamente frescas gracias al pincel del padre Restrepo, hacían estremecer de

 

asco a Clara. Era ésa una larga semana de penitencia y de ayuno, no se jugaba baraja, no se tocaba música que incitara a la lujuria o al olvido, y se observaba, dentro de lo posible, la mayor tristeza y castidad, a pesar de que justamente en esos días, el aguijonazo del

 

demonio tentaba con mayor insistencia la débil carne católica. El ayuno consistía en suaves pasteles de hojaldre, sabrosos guisos de verdura, esponjosas tortillas y grandes quesos traídos del campo, con los que las familias recordaban la Pasión del Señor, cuidándose de no probar ni el más pequeño trozo de carne o de pescado, bajo pena de excomunión, como insistía el padre Restrepo. Nadie se habría atrevido a

 

desobedecerle. El sacerdote estaba provisto de un largo dedo incriminador para apuntar a los pecadores en público y una lengua entrenada para alborotar los sentimientos. -¡Tú, ladrón que has robado el dinero del culto! -gritaba desde el púlpito señalando a un caballero que fingía afanarse en una pelusa de su solapa para no darle la cara-. ¡Tú, desvergonzada que te prostituyes en los muelles! -y acusaba a doña Ester Trueba, inválida debido a la artritis y beata de la Virgen del Carmen, que abría los ojos sorprendida, sin saber el significado de aquella palabra ni dónde quedaban los muelles-. ¡Arrepentíos, pecadores, inmunda carroña, indignos del sacrificio de Nuestro

 

Señor! ¡Ayunad! ¡Haced penitencia!

 

 

 

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Llevado por el entusiasmo de su celo vocacional, el sacerdote debía contenerse para no entrar en abierta desobediencia con las instrucciones de sus superiores eclesiásticos, sacudidos por vientos de modernismo, que se oponían al cilicio y a la flagelación. Él era partidario de vencer las debilidades del alma con una buena azotaina de la carne. Era famoso por su oratoria desenfrenada. Lo seguían sus fieles de

 

parroquia en parroquia, sudaban oyéndolo describir los tormentos de los pecadores en el infierno, las carnes desgarradas por ingeniosas máquinas de tortura, los fuegos eternos, los garfios que traspasaban los miembros viriles, los asquerosos reptiles que se introducían por los orificios femeninos y otros múltiples suplicios que incorporaba en cada sermón para sembrar el terror de Dios. El mismo Satanás era descrito hasta en

 

sus más íntimas anomalías con el acento de Galicia del sacerdote, cuya misión en este mundo era sacudir las conciencias de los indolentes criollos. Severo del Valle era ateo y masón, pero tenía ambiciones políticas y no podía darse el lujo de faltar a la misa más concurrida cada domingo y fiesta de guardar, para que

 

todos pudieran verlo. Su esposa Nívea prefería entenderse con Dios sin intermediarios, tenía profunda desconfianza de las sotanas y se aburría con las descripciones del cielo, el purgatorio y el infierno, pero acompañaba a su marido en sus ambiciones parlamentarias, en la esperanza de que si él ocupaba un puesto en el Congreso, ella podría obtener el voto femenino, por el cual luchaba desde hacía diez años, sin que sus

 

numerosos embarazos lograran desanimarla. Ese Jueves Santo el padre Restrepo había llevado a los oyentes al límite de su resistencia con sus visiones apocalípticas y Nívea empezó a sentir mareos. Se preguntó si no estaría nuevamente encinta. A pesar de los lavados con vinagre y las esponjas con hiel, había dado a luz quince hijos, de los cuales todavía quedaban once vivos, y tenía razones para suponer que ya estaba

 

acomodándose en la madurez, pues su hija Clara, la menor, tenía diez años. Parecía que por fin había cedido el ímpetu de su asombrosa fertilidad. Procuró atribuir su malestar al momento del sermón del padre Restrepo cuando la apuntó para referirse a los fariseos que pretendían legalizar a los bastardos y al matrimonio civil, desarticulando a la familia, la patria, la propiedad y la Iglesia, dando a las mujeres la misma posición que a los hombres, en abierto desafío a la ley de Dios, que en ese aspecto era muy precisa. Nívea y Severo ocupaban, con sus hijos, toda la tercera

 

hilera de bancos. Clara estaba sentada al lado de su madre y ésta le apretaba la mano con impaciencia cuando el discurso del sacerdote se extendía demasiado en los pecados de la carne, porque sabía que eso inducía a la pequeña a visualizar aberraciones que iban más allá de la realidad, como era evidente por las preguntas que hacía y que nadie sabía contestar. Clara era muy precoz y tenía la desbordante

 

imaginación que heredaron todas las mujeres de su familia por vía materna. La temperatura de la iglesia había aumentado y el olor penetrante de los cirios, el incienso y la multitud apiñada, contribuían a la fatiga de Nívea. Deseaba que la ceremonia terminara de una vez, para regresar a su fresca casa, a sentarse en el corredor de los helechos y saborear la jarra de horchata que la Nana preparaba los

 

días de fiesta. Miró a sus hijos, los menores estaban cansados, rígidos en su ropa de domingo, y los mayores comenzaban a distraerse. Posó la vista en Rosa, la mayor de sus hijas vivas, y, como siempre, se sorprendió. Su extraña belleza tenía una cualidad perturbadora de la cual ni ella escapaba, parecía fabricada de un material diferente al de la raza humana. Nívea supo que no era de este mundo aun antes que naciera,

 

porque la vio en sueños, por eso no le sorprendió que la comadrona diera un grito al verla. Al nacer, Rosa era blanca, lisa, sin arrugas, como una muñeca de loza, con el cabello verde y los ojos amarillos, la criatura más hermosa que había nacido en la tierra desde los tiempos del pecado original,, como dijo la comadrona santiguándose. Desde el primer baño, la Nana le lavó el pelo con infusión de manzanilla, lo cual tuvo la

 

 

 

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virtud de mitigar el color, dándole una tonalidad de bronce viejo, y la ponía desnuda al sol, para fortalecer su piel, que era translúcida en las zonas más delicadas del vientre y de las axilas, donde se adivinaban las venas y la textura secreta de los músculos. Aquellos trucos de gitana, sin embargo, no fueron suficiente y muy pronto se corrió la voz de que les había nacido un ángel. Nívea esperó que las ingratas etapas del

 

crecimiento otorgarían a su hija algunas imperfecciones, pero nada de eso ocurrió, por el contrario, a los dieciocho años Rosa no había engordado y no le habían salido granos, sino que se había acentuado su gracia marítima. El tono de su piel, con suaves reflejos azulados, y el de su cabello, la lentitud de sus movimientos y su carácter silencioso, evocaban a un habitante del agua. Tenía algo de pez y si hubiera tenido una

 

cola escamada habría sido claramente una sirena, pero sus dos piernas la colocaban en un límite impreciso entre la criatura humana y el ser mitológico. A pesar de todo, la joven había hecho una vida casi normal, tenía un novio y algún día se casaría, con lo cual la responsabilidad de su hermosura pasaría a otras manos. Rosa inclinó la cabeza y un rayo se filtró por los vitrales góticos de la iglesia, dando un halo de luz a su perfil.

 

Algunas personas se dieron vuelta para mirarla y cuchichearon, como a menudo ocurría a su paso, pero Rosa no parecía darse cuenta de nada, era inmune a la vanidad y ese día estaba más ausente que de costumbre, imaginando nuevas bestias para bordar en su mantel, mitad pájaro y mitad mamífero, cubiertas con plumas iridiscentes y provistas de cuernos y pezuñas, tan gordas y con alas tan breves, que desafiaban las leyes de la biología y de la aerodinámica. Rara vez pensaba en su novio, Esteban Trueba, no por falta de amor, sino a causa de su temperamento olvidadizo y porque

 

dos años de separación son mucha ausencia. Él estaba trabajando en las minas del Norte. Le escribía metódicamente y a veces Rosa le contestaba enviando versos copiados y dibujos de flores en papel de pergamino con tinta china. A través de esa correspondencia, que Nívea violaba en forma regular, se enteró de los sobresaltos del oficio de minero, siempre amenazado por derrumbes, persiguiendo vetas escurridizas,

 

pidiendo créditos a cuenta de la buena suerte, confiando en que aparecería un maravilloso filón de oro que le permitiría hacer una rápida fortuna y regresar p ara llevar a Rosa del brazo al altar, convirtiéndose así en el hombre más feliz del universo, como decía siempre al final de las cartas. Rosa, sin embargo, no tenía prisa por casarse y casi había olvidado el único beso que intercambiaron al despedirse y

 

tampoco podía recordar el color de los ojos de ese novio tenaz. Por influencia de las novelas románticas, que constituían su única lectura, le gustaba imaginarlo con botas de suela, la piel quemada por los vientos del desierto, escarbando la tierra en busca de tesoros de piratas, doblones españoles y joyas de los incas, y era inútil que Nívea tratara de convencerla de que las riquezas de las minas estaban metidas en las

 

piedras, porque a Rosa le parecía imposible que Esteban Trueba recogiera toneladas de peñascos con la esperanza de que, al someterlos a inicuos procesos crematorios, escupieran un gramo de oro. Entretanto, lo aguardaba sin aburrirse, imperturbable en la gigantesca tarea que se había impuesto: bordar el mantel más grande del mundo. Comenzó con perros, gatos y mariposas, pero pronto la fantasía se apoderó de su

 

labor y fue apareciendo un paraíso de bestias imposibles que nacían de su aguja ante los ojos preocupados de su padre. Severo consideraba que era tiempo de que su hija se sacudiera la modorra y pusiera los pies en la realidad, que aprendiera algunos oficios domésticos y se preparara para el matrimonio, pero Nívea no compartía esa inquietud. Ella prefería no atormentar a su hija con exigencias terrenales, pues

 

presentía que Rosa era un ser celestial, que no estaba hecho para durar mucho tiempo en el tráfico grosero de este mundo, por eso la dejaba en paz con sus hilos dé bordar y no objetaba aquel zoológico de pesadilla.

 

 

 

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Una barba del corsé de Nívea se quebró y la punta se le clavó entre las costillas. Sintió que se ahogaba dentro del vestido de terciopelo azul, el cuello de encaje demasiado alto, las mangas muy estrechas, la cintura tan ajustada, que cuando se soltaba la faja pasaba media hora con retorcijones de barriga hasta que las tripas se le acomodaban en su posición normal. Lo habían discutido a menudo con sus amigas

 

sufragistas y habían llegado a la conclusión que mientras las mujeres no se cortaran las faldas y el pelo y no se quitaran los refajos, daba igual que pudieran estudiar medicina o tuvieran derecho a voto, porque de ningún modo tendrían ánimo para hacerlo, pero ella misma no tenía valor para ser de las primeras en abandonar la moda. Notó que la voz de Galicia había dejado de martillarle el cerebro. Se encontraba

 

en una de esas largas pausas del sermón que el cura, conocedor del efecto de un silencio incómodo, empleaba con frecuencia. Sus ojos ardientes aprovechaban esos momentos para recorrer a los feligreses uno por uno. Nívea soltó la mano de su hija Clara y buscó un pañuelo en su manga para secarse una gota que le resbalaba por el cuello. El silencio se hizo denso, el tiempo pareció detenido en la iglesia, pero nadie se

 

atrevió a toser o a acomodar la postura, para no atraer la atención del padre Restrepo. Sus últimas frases todavía vibraban entre las columnas. Y en ese momento, como recordara años más tarde Nívea, en medio de la ansiedad y el silencio, se escuchó con toda nitidez la voz de su pequeña Clara. -¡Pst! ¡Padre Restrepo! Si el cuento del infierno fuera pura mentira, nos chingamos todos… El dedo índice del jesuita, que ya estaba en el aire para señalar nuevos suplicios, quedó suspendido como un pararrayos sobre su cabeza. La gente dejó de respirar y los que estaban cabeceando se reanimaron. Los esposos Del Valle fueron los primeros en reaccionar al sentir que los invadía el pánico y al ver que sus hijos comenzaban a agitarse nerviosos. Severo comprendió que debía actuar antes que estallara la risa colectiva o se desencadenara algún cataclismo celestial. Tomó a su mujer del brazo y a

 

Clara por el cuello y salió arrastrándolas a grandes zancadas, seguido por sus otros hijos, que se precipitaron en tropel hacia la puerta. Alcanzaron a salir antes que el sacerdote pudiera invocar un rayo que los convirtiera en estatuas de sal, pero desde el umbral escucharon su terrible voz de arcángel ofendido. -¡Endemoniada! ¡Soberbia endemoniada! Esas palabras del padre Restrepo permanecieron en la memoria de la familia con la gravedad de un diagnóstico y, en los años sucesivos, tuvieron ocasión de recordarlas a menudo. La única que no volvió a pensar en ellas fue la misma Clara, que se limitó a anotarlas en su diario y luego las olvidó. Sus padres, en cambio, no pudieron ignorarlas, a pesar de que estaban de acuerdo en que la posesión demoníaca y la soberbia eran dos pecados demasiado grandes para una niña tan pequeña. Temían a la

 

maledicencia de la gente y al fanatismo del padre Restrepo. Hasta ese día, no habían puesto nombre a las excentricidades de su hija menor ni las habían relacionado con influencias satánicas. Las tomaban como una característica de la niña, como la cojera lo era de Luis o la belleza de Rosa. Los poderes mentales de Clara no molestaban a nadie y no producían mayor desorden; se manifestaban casi siempre en asuntos de poca importancia y en la estricta intimidad del hogar. Algunas veces, a la hora de la comida, cuando estaban todos reunidos en el gran comedor de la casa, sentados en

 

estricto orden de dignidad y gobierno, el salero comenzaba a vibrar y de pronto se desplazaba por la mesa entre las copas y platos, sin que mediara ninguna fuente de energía conocida ni truco de ilusionista. Nívea daba un tirón a las trenzas de Clara y con ese sistema conseguía que su hija abandonara su distracción lunática y devolviera la normalidad al salero, que al punto recuperaba su inmovilidad. Los hermanos se

 

 

 

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habían organizado para que, en el caso de que hubiera visitas, el que estaba más cerca detenía de un manotazo lo que se estaba moviendo sobre la mesa, antes que los extraños se dieran cuenta y sufrieran un sobresalto. La familia continuaba comiendo sin comentarios. También se habían habituado a los presagios de la hermana menor. Ella anunciaba los temblores con alguna anticipación, lo que resultaba muy

 

conveniente en ese país de catástrofes, porque daba tiempo de poner a salvo la vajilla y dejar al alcance de la mano las pantuflas para salir arrancando en la noche. A los seis años Clara predijo que el caballo iba a voltear a Luis, pero éste se negó a escucharla y desde entonces tenía una cadera desviada. Con el tiempo se le acortó la pierna izquierda y tuvo que usar un zapato especial con una gran plataforma que él mismo se

 

fabricaba. En esa ocasión Nívea se inquietó, pero la Nana le devolvió la tranquilidad diciendo que hay muchos niños que vuelan como las moscas, que adivinan los sueños y hablan con las ánimas, pero a todos se les pasa cuando pierden la inocencia. -Ninguno llega a grande en ese estado -explicó-. Espere que a la niña le venga la demostración y va a ver que se le quita la maña de andar moviendo los muebles y anunciando desgracias. Clara era la preferida de la Nana. La había ayudado a nacer y ella era la única que comprendía realmente la naturaleza estrafalaria de la niña. Cuando Clara salió del

 

vientre de su madre, la Nana la acunó, la lavó y desde ese instante amó desesperadamente a esa criatura frágil, con los pulmones llenos de flema, siempre al borde de perder el aliento y ponerse morada, que había tenido que revivir muchas veces con el calor de sus grandes pechos cuando le faltaba el aire, pues ella sabía que ése era el único remedio para el asma, mucho más efectivo que los jarabes

 

aguardentosos del doctor Cuevas. Ese Jueves Santo, Severo se paseaba por la sala preocupado por el escándalo que su hija había desatado en la misa. Argumentaba que sólo un fanático como el padre Restrepo podía creer en endemoniados en pleno siglo veinte, el siglo de las luces, de la

 

ciencia y la técnica, en el cual el demonio había quedado definitivamente desprestigiado. Nívea lo interrumpió para decir que no era ése el punto. Lo grave era que si las proezas de su hija trascendían las paredes de la casa y el cura empezaba a indagar, todo el mundo iba a enterarse. -Va a empezar a llegar la gente para mirarla como si fuera un fenómeno -dijo Nívea. -Y el Partido Liberal se irá al carajo -agregó Severo, que veía el daño que podía hacer a su carrera política tener una hechizada en la familia. En eso estaban cuando llegó la Nana arrastrando sus alpargatas, con su frufrú de enaguas almidonadas, a anunciar que en el patio había unos hombres descargando a un muerto. Así era. Entraron en un carro con cuatro caballos, ocupando todo el primer

 

patio, aplastando las camelias y ensuciando con bosta el reluciente empedrado, en un torbellino de polvo, un piafar de caballos y un maldecir de hombres supersticiosos que hacían gestos contra el mal de ojo. Traían el cadáver del tío Marcos con todo su equipaje. Dirigía aquel tumulto un hombrecillo melifluo, vestido de negro, con levita y un sombrero demasiado grande, que inició un discurso solemne para explicar las

 

circunstancias del caso, pero fue brutalmente interrumpido por Nívea, que se lanzó sobre el polvoriento ataúd que contenía los restos de su hermano más querido. Nívea gritaba que abrieran la tapa, para verlo con sus propios ojos. Ya le había tocado enterrarlo en una ocasión anterior, y, por lo mismo, le cabía la duda de que tampoco esa vez fuera definitiva su muerte. Sus gritos atrajeron a la multitud de sirvientes de la

 

casa y a todos los hijos, que acudieron corriendo al oír el nombre de su tío resonando con lamentos de duelo.

 

 

 

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Hacía un par de años que Clara no veía a su tío Marcos, pero lo recordaba muy bien. Era la única imagen perfectamente nítida de su infancia y para evocarla no necesitaba consultar el daguerrotipo del salón, donde aparecía vestido de explorador, apoyado en una escopeta de dos cañones de modelo antiguo, con el pie derecho sobre el cuello de un tigre de Malasia, en la misma triunfante actitud que ella había observado en la

 

Virgen del altar mayor, pisando el demonio vencido entre nubes de yeso y ángeles pálidos. A Clara le bastaba cerrar los ojos para ver a su tío en carne y hueso, curtido por las inclemencias de todos los climas del planeta, flaco, con unos bigotes de filibustero, entre los cuales asomaba su extraña sonrisa de dientes de tiburón. Parecía imposible que estuviera dentro de ese cajón negro en el centro del patio. En cada visita que hizo Marcos al hogar de su hermana Nívea, se quedó por varios meses, provocando el regocijo de los sobrinos, especialmente de Clara, y una tormenta en la que el orden doméstico perdía su horizonte. La casa se atochaba de baúles, animales embalsamados, lanzas de indios, bultos de marinero. Por todos lados la gente

 

andaba tropezando con sus bártulos inauditos, aparecían bichos nunca vistos, que habían hecho el viaje desde tierras remotas, para terminar aplastados bajo la escoba implacable de la Nana en cualquier rincón de la casa. Los modales del tío Marcos eran los de un caníbal, como decía Severo. Se pasaba la noche haciendo movimientos incomprensibles en la sala, que, más tarde se supo, eran ejercicios destinados a

 

perfeccionar el control de la mente sobre el cuerpo y a mejorar la digestión. Hacía experimentos de alquimia en la cocina, llenando toda la casa con humaredas fétidas y arruinaba las ollas con sustancias sólidas que no se podían desprender del fondo. Mientras los demás intentaban dormir, arrastraba sus maletas por los corredores, ensayaba sonidos agudos con instrumentos salvajes y enseñaba a hablar en español a

 

un loro cuya lengua materna era de origen amazónico. En el día dormía en una hamaca que había tendido entre dos columnas del corredor, sin más abrigo que un taparrabos que ponía de pésimo humor a Severo, pero que Nívea disculpaba porque Marcos la había convencido de que así predicaba el Nazareno. Clara recordaba perfectamente, a pesar de que entonces era muy pequeña, la primera vez que su tío Marcos llegó a la casa de regreso de uno de sus viajes. Se instaló como si fuera a quedarse para siempre. Al poco tiempo, aburrido de presentarse en tertulias de

 

señoritas donde la dueña de la casa tocaba el piano, jugar al naipe y eludir los apremios de todos sus parientes para que sentara cabeza y entrara a trabajar de ayudante en el bufete de abogados de Severo del Valle, se compró un organillo y salió a recorrer las calles, con la intención de seducir a su prima Antonieta y, de paso, alegrar al público con su música de manivela. La máquina no era más que un cajón

 

roñoso provisto de ruedas, pero él la pintó con motivos marineros y le puso una falsa chimenea de barco. Quedó con aspecto de cocina a carbón. El organillo tocaba una marcha militar y un vals alternadamente y entre vuelta y vuelta de la manivela, el loro, que había aprendido el español, aunque todavía guardaba su acento extranjero, atraía a la concurrencia con gritos agudos. También sacaba con el pico unos papelitos de una

 

caja para vender la suerte a los curiosos. Los papeles rosados, verdes y azules eran tan ingeniosos, que siempre apuntaban a los más secretos deseos del cliente. Además de los papeles de la suerte, vendía pelotitas de aserrín para divertir a los niños y polvos contra la impotencia, que comerciaba a media voz con los transeúntes afectados por ese mal. La idea del organillo nació como un último y desesperado

 

recurso para atraer a la prima Antonieta, después que le fallaron otras formas más convencionales de cortejarla. Pensó que ninguna mujer en su sano juicio podía permanecer impasible ante una serenata de organillo. Eso fue lo que hizo. Se colocó debajo de su ventana un atardecer, a tocar su marcha militar y su vals, en el momento en que ella tomaba el té con un grupo de amigas. Antonieta no se dio por aludida

 

 

 

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hasta que el loro comenzó a llamarla por su nombre de pila y entonces se asomó a la ventana. Su reacción no fue la que esperaba su enamorado. Sus amigas se encargaron de repartir la noticia por todos los salones de la ciudad y, al día siguiente, la gente empezó a pasear por las calles céntricas en la esperanza de ver con sus propios ojos al cuñado de Severo del Valle tocando el organillo y vendiendo pelotitas de aserrín con un

 

loro apolillado, simplemente por el placer de comprobar que también en las mejores familias había buenas razones p ara avergonzarse. Ante el bochorno fam iliar, Marcos tuvo que desistir del organillo y elegir métodos menos conspicuos p ara atraer a la prima Antonieta, pero no renunció a asediarla. De todos modos, al final no tuvo éxito, porque la joven se casó de la noche a la mañana con un diplomático veinte años

 

mayor, que se la llevó a vivir a un país tropical cuyo nombre nadie pudo recordar, pero que sugería negritud, bananas y palmeras, donde ella consiguió sobreponerse al recuerdo de aquel pretendiente que arruinó sus diecisiete años con su marcha militar y su vals. Marcos se hundió en la depresión durante dos o tres días, al cabo de los cuales anunció que jamás se casaría y que se iba a dar la vuelta al mundo. Vendió el organillo a un ciego y dejó el loro como herencia a Clara, pero la Nana lo envenenó secretamente con una sobredosis de aceite de hígado de bacalao, porque no podía soportar su mirada lujuriosa, sus pulgas y sus gritos destemplados ofreciendo papelitos para la suerte, pelotas de aserrín y polvos para la impotencia. Ése fue el viaje más largo de Marcos. Regresó con un cargamento de enormes cajas que se almacenaron en el último patio, entre el gallinero y la bodega de la leña, hasta que terminó el invierno. Al despuntar la primavera, las hizo trasladar al Parque de los Desfiles, un descampado enorme donde se juntaba el pueblo a ver marchar a los militares durante las Fiestas Patrias, con el paso de ganso que habían copiado de los

 

prusianos. Al abrir las cajas, se vio que contenían piezas sueltas de madera, metal y tela pintada. Marcos pasó dos semanas armando las partes de acuerdo a las instrucciones de un manual en inglés, que descifró con su invencible imaginación y un pequeño diccionario. Cuando el trabajo estuvo listo, resultó ser un pájaro de dimensiones prehistóricas, con un rostro de águila furiosa pintado en su parte delantera, alas movibles y una hélice en el lomo. Causó conmoción. Las familias de la oligarquía olvidaron el organillo y Marcos se convirtió en la novedad de la temporada.

 

La gente hacía paseos los domingos para ir a ver al pájaro y los vendedores de chucherías y fotógrafos ambulantes hicieron su agosto. Sin embargo, al poco tiempo comenzó a agotarse el interés del público. Entonces Marcos anunció que apenas se despejara el tiempo pensaba elevarse en el pájaro y cruzar la cord illera. La noticia se regó en pocas horas y se convirtió en el acontecimiento más comentado del año. La

 

máquina yacía con la panza asentada en tierra firme, pesada y torpe, con más aspecto de pato herido, que de uno de esos modernos aeroplanos que empezaban a fabricarse en Norteamérica. Nada en su apariencia permitía suponer que podría moverse y mucho menos encumbrarse y atravesar las montañas nevadas. Los periodistas y curiosos acudieron en tropel. Marcos sonreía inmutable ante la avalancha de preguntas y

 

posaba para los fotógrafos sin ofrecer ninguna explicación técnica o científica respecto a la forma en que pensaba realizar su empresa. Hubo gente que viajó de provincia para ver el espectáculo. Cuarenta años después, su sobrino nieto Nicolás, a quien Marcos no llegó a conocer, desenterró la iniciativa de volar que siempre estuvo presente en los hombres de su estirpe. Nicolás tuvo la idea de hacerlo con fines

 

comerciales, en una salchicha gigantesca rellena con aire caliente, que llevaría impreso un aviso publicitario de bebidas gaseosas. Pero, en los tiempos en que Marcos anunció su viaje en aeroplano, nadie creía que ese invento pudiera servir para algo útil. Él lo hacía por espíritu aventurero. El día señalado para el vuelo amaneció nublado, pero había tanta expectación, que Marcos no quiso aplazar la fecha. Se presentó

 

 

 

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puntualmente en el sitio y no dio ni una mirada al cielo que se cubría de grises nubarrones. La muchedumbre atónita, llenó todas las calles adyacentes, se encaramó en los techos y los balcones de las casas próximas y se apretujó en el parque. Ninguna concentración política pudo reunir a tanta gente hasta medio siglo después, cuando el primer candidato marxista aspiraba, por medios totalmente democráticos, a ocupar el

 

sillón de los Presidentes. Clara recordaría toda su vida ese día de fiesta. La gente se vistió de primavera, adelantándose un poco a la inauguración oficial de la temporada, los hombres con trajes de lino blanco y las damas con los sombreros de pajilla italiana que hicieron furor ese año. Desfilaron grupos de escolares con sus maestros, llevando flores para el héroe. Marcos recibía las flores y bromeaba diciendo que esperaran que

 

se estrellara para llevarle flores al entierro. El obispo en persona, sin que nadie se lo pidiera, apareció con dos turiferarios a bendecir el pájaro y el orfeón de la gendarmería tocó música alegre y sin pretensiones, para el gusto popular. La policía, a caballo y con lanzas, tuvo dificultad en mantener a la multitud alejada del centro del parque, donde estaba Marcos, vestido con una braga de mecánico, con grandes anteojos de

 

automovilista y su cucalón de explorador. P ara el vuelo llevaba, además, su brújula, un catalejo y unos extraños mapas de navegación aérea que él mismo había trazado basándose en las teorías de Leonardo da Vinci y en los conocimientos australes de los incas. Contra toda lógica, al segundo intento el pájaro se elevó sin contratiempos y hasta con cierta elegancia, entre los crujidos de su esqueleto y los estertores de su motor. Subió aleteando y se perdió entre las nubes, despedido por una fanfarria de aplausos, silbatos, pañuelos, banderas, redobles musicales del orfeón y aspersiones de

 

agua bendita. En tierra quedó el comentario de la marav illada concurrencia y de los hombres más instruidos, que intentaron dar una explicación razonable al milagro. Clara siguió mirando el cielo hasta mucho después que su tío se hizo invisible. Creyó divisarlo diez minutos más tarde, pero sólo era un gorrión pasajero. Después de tres días, la euforia provocada por el primer vuelo de aeroplano en el país, se desvaneció y

 

nadie volvió a acordarse del episodio, excepto Clara, que oteaba incansablemente las alturas. A la semana sin tener noticias del tío volador, se supuso que había subido hasta perderse en el espacio sideral y los más ignorantes especularon con la idea de que

 

llegaría a la luna. Severo determinó, con una mezcla de tristeza y de alivio, que su cuñado se había caído con su máquina en algún resquicio de la cordillera, donde nunca sería encontrado. Nívea lloró desconsoladamente y prendió unas velas a san Antonio, patrono de las cosas perdidas. Severo se opuso a la idea de mandar a decir algunas misas, porque no creía en ese recurso para ganar el cielo y mucho menos para volver

 

a la tierra, y sostenía que las misas y las mandas, así como las indulgencias y el tráfico de estampitas y escapularios, eran un negocio deshonesto. En vista de eso, Nívea y la Nana pusieron a todos los niños a rezar a escondidas el rosario durante nueve días. Mientras tanto, grupos de exploradores y andinistas voluntarios lo buscaron incansablemente por picos y quebradas de la cordillera, recorriendo uno por uno todos

 

los vericuetos accesibles, hasta que por último regresaron triunfantes y entregaron a la familia los restos mortales en un negro y modesto féretro sellado. Ente rraron al intrépido viajero en un funeral grandioso. Su muerte lo convirtió en un héroe y su nombre estuvo varios días en los titulares de todos los periódicos. La misma muchedumbre que se juntó para despedirlo el día que se elevó en el pájaro, desfiló

 

frente a su ataúd. Toda la familia lo lloró como se merecía, menos Cl ara, que siguió escrutando el cielo con paciencia de astrónomo. Una semana después del sepelio, apareció en el umbral de la puerta de la casa de Nívea y Severo del Valle, el propio tío Marcos, de cuerpo presente, con una alegre sonrisa entre sus bigotes de pirata. Gracias a los rosarios clandestinos de las mujeres y los niños, como él mismo lo

 

 

 

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admitió, estaba vivo y en posesión de todas sus facultades, incluso la del buen humor. A pesar del noble origen de sus mapas aéreos, el vuelo había sido un fracaso, perdió el aeroplano y tuvo que regresar a pie, pero no traía ningún hueso roto y mantenía intacto su espíritu aventurero. Esto consolidó para siempre la devoción de la fam ilia por san Antonio y no sirvió de escarmiento a las generaciones futuras que también

 

intentaron volar con diferentes medios. Legalmente, sin embargo, Marcos era un cadáver. Severo del Valle tuvo que poner todo su conocimiento de las leyes al servicio de devolver la vida y la condición de ciudadano a su cuñado. Al abrir el ataúd, delante de las autoridades correspondientes, se vio que habían enterrado una bolsa de arena. Este hecho manchó el prestigio, hasta entonces impoluto, de los exploradores y los

 

andinistas voluntarios: desde ese día fueron considerados poco menos que malhechores. La heroica resurrección de Marcos acabó por hacer olvidar a todo el mundo el asunto del organillo. Volvieron a invitarlo a todos los salones de la ciudad y, al menos por un

 

tiempo, su nombre se reivindicó. Marcos vivió en la casa de su hermana por unos meses. Una noche se fue sin despedirse de nadie, dejando sus baúles, sus libros, sus armas, sus botas y todos sus bártulos. Severo, y hasta la misma Nívea, respiraron aliviados. Su última visita había durado demasiado. Pero Clara se sintió tan afectada, que pasó una semana caminando sonámbula y chupándose el dedo. La niña, que

 

entonces tenía siete años, había aprendido a leer los libros de cuentos de su tío y estaba más cerca de él que ningún otro miembro de la familia, debido a sus habilidades adivinatorias. Marcos sostenía que la rara virtud de su sobrina podía ser una fuente de ingresos y una buena oportunidad para desarrollar su propia clarividencia. Tenía la teoría de que esta condición estaba presente en todos los seres

 

humanos, especialmente en los de su familia, y que si no funcionaba con eficiencia era sólo por falta de entrenamiento. Compró en el Mercado Persa una bola de vidrio que, según él, tenía propiedades mágicas y venía de Oriente, pero más tarde se supo que era sólo un flotador de bote pesquero, la puso sobre un paño de terciopelo negro y anunció que podía ver la suerte, curar el mal de ojo, leer el pasado y mejorar la calidad de los sueños, todo por cinco centavos. Sus primeros clientes fueron las sirvientas del vecindario. Una de ellas había sido acusada de ladrona, porque su

 

patrona había extraviado una sortija. La bola de vidrio indicó el lugar donde se encontraba la joya: había rodado debajo de un ropero. Al día siguiente había una cola en la puerta de la casa. Llegaron los cocheros, los comerciantes, los repartidores de leche y agua y más tarde aparecieron discretamente algunos empleados municipales y señoras distinguidas, que se deslizaban discretamente a lo largo de las paredes,

 

procurando no ser reconocidas. La clientela era recibida por la Nana, que los ordenaba en la antesala y cobraba los honorarios. Este trabajo la mantenía ocupada casi todo el día y llegó a absorberla tanto, que descuidó sus labores en la cocina y la familia empezó a quejarse de que lo único que había para la cena eran porotos añejos y dulce de membrillo. Marcos arregló la cochera con unos cortinajes raídos que alguna vez pertenecieron al salón, pero que el abandono y la vejez habían convertido en polvorientas hilachas. Allí atendía al público con Clara. Los dos adivinos vestían túnicas «del color de los hombres de la luz», como llamaba Marcos al amarillo. La Nana tiñó las túnicas con polvos de azafrán, haciéndolas hervir en la olla destinada al manjar blanco. Marcos llevaba, además de la túnica, un turbante amarrado en la cabeza y un

 

amuleto egipcio colgando al cuello. Se había dejado crecer la barba y el pelo y estaba más delgado que nunca. Marcos y Clara resultaban totalmente convincentes, sobre todo porque la niña no necesitaba mirar la bola de vidrio para adivinar lo que cada uno quería oír. Lo soplaba al oído al tío Marcos, quien transmitía el mensaje al cliente e improvisaba los consejos que le parecían atinados. Así se propagó su fama, porque los

 

 

 

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que llegaban al consultorio alicaídos y tristes, salían llenos de esperanzas, los enamorados que no eran correspondidos obtenían orientación para cultivar el corazón indiferente y los pobres se llevaban infalibles martingalas para apostar en las carreras del canódromo. El negocio llegó a ser tan próspero, que la antesala estaba siempre atiborrada de gente y a la Nana empezaron a darle vahídos de tanto estar parada. En

 

esa ocasión Severo no tuvo necesidad de intervenir para ponerle fin a la iniciativa empresarial de su cuñado, porque los dos adivinos, al darse cuenta de que sus aciertos podían modificar el destino de la clientela, que seguía al pie de la letra sus palabras, se atemorizaron y decidieron que ése era un oficio de tramposos. Abandonaron el oráculo de la cochera y se repartieron equitativamente las ganancias, aunque en realidad la

 

única que estaba interesada en el aspecto material del negocio era la Nana. De todos los hermanos Del Valle, Clara era la que tenía más resistencia e interés para escuchar los cuentos de su tío. Podía repetir cada uno, sabía de memoria varias palabras en dialectos de indios extranjeros, conocía sus costumbres y podía describir la

 

forma en que se atraviesan trozos de madera en los labios y en los lóbulos de las orejas, así como los ritos de iniciación y los nombres de las serpientes más venenosas y sus antídotos. Su tío era tan elocuente, que la niña podía sentir en su propia carne la quemante mordedura de las víboras, ver al reptil deslizarse sobre la alfombra entre las patas del arrimo de jacarandá y escuchar los gritos de las guacamayas entre las

 

cortinas del salón. Se acordaba sin vacilaciones del recorrido de Lope de Aguirre en su búsqueda de El Dorado, de los nombres impronunciables de la flora y la fauna visitadas o inventadas por su tío maravilloso, sabía de los lamas que toman té salado con grasa de yac y podía describir con detalle a las opulentas nativas de la Polinesia, los arrozales de la China o las blancas planicies de los países del Norte, donde el hielo

 

eterno mata a las bestias y a los hombres que se distraen, petrificándolos en pocos minutos. Marcos tenía varios diarios de viaje donde escribía sus recorridos y sus impresiones así como una colección de mapas y de libros de cuentos, de aventuras y hasta de hadas, que guardaba dentro de sus baúles en el cuarto de los cachivaches, al fondo del tercer patio de la casa. De allí salieron p ara poblar los sueños de sus descendientes hasta que fueron quemados por error medio siglo más tarde, en una pira infame. De su último viaje, Marcos regresó en un ataúd. Había muerto de una misteriosa peste africana que lo fue poniendo arrugado y amarillo como un pergamino. Al sentirse enfermo emprendió el viaje de vuelta con la esperanza de que los cuidados de su hermana y la sabiduría del doctor Cuevas le devolverían la salud y la juventud, pero no resistió los sesenta días de travesía en barco y a la altura de Guayaquil murió consumido por la fiebre y delirando sobre mujeres almizcladas y tesoros escondidos. El capitán del barco, un inglés de apellido Longfellow, estuvo a punto de lanzarlo al mar

 

envuelto en una bandera, pero Marcos había hecho tantos amigos y enamorado a tantas mujeres a bordo del transatlántico, a pesar de su aspecto jibarizado y su delirio, que los pasajeros se lo impidieron y Longfellow tuvo que almacenarlo, junto a las verduras del cocinero chino, para preservarlo del calor y los mosquitos del trópico, hasta que el carpintero de a bordo le improvisó un cajón. En El Callao consiguieron un féretro apropiado y algunos días después el capitán, furioso por las molestias que ese pasajero le había causado a la Compañía de Navegación y a él personalmente, lo

 

descargó sin miramientos en el muelle, extrañado de que nadie se presentara a reclamarlo ni a pagar los gastos extraordinarios. Más tarde se enteró de que el correo en esas latitudes no tenía la misma confiabilidad que en su lejana Inglaterra y que sus telegramas se volatilizaron por el camino. Afortunadamente para Longfellow, apareció un abogado de la aduana que conocía a la familia Del Valle y ofreció hacerse cargo del

 

 

 

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asunto, metiendo a Marcos y su complejo equipaje en un coche de flete y llevándolo a la capital al único domicilio fijo que se le conocía: la casa de su hermana. Para Clara ése habría sido uno de los momentos más dolorosos de su vida, si

 

Barrabás no hubiera llegado mezclado con los bártulos de su tío. Ignorando la perturbación que reinaba en el patio, su instinto la condujo directamente al rincón donde habían tirado la jaula. Adentro estaba Barrabás. Era un montón de huesitos cubiertos con un pelaje de color indefinido, lleno de peladuras infectadas, un ojo cerrado y el otro supurando legañas, inmóvil como un cadáver en su propia porquería. A pesar de su apariencia, la niña no tuvo dificultad en identificarlo. -¡Un perrito! -chilló. Se hizo cargo del animal. Lo sacó de la jaula, lo acunó en su pecho y con cuidados de misionera consiguió darle agua en el hocico hinchado y reseco. Nadie se había preocupado de alimentarlo desde que el capitán Longfellow, quien como todos los ingleses trataba mucho mejor a los animales que a los humanos, lo depositó con el equipaje en el muelle. Mientras el perro estuvo a bordo junto a su amo moribundo, el

 

capitán lo alimentó con su propia mano y lo paseó por la cubierta, prodigándole todas las atenciones que le escatimó a Marcos, pero una vez en tierra firme, fue tratado como parte del equipaje. Clara se convirtió en una madre para el animal, sin que nadie le disputara ese dudoso privilegio, y consiguió reanimarlo. Un par de días más tarde, una vez que se calmó la tempestad de la llegada del cadáver y del entierro del tío

 

Marcos, Severo se fijó en el bicho peludo que su hija llevaba en los brazos. -¿Qué es eso? -preguntó. -

 

Barrabás-dijo Clara. -Entrégueselo al jardinero, para que se deshaga de él. Puede contagiarnos alguna enfermedad -ordenó Severo. Pero Clara lo había adoptado.

 

-Es mío, papá. Si me lo quita, le juro que dejo de respirar y me muero. Se quedó en la casa. Al poco tiempo corría por todas partes devorándose los flecos de las cortinas, las alfombras y las patas de los muebles. Se recuperó de su agonía con gran rapidez y empezó a crecer. Al bañarlo se supo que era negro, de cabeza cuadrada, patas muy largas y pelo corto. La Nana sugirió mocharle la cola, para que pareciera perro fino, pero Clara agarró un berrinche que degeneró en ataque de asma y nadie volvió a mencionar el asunto.

 

Barrabás se quedó con la cola entera y con el tiempo ésta llegó a tener el largo de un palo de golf, provista de movimientos incontrolables que barrían las porcelanas de las mesas y volcaban las lámparas. Era de raza desconocida. No tenía nada en común con los perros que vagabundeaban por la calle y mucho menos con las criaturas de pura raza que criaban algunas familias

 

aristocráticas. El veterinario no supo decir cuál era su origen y Clara supuso que provenía de la China, porque gran parte del contenido del equipaje de su tío eran recuerdos de ese lejano país. Tenía una ilimitada capacidad de crecimiento. A los seis meses era del tamaño de una oveja y al año de las proporciones de un potrillo. La familia, desesperada, se preguntaba hasta dónde crecería y comenzaron a dudar de

 

que fuera realmente un perro, especularon que podía tratarse de un animal exótico cazado por el tío explorador en alguna región remota del mundo y que tal vez en su estado primitivo era feroz. Nívea observaba sus pezuñas de cocodrilo y sus dientes afilados y su corazón de madre se estremecía pensando que la bestia podía arrancarle la cabeza a un adulto de un tarascón y con mayor razón a cualquiera de sus niños. Pero

 

Barrabás no daba muestras de ninguna ferocidad, por el contrario. Tenía los retozos de un gatito. Dormía abrazado a Clara, dentro de su cama, con la cabeza en el

 

 

 

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almohadón de plumas y tapado hasta el cuello porque era friolento, pero después, cuando ya no cabía en la cama, se tendía en el suelo a su lado, con su hocico de caballo apoyado en la mano de la niña. Nunca se lo vio ladrar ni gruñir. Era negro y silencioso como una pantera, le gustaban el jamón y las frutas confitadas y cada vez que había visitas y olvidaban encerrarlo, entraba sigilosamente al comedor y daba una

 

vuelta a la mesa retirando con delicadeza sus bocadillos preferidos de los platos sin que ninguno de los comensales se atreviera a impedírselo. A pesar de su mansedumbre de doncella,

 

Barrabás inspiraba terror. Los proveedores huían precipitadamente cuando se asomaba a la calle y en una oportunidad su presencia provocó pánico entre las mujeres que hacían fila frente al carretón que repartía la

 

leche, espantando al percherón de tiro, que salió dispararlo en medio de un estropicio de cubos de leche desparramados en el empedrado. Severo tuvo que pagar todos los destrozos y ordenó que el perro fuera amarrado en el patio, pero Clara tuvo otra de sus pataletas y la decisión fue aplazada por tiempo indefinido. La fantasía popular y la ignorancia respecto a su raza, atribuyeron a

 

Barrabás características mitológicas. Contaban que siguió creciendo y que si no hubiera puesto fin a su existencia la brutalidad de un carnicero, habría llegado a tener el tamaño de un camello. La gente lo creía una cruza de perro con yegua, suponían que podían aparecerle alas, cuernos y un aliento sulfuroso de dragón, como las bestias que bordaba Rosa en su interminable mantel. La Nana, harta de recoger porcelana rota y oír los chismes de que se convertía

 

en lobo las noches de luna llena, usó con él el mismo sistema que con el loro, pero la sobredosis de aceite de hígado de bacalao no lo mató; sino que le provocó una cagantina de cuatro días que cubrió la casa de arriba abajo y que ella misma tuvo que limpiar. Eran tiempos difíciles. Yo tenía entonces alrededor de veinticinco años, pero me parecía que me quedaba poca vida por delante para labrarme un futuro y tener la posición que deseaba. Trabajaba como un animal y las pocas veces que me sentaba a

 

descansar, obligado por el tedio de algún domingo, sentía que estaba perdiendo momentos preciosos y que cada minuto de ocio era un siglo más lejos de Rosa. Vivía en la mina, en una casucha de tablas con techo de zinc, que me fabriqué yo mismo con la ayuda de un par de peones. Era una sola pieza cuadrada donde acomodé mis pertenencias, con un ventanuco en cada pared, para que circulara el aire bochornoso

 

del día, con postigos para cerrarlos en la noche, cuando corría el viento glacial. Todo mi mobiliario consistía en una silla, un catre de campaña, una mesa rústica, una máquina de escribir y una pesada caja fuerte que tuve que hacer llevar a lomo de mula a través del desierto, donde guardaba los jornales de los mineros, algunos documentos y una bolsita de lona donde brillaban los pequeños trozos de oro que representaban el

 

fruto de tanto esfuerzo. No era cómoda, pero yo estaba acostumbrado a la incomodidad. Nunca me había bañado en agua caliente y los recuerdos que tenía de mi niñez eran de frío, soledad y un eterno vacío en el estómago. Allí comí, dormí y escribí durante dos años, sin más distracción que unos cuantos libros muchas veces leídos, una ruma de periódicos atrasados, unos textos en inglés que me sirvieron para

 

aprender los rudimentos de esa magnífica lengua, y una caja con llave donde guardaba la correspondencia que mantenía con Rosa. Me había acostumbrado a escribirle a máquina, con una copia que guardaba para mí y que ordenaba por fechas junto a las pocas cartas que recibí de ella. Comía el mismo rancho que se cocinaba para los mineros y tenía prohibido que circulara licor en la mina. Tampoco lo tenía en mi casa,

 

porque siempre he pensado que la soledad y el aburrimiento terminan por convertir al hombre en alcohólico. Tal vez el recuerdo de mi padre, con el cuello desabotonado, la corbata floja y manchada, los ojos turbios y el aliento pesado, con un vaso en la mano,

 

 

 

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hicieron de mí un abstemio. No tengo buena cabeza para el trago, me emborracho con facilidad. Descubrí eso a los dieciséis años y nunca lo he olvidado. Una vez me preguntó mi nieta cómo pude vivir tanto tiempo solo y tan lejos de la civilización. No lo sé. Pero en realidad debe haber sido más fácil para mí que para otros, porque no soy una persona sociable, no tengo muchos amigos ni me gustan las fiestas o el bochinche,

 

por el contrario, me siento mejor solo. Me cuesta mucho intimar con la gente. En aquella época todavía no había vivido con una mujer, así es que tampoco podía echar de menos lo que no conocía. No era enamoradizo, nunca lo he sido, soy de naturaleza fiel, a pesar de que basta la sombra de un brazo, la curva de una cintura, el quiebre de una rodilla femenina, para que me vengan ideas a la cabeza aún hoy, cuando ya estoy tan viejo que al verme en el espejo no me reconozco. Parezco un árbol torcido. No estoy tratando de justificar mis pecados de juventud con el cuento de que no podía controlar el ímpetu de mis deseos, ni mucho menos. A esa edad yo estaba acostumbrado a la relación sin futuro con mujeres de vida ligera, puesto que no tenía posibilidad con otras. En mi generación hacíamos un distingo entre las mujeres

 

decentes y las otras y también dividíamos a las decentes entre propias y ajenas. No había pensado en el amor antes de conocer a Rosa y el romanticismo me parecía peligroso e inútil y si alguna vez me gustó alguna jovencita, no me atreví a acercarme a ella por temor a ser rechazado y al ridículo. He sido muy orgulloso y por mi orgullo he sufrido más que otros. Ha pasado mucho más de medio siglo, pero aún tengo grabado en la memoria el momento preciso en que Rosa, la bella, entró en mi vida, como un ángel distraído que al pasar me robó el alma. Iba con la Nana y otra criatura, probablemente alguna hermana menor. Creo que llevaba un vestido color lila, pero no estoy seguro, porque

 

no tengo ojo para la ropa de mujer y porque era tan hermosa, que aunque llevara una capa de armiño, no habría podido fijarme sino en su rostro. Habitualmente no ando pendiente de las mujeres, pero habría tenido que ser tarado para no ver esa aparición que provocaba un tumulto a su paso y congestionaba el tráfico, con ese increíble pelo ver que le enmarcaba la cara como un sombrero de fantasía, su porte hada y esa manera de moverse como si fuera volando. Pasó por delante de mí sin verme y penetró flotando a la confitería de la Plaza de Armas. Me quedé en la calle,

 

estupefacto, mientras ella compraba caramelos de anís, eligiéndolos uno por uno, con su risa de cascabeles, echándose unos a la boca y dando otros a su hermana. No fui el único hipnotizado, en pocos minutos se formó un corrillo de hombres que atisbaban por la vitrina. Entonces reaccioné. No se me ocurrió que estaba muy lejos de ser el pretendiente ideal para aquella joven celestial, puesto que no tenía fortuna, distaba de

 

ser buen mozo y tenía por delante un futuro incierto. ¡Y no la conocía! Pero estaba deslumbrado y decidí en ese mismo momento que era la única mujer digna de ser mi esposa y que si no podía tenerla, prefería el celibato. La seguí todo el camino de vuelta a su casa. Me subí en el mismo tranvía y me senté tras ella, sin poder quitar la vista de su nuca perfecta, su cuello redondo, sus hombros suaves acariciados por los rizos

 

verdes que escapaban del peinado. No sentí el movimiento del tranvía, porque iba como en sueños. De pronto se deslizó por el pasillo, y al pasar por mi lado sus sorprendentes pupilas de oro se detuvieron un instante en las mías. Debí morir un poco. No podía respirar y se me detuvo el pulso. Cuando recuperé la compostura, tuve que saltar a la vereda, con riesgo de romperme algún hueso, y correr en dirección a la

 

calle que ella había tomado. Adiviné donde vivía al divisar una mancha color lila que se esfumaba tras un portón. Desde ese día monté guardia frente a su casa, paseando la cuadra como perro huacho, espiando, sobornando al jardinero, metiendo conversación a las sirvientas, hasta que conseguí hablar con la Nana y ella, santa mujer, se compadeció de mí y aceptó hacerle llegar los billetes de amor, las flores y las

 

 

 

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incontables cajas de caramelos de anís con que intenté ganar su corazón. También le enviaba acrósticos. No sé versificar, pero había un librero español que era un genio para la rima, donde mandaba a hacer poemas, canciones, cualquier cosa cuya materia prima fuera la tinta y el papel. Mi hermana Férula me ayudó a acercarme a la familia Del Valle, descubriendo remotos parentescos entre nuestros apellidos y buscando la

 

oportunidad de saludarnos a la salida de misa. Así fue como pude visitar a Rosa. El día que entré a su casa y la tuve al alcance de mi voz, no se me ocurrió nada para decirle. Me quedé mudo, con el sombrero en la mano y la boca abierta, hasta que sus padres, que conocían esos síntomas, me rescataron. No sé qué pudo ver Rosa en mí, ni por qué con el tiempo, me aceptó por esposo. Llegué a ser su novio oficial sin tener que

 

realizar ninguna proeza sobrenatural, porque a pesar de su belleza inhumana y sus innumerables virtudes, Rosa no tenía pretendientes. Su madre me dio la explicación: dijo que ningún hombre se sentía lo bastante fuerte como para pasar la vida defendiendo a Rosa de las apetencias de los demás. Muchos la habían rondado, perdiendo la razón por ella, pero hasta que yo aparecí en el horizonte, no se había decidido nadie. Su belleza atemorizaba, por eso la admiraban de lejos, pero no se acercaban. Yo trunca pensé en eso, en realidad. Mi problema era que no tenía ni un peso, pero me sentía capaz, por la fuerza del amor, de convertirme en un hombre rico. Miré a mi alrededor buscando un camino rápido, dentro de los límites de la honestidad en que me habían educado, y vi que para triunfar necesitaba tener padrinos, estudios especiales o un capital. No era suficiente tener un apellido respetable. Supongo que si hubiera tenido dinero para empezar, habría apostado al naipe o a los caballos, pero

 

como no era el caso, tuve que pensar en trabajar en algo que, aunque fuera arriesgado, pudiera darme fortuna. Las minas de oro y de plata eran el sueño de los aventureros: podían hundirlos en la miseria, matarlos de tuberculosis o convertirlos en hombres poderosos. Era cuestión de suerte. Obtuve la concesión de una mina en el Norte con la ayuda del prestigio del apellido de mi madre, que sirvió p ara que el banco me diera una fianza. Me hice firme propósito de sacarle hasta el último gramo del precioso metal, aunque para ello tuviera que estrujar el cerro con mis propias manos y moler las rocas a patadas. Por Rosa estaba dispuesto a eso y mucho más.

 

A fines del otoño, cuando la familia se había tranquilizado respecto a las intenciones del padre Restrepo, quien tuvo que apaciguar su vocación de inquisidor después que el

 

obispo en persona le advirtió que dejara en paz a la pequeña Clara del Valle, y cuando todos se habían resignado a la idea de que el tío Marcos estaba realmente muerto, comenzaron a concretarse los planes políticos de Severo. Había trabajado durante años con ese fin. Fue un triunfo para él cuando lo invitaron a presentarse como candidato del Partido Liberal en las elecciones parlamentarias, en representación de

 

una provincia del Sur donde nunca había estado y tampoco podía ubicar fácilmente en el mapa. El Partido estaba muy necesitado de gente y Severo muy ansioso de ocupar un escaño en el Congreso, de modo que no tuvieron dificultad en convencer a los humildes electores del Sur, que nombraran a Severo como su candidato. La invitación fue apoyada por un cerdo asado, rosado y monumental, que fue enviado por los electores a la casa de la familia Del Valle. Iba sobre una gran bandeja de madera, perfumado y brillante, con un perejil en el hocico y una zanahoria en el culo,

 

reposando en un lecho de tomates. Tenía un costurón en la panza y adentro estaba relleno con perdices, que a su vez estaban rellenas con ciruelas. Llegó acompañado por una garrafa que contenía medio galón del mejor aguardiente del país. La idea de convertirse en diputado o, mejor aún, en senador, era un sueño largamente acariciado por Severo. Había ido llevando las cosas hasta esa meta con un minucioso trabajo de

 

contactos, amistades, conciliábulos, apariciones públicas discretas pero eficaces, dinero

 

 

 

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y favores que hacía a las personas adecuadas en el momento preciso. Aquella provincia sureña, aunque remota y desconocida, era lo que estaba esperando. Lo del cerdo fue un martes. El viernes, cuando ya del cerdo no quedaba más que los pellejos y los huesos que roía

 

Barrabás en el patio, Clara anunció que habría otro muerto en la casa. -Pero será un muerto por equivocación -dijo.

 

El sábado pasó mala noche y despertó gritando. La Nana le dio una infusión de tilo y nadie le hizo caso, porque estaban ocupados con los preparativos del viaje del padre al Sur y porque la bella Rosa amaneció con fiebre. Nívea ordenó que dejaran a Rosa en cama y el doctor Cuevas dijo que no era nada grave, que le dieran una limonada tibia

 

y bien azucarada, con un chorrillo de licor, para que sudara la calentura. Severo fue a ver a su hija y la encontró arrebolada y con los ojos br illantes, hundida en los encajes color mantequilla de sus sábanas. Le llevó de regalo un carnet de baile y autorizó a la Nana para abrir la garrafa de aguardiente y echarle a la limonada. Rosa se bebió la limonada, se arropó en su mantilla de lana y se durmió enseguida al lado de Clara, con quien compartía la habitación. En la mañana del domingo trágico, la Nana se levantó temprano, como siempre. Antes de ir a misa fue a la cocina a preparar el desayuno de la familia. La cocina a leña y carbón había quedado preparada desde el día anterior y ella encendió el fogón en el

 

rescoldo de las brasas aún tibias. Mientras calentaba el agua y hervía la leche, fue acomodando los platos para llevarlos al comedor. Empezó a cocinar la avena, a colar el café, tostar el pan. Arregló dos bandejas, una para Nívea, que siempre tomaba su desayuno en la cama, y otra para Rosa, que por estar enferma tenía derecho a lo mismo. Cubrió la bandeja de Rosa con una servilleta de lino bordado por las monjas,

 

para que no se enfriara el café y no le entraran moscas, y se asomó al patio para ver que

 

Barrabás no estuviera cerca. Tenía el prurito de asaltarla cuando ella pasaba con el desayuno. Lo vio distraído jugando con una gallina y aprovechó p ara salir en su largo viaje por los patios y los corredores, desde la cocina, al fondo de la casa, hasta el cuarto de las niñas, al otro extremo. Frente a la puerta de Rosa vaciló, golpeada por la

 

fuerza del presentimiento. Entró sin anunciarse a la habitación, como era su costumbre, y al punto notó que olía a rosas, a pesar de que no era la época de esas flores. Entonces la Nana supo que había ocurrido una desgracia irreparable. Depositó con cuidado la bandeja en la mesa de noche y caminó lentamente hasta la ventana. Abrió las pesadas cortinas y el pálido sol de la mañana entró en el cuarto. Se volvió

 

acongojada y no le sorprendió ver sobre la cama a Rosa muerta, más bella que nunca, con el pelo definitivamente verde, la piel del tono del marfil nuevo y sus ojos amarillos como la miel, abiertos. A los pies de la cama estaba la pequeña Clara observando a su hermana. La Nana se arrod illó junto a la cama, tomó la mano a Rosa y comenzó a rezar. Siguió rezando hasta que se escuchó en toda la casa un terrible lamento de buque perdido. Fue la primera y última vez que

 

Barrabás se hizo oír. Aulló a la muerta durante todo el día, hasta destrozarle los nervios a los habitantes de la casa y a los vecinos, que acudieron atraídos por ese gemido de naufragio. Al doctor Cuevas le bastó echar una mirada al cuerpo de Rosa para saber que la muerte se debió a algo mucho más grave que una fiebre de morondanga. Comenzó a husmear por todos lados, inspeccionó la cocina, pasó los dedos por las cacerolas, abrió los sacos de harina, las bolsas de azúcar, las cajas de frutas secas, revolvió todo y dejó a su paso un desparrame de huracán. Hurgó en los cajones de Rosa, interrogó a los sirvientes uno por uno, acosó a la Nana hasta que la puso fuera de sí y finalmente sus

 

pesquisas lo condujeron a la garrafa de aguardiente que requisó sin miramientos. No le comunicó a nadie sus dudas, pero se llevó la botella a su laboratorio. Tres horas

 

 

 

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después estaba de regreso con una expresión de horror que transformaba su rubicundo rostro de fauno en una máscara pálida que no le abandonó durante todo ese terrible asunto. Se dirigió a Severo, lo tomó de un brazo y lo llevó aparte. -En ese aguardiente había suficiente veneno como para reventar a un toro -le dijo a boca de jarro-. Pero para estar seguro de que eso fue lo que mató a la niña, tengo que hacer una autopsia. -¿Quiere decir que la va a abrir? -gimió Severo. -No completamente. La cabeza no se la voy a tocar, sólo el sistema digestivo -explicó el doctor Cuevas. Severo sufrió una fatiga. A esa hora Nívea estaba agotada de llorar, pero cuando se enteró de que pensaban llevarse a su hija a la morgue, recuperó de golpe la energía. Sólo se calmó con el juramento de que se llevarían a Rosa directamente de la casa al Cementerio Católico.

 

Entonces aceptó tomarse el láudano que le dio el médico y se durmió durante veinte horas. Al anochecer, Severo dispuso los preparativos. Mandó a sus hijos a la cama y autorizó a los sirvientes para retirarse temprano. A Clara, que estaba demasiado impresionada por lo que había sucedido, le permitió pasar esa noche en el cuarto de otra hermana. Después que todas las luces se apagaron y la casa entró en reposo, llegó el ayudante del doctor Cuevas, un joven esmirriado y miope, que tartamudeaba al hablar. Ayudaron a Severo a transportar el cuerpo de Rosa a la cocina y lo colocaron con delicadeza sobre el mármol donde la Nana amasaba el pan y picaba las verduras.

 

A pesar de la fortaleza de su carácter, Severo no pudo resistir el momento en que quitaron la camisa de dormir a su hija y apareció su esplendorosa desnudez de sirena. Salió trastabillando, borracho de dolor, y se desplomó en el salón llorando como una criatura. También el doctor Cuevas, que había visto nacer a Rosa y la conocía como la palma de su mano, tuvo un sobresalto al verla sin ropa. El joven ayudante, por su

 

parte, comenzó a jadear de impresión y siguió jadeando en los años siguientes cada vez que recordaba la visión increíble de Rosa durmiendo desnuda sobre el mesón de la cocina, con su largo pelo cayendo como una cascada vegetal hasta el suelo. Mientras ellos trabajaban en su terrible oficio, la Nana, aburrida de llorar y rezar, y presintiendo que algo extraño estaba ocurriendo en sus territorios del tercer patio, se levantó, se arropó con un chal y salió a recorrer la casa. Vio luz en la cocina, pero la puerta y los postigos de las ventanas estaban cerrados. Siguió por los corredores silenciosos y helados, cruzando los tres cuerpos de la casa, hasta llegar al salón. Por la puerta entreabierta divisó a su patrón que se paseaba por la habitación con aire

 

desolado. El fuego de la chimenea se había extinguido. La Nana entró. -¿Dónde está la niña Rosa? -preguntó.

 

-El doctor Cuevas está con ella, Nana. Quédate aquí y tómate un trago conmigo -suplicó Severo. La Nana se quedó de pie, con los brazos cruzados sujetando el chal contra su pecho. Severo le señaló el sofá y ella se aproximó con timidez. Se sentó a su lado. Era la primera vez que estaba tan cerca del patrón desde que vivía en su casa. Severo sirvió una copa de jerez para cada uno y se bebió la suya de un trago. Hundió la cabeza entre sus dedos, mesándose los cabellos y mascullando entre dientes una incomprensible y triste letanía. La Nana, que estaba sentada rígidamente en la punta

 

de la silla, se relajó al verlo llorar. Estiró su mano áspera y con un gesto automático le alisó el pelo con la misma caricia que durante veinte años había empleado para consolarle a los hijos.

 

 

 

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El levantó la vista y observó el rostro sin edad, los pómulos indígenas, el moño negro, el amplio regazo donde había visto hipar y dormir a codos sus descendientes y sintió que esa mujer cálida y generosa como la tierra podía darle consuelo. Apoyó la frente en su falda, aspiró el suave olor de su delantal almidonado y rompió en sollozos como un niño, vertiendo todas las lágrimas que había aguantado en su vida de

 

hombre. La Nana le rascó la espalda, le dio palmaditas de consuelo, le habló en la media lengua que empleaba para adormecer a los niños y le cantó en un susurro sus baladas campesinas, hasta que consiguió tranquilizarlo. Permanecieron sentados muy juntos, bebiendo jerez, llorando a intervalos y rememorando los tiempos dichosos en que Rosa corría por el jardín sorprendiendo a las mariposas con su belleza de fondo de

 

mar. En la cocina, el doctor Cuevas y su ayudante prepararon sus siniestros utens ilios y sus frascos malolientes, se colocaron delantales de hule, se enrollaron las mangas y procedieron a hurgar en la intimidad de la bella Rosa, hasta comprobar, sin lugar a

 

dudas, que la joven había ingerido una dosis superlativa de veneno para ratas. -Esto estaba destinado a Severo -concluyó el doctor lavándose las manos en el fregadero. El ayudante, demasiado emocionado por la hermosura de la muerta, no se resignaba a dejarla cosida como un saco y sugirió acomodarla un poco. Entonces se dieron ambos a la tarea de preservar el cuerpo con ungüentos y rellenarlo con emplastos de embalsamador. Trabajaron hasta las cuatro de la madrugada, hora en la que el doctor Cuevas se declaró vencido por el cansancio y la tristeza y salió. En la cocina quedó

 

Rosa en manos del ayudante, que la lavó con una esponja, quitándole las manchas de sangre, le colocó su camisa bordada para tapar el costurón que tenía desde la garganta hasta el sexo y le acomodó el cabello. Después limpió los vestigios de su trabajo. El doctor Cuevas encontró en el salón a Severo acompañado por la Nana, ebrios de llanto y jerez. -Está lista-dijo-. Vamos a arreglarla un poco para que la vea su madre. Le explicó a Severo que sus sospechas eran fundadas y que en el estómago de su hija había encontrado la misma sustancia mortal que en el aguardiente regalado. Entonces Severo se acordó de la predicción de Clara y perdió el resto de compostura

 

que le quedaba, incapaz de resignarse a la idea de que su hija había muerto en su lugar. Se desplomó gimiendo que él era el culpable, por ambicioso y fanfarrón, que nadie lo había mandado a meterse en política, que estaba mucho mejor cuando era un sencillo abogado y padre dé familia, que renunciaba en ese instante y para siempre a la maldita candidatura, al Partido Liberal, a sus pompas y sus obras, que esperaba que

 

ninguno de sus descendientes volviera a mezclarse en política, que ése era un negocio de matarifes y bandidos, hasta que el doctor Cuevas se apiadó y terminó de emborracharlo. El jerez pudo más que la pena y la culpa. La Nana y el doctor se lo llevaron en vilo al dormitorio, lo desnudaron y lo metieron en su cama. Después fueron a la cocina, donde el ayudante estaba terminando de acomodar a Rosa. Nívea y Severo del Valle despertaron tarde en la mañana siguiente. Los parientes habían decorado la casa para los ritos de la muerte, las cortinas estaban cerradas y adornadas con crespones negros y a lo largo de las paredes se alineaban las coronas de flores y su aroma dulzón llenaba el aire. Habían hecho una capilla ardiente en el

 

comedor. Sobre la gran mesa, cubierta con un paño negro de flecos dorados, estaba el blanco ataúd con remaches de plata de Rosa. Doce cirios amarillos en candelabros de bronce, iluminaban a la joven con un difuso resplandor. La habían vestido con su traje de novia y puesto la corona de azahares de cera que guardaba para el día de su boda.

 

 

 

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A mediodía comenzó el desfile de familiares, amigos y conocidos a dar el pésame y acompañar a los Del Valle en su duelo. Se presentaron en la casa hasta sus más encarnizados enemigos políticos y a todos Severo del Valle los observó fijamente, procurando descubrir en cada par de ojos que veía, el secreto del asesino, pero en todos, incluso en el presidente del Partido Conservador, vio el mismo pesar y la misma

 

inocencia. Durante el velorio, los caballeros circulaban por los salones y corredores de la casa, comentando en voz baja sus asuntos de negocios. Guardaban respetuoso silencio cuando se aproximaba alguien de la familia. En el momento de ent rar al comedor y acercarse al ataúd para dar una última mirada a Rosa, todos se estremecían, porque su belleza no había hecho más que aumentar en esas horas. Las señoras pasaban al salón, donde ordenaron las sillas de la casa formando un círculo. Allí había comodidad para llorar a gusto, desahogando con el buen pretexto de la muerte ajena, otras tristezas propias. El llanto era copioso, pero digno y callado. Algunas murmuraban

 

oraciones en voz baja. Las empleadas de la casa circulaban por los salones y los corredores ofreciendo tazas de té, copas de coñac, pañuelos limpios para las mujeres, confites caseros y pequeñas compresas empapadas en amoníaco, para las señoras que sufrían mareos por el encierro, el olor de las velas y la pena. Todas las hermanas Del Valle, menos Clara, que era todavía muy joven, estaban vestidas de negro riguroso,

 

sentadas alrededor de su madre como una ronda de cuervos. Nívea, que había llorado todas sus lágrimas, se mantenía rígida sobre su silla, sin un suspiro, sin una palabra y sin el alivio del amoníaco porque le daba alergia. Los visitantes que llegaban, pasaban a darle el pésame. Algunos la besaban en ambas mejillas, otros la abrazaban estrechamente por unos segundos, pero ella parecía no reconocer ni a los más íntimos.

 

Había visto morir a otros hijos en la primera infancia o al nacer, pero ninguno le produjo la sensación de pérdida que tenía en ese momento. Cada hermano despidió a Rosa con un beso en su frente helada, menos Clara, que no quiso aproximarse al comedor. No insistieron, porque conocían su extrema

 

sensibilidad y su tendencia a caminar sonámbula cuando se le alborotaba la imaginación. Se quedó en el jardín acurrucada al lado de

 

Barrabás, negándose a comer o a participar en el velorio. Sólo la Nana se fijó en ella y trató de consolarla, pero Clara la rechazó. A pesar de las precauciones que tomó Severo para acallar las murmuraciones, la muerte de Rosa fue un escándalo público. El doctor Cuevas ofreció, a quien quiso oírlo, la explicación perfectamente razonable de la muerte de la joven, debida, según él, a una neumonía fulminante. Pero se corrió la voz de que había sido envenenada por error, en vez de su padre. Los asesinatos políticos eran desconocidos en el país en

 

esos tiempos y el veneno, en cualquier caso, era un recurso de mujerzuelas, algo desprestigiado y que no se usaba desde la época de la Colonia, porque incluso los crímenes pasionales se resolvían cara a cara. Se elevó un clamor de protesta por el atentado y antes que Severo pudiera evitarlo, salió la noticia publicada en un periódico de la oposición, acusando veladamente a la oligarquía y añadiendo que los

 

conservadores eran capaces hasta de eso, porque no podían perdonar a Severo del Valle que, a pesar de su clase social, se pasara al bando liberal. La policía trató de seguir la pista a la garrafa de aguardiente, pero lo único que se aclaró fue que no tenía el mismo origen que el cerdo relleno con perdices y que los electores del Sur no tenían nada que ver en el asunto. La misteriosa garrafa fue encontrada por casualidad en la puerta de servicio de la casa Del Valle el mismo día y a la misma hora de la llegada del cerdo asado. La cocinera supuso que era parte del mismo regalo. Ni el celo de la policía, ni las pesquisas que realizó Severo por su cuenta a través de un detective privado, pudieron descubrir a los asesinos y la sombra de esa venganza pendiente ha

 

 

 

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quedado presente en las generaciones posteriores. Ése fue el primero de muchos actos de violencia que marcaron el destino de la familia. Me acuerdo perfectamente. Ése había sido un día muy feliz para mí, porque había aparecido una nueva veta, la gorda y marav illosa veta que había perseguido durante todo ese tiempo de sacrificio, de ausencia y de espera, y que podría representar la riqueza que yo deseaba. Estaba seguro que en seis meses tendría suficiente dinero para casarme y en un año podría empezar a considerarme un hombre rico. Tuve

 

mucha suerte porque, en el negocio de las minas, eran más los que se arruinaban que los que triunfaban, como estaba diciendo, escribiendo, a Rosa esa tarde, tan eufórico, tan impaciente, que se me trababan los dedos en la vieja máquina y me salían las palabras pegadas. En eso estaba cuando oí los golpes en la puerta que me cortaron la inspiración para siempre. Era un arriero con un par de mu,as, que traía un telegrama

 

del pueblo, enviado por mi hermana Férula, anunciándomela muerte de Rosa. Tuve que leer el trozo de papel tres veces hasta comprender la magnitud de mi desolación. La única idea que no se me había ocurrido era que Rosa fuese mortal. Sufrí mucho pensando que ella, aburrida de esperarme, decidiera casarse con otro, o que nunca aparecería el maldito filón que pusiera una fortuna en mis manos, o que se desmoronara la mina aplastándome como una cucaracha. Contemplé todas esas posibilidades y algunas más, pero nunca la muerte de Rosa, a pesar de mi proverbial pesimismo, que me hace siempre esperar lo peor. Sentí que sin Rosa la vida no tenía significado para mí. Me desinflé por dentro, como un globo pinchado, se me fue todo el

 

entusiasmo. Me quedé sentado en la silla mirando el desierto por la ventana, quién sabe por cuánto rato, hasta que lentamente me volvió el alma al cuerpo. Mi primera reacción fue de ira. Arremetí a golpes contra los débiles tabiques de madera de la casa hasta que me sangraron, los nud illos, rompí en mil pedazos las cartas, los dibujos de Rosa y las copias de las cartas mías que había guardado, metí apresuradamente en

 

mis maletas mi ropa, mis papeles y la bolsita de lona donde estaba el oro y luego fui a buscar al capataz para entregarle los jornales de los trabajadores y las llaves de la bodega. El arriero se ofreció para acompañarme hasta el tren. Tuvimos que viajar una buena parte de la noche a lomo de las bestias, con mantas de Castilla como único abrigo contra la camanchaca, avanzando con lentitud en aquellas interminables

 

soledades donde sólo el instinto de mi guía garantizaba que llegaríamos a destino, porque no había ningún punto de referencia. La noche estaba clara y estrellada, sentía el frío traspasándome los huesos, agarrotándome las manos, metiéndoseme en el alma. Iba pensando en Rosa y deseando con una vehemencia irracional que no fuera verdad su muerte, pidiendo al cielo con desesperación que todo fuera un error o que,

 

reanimada por la fuerza de mi amor, recuperara la vida y se levantara de su lecho de muerte, como Lázaro. Iba llorando por dentro, hundido en mi pena y en el hielo de la noche, escupiendo blasfemias contra la mula que andaba tan despacio, contra Férula, portadora de desgracias, contra Rosa por haberse muerto y contra Dios por haberlo permitido, hasta que empezó a aclarar el horizonte y vi desaparecer las estrellas y

 

surgir los primeros colores del alba, tiñendo de rojo y naranja el paisaje del Norte y, con la luz, me volvió algo de cordura. Empecé a resignarme a mi desgracia y a pedir, no ya que resucitara, sino tan sólo que yo alcanzara a llegar a tiempo para verla antes que la enterraran. Apuramos el tranco y una hora más tarde el arriero se despidió de mí en la minúscula estación por donde pasaba el tren de trocha angosta que unía al

 

mundo civilizado con ese desierto donde pasé dos años. Viajé más de treinta horas sin detenerme ni para comer, olvidado hasta de la sed, pero conseguí llegar a la casa de la familia Del Valle antes del funeral. Dicen que entré a la casa cubierto de polvo, sin sombrero, sucio y barbudo, sediento y furioso,

 

 

 

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preguntando a gritos por mi novia. La pequeña Clara, que entonces era apenas una niña flaca y fea, me salió al encuentro cuando entré al patio, me tomó de la mano y me condujo en silencio al comedor. Allí estaba Rosa entre blancos pliegues de raso blanco en su blanco ataúd, que a los tres días de fallecida se conservaba intacta y era mil veces más bella de lo que yo recordaba, porque Rosa en la muerte se había

 

transformado sutilmente en la sirena que siempre fue en secreto. -¡Maldita sea! ¡Se me fue de las manos! -dicen que dije, grité, cayendo de rodillas a su lado, escandalizando a los deudos, porque no podía nadie comprender mi frustración por haber pasado dos años rascando la tierra para hacerme rico, con el

 

único propósito de llevar algún día a esa joven al altar y la muerte me la había birlado. Momentos después llegó la carroza, un coche enorme, negro y reluciente, tirado por seis corceles empenachados, como se usaba entonces, y conducida por dos cocheros de librea. Salió de la casa a media tarde, bajo una tenue llovizna, seguida por una

 

procesión de coches que llevaban a los parientes, a los amigos y a las coronas de flores. Por costumbre, las mujeres y los niños no asistían a los entierros, ése era un oficio de hombres, pero Clara consiguió mezclarse a última hora con el cortejo, para acompañar a su hermana Rosa. Sentí su manita enguantada aferrada a la mía y durante todo el trayecto la tuve a mi lado, pequeña sombra silenciosa que removía una

 

ternura desconocida en mi alma. En ese momento yo tampoco me di cuenta que Clara no había dicho ni una palabra en dos días y pasarían tres más antes de que la familia se alarmara por su silencio. Severo del Valle y sus hijos mayores llevaron en andas el ataúd blanco con remaches de plata de Rosa y ellos mismos lo colocaron en el nicho abierto del mausoleo. Iban de luto, silenciosos y sin lágrimas, como corresponde a las normas de tristeza en un país habituado a la dignidad del dolor. Después que se cerraron las rejas de la tumba y se retiraron los deudos, los amigos y los sepultureros, me quedé a llí, parado entre las flores que escaparon a las comilonas de

 

Barrabás y acompañaron a Rosa al cementerio. Debo de haber parecido un oscuro pájaro de invierno, con el faldón de la chaqueta bailando en la brisa, alto y flaco, como era yo entonces, antes que se cumpliera la maldición de Férula y empezara a achicarme. El cielo estaba gris y amenazaba lluvia, supongo que hacía frío, pero creo que no lo sentía, porque la rabia me estaba consumiendo. No podía despegar los ojos del pequeño rectángulo de

 

mármol donde habían grabado el nombre de Rosa, la bella, y las fechas que limitaban su corto paso por este mundo, con altas letras góticas. Pensaba que había perdido dos años soñando con Rosa, trabajando para Rosa, escribiendo a Rosa, deseando a Rosa y que al final ni siquiera tendría el consuelo de ser enterrado a su lado. Medité en los años que me faltaban por vivir y llegué a la conclusión de que sin ella no valían la

 

pena, porque nunca encontraría, en todo el universo, otra mujer con su pelo verde y su hermosura marina. Si me hubieran dicho que iba a vivir más de noventa años, me habría pegado un balazo. No oí los pasos del guardián del cementerio que se me acercó por detrás. Por eso me sorprendí cuando me tocó el hombro. -¿Cómo se atreve a tocarme? -rugí.

 

Retrocedió asustado, pobre hombre. Algunas gotas de lluvia mojaron tristemente las flores de los muertos. -Disculpe, caballero, son las seis y tengo que cerrar -creo que me dijo.

 

Trató de explicarme que el reglamento prohibía a las personas ajenas al personal permanecer en el recinto después de la puesta del sol, pero no lo dejé terminar, puse unos billetes en su mano y lo empujé p ara que se fuera y me dejara en paz. Lo vi

 

 

 

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alejarse mirándome por encima del hombro. Debe de haber pensado que yo era un loco, uno de esos dementes necrofílicos que a veces rondan los cementerios. Fue una larga noche, tal vez la más larga de mi vida. La pasé sentado junto a la tumba de Rosa, hablando con ella, acompañándola en la primera parte de su viaje al

 

Más Allá, cuando es más difícil desprenderse de la tierra y se necesita el amor de los que quedan vivos, para irse al menos con el consuelo de haber sembrado algo en el corazón ajeno. Recordaba su rostro perfecto y maldecía mi suerte. Reproché a Rosa los años que pasé metido en un hoyo en la mina, soñando con ella. No le dije que no había visto más mujeres, en todo ese tiempo, que unas miserables prostitutas

 

envejecidas y gastadas, que servían a todo el campamento con más buena voluntad que mérito. Pero sí le dije que había vivido entre hombres toscos y sin ley, comiendo garbanzos y bebiendo agua verde, lejos de la civilización, pensando en ella noche y día, llevando en el alma su imagen como un estandarte que me daba fuerzas para seguir picoteando la montaña, aunque se perdiera la veta, enfermo del estómago la

 

mayor parte del año, helado de frío en las noches y alucinado por el calor del día, todo eso con el único fin de casarme con ella, pero va y se me muere a traición, antes que pudiera cumplir mis sueños, dejándome una incurable desolación. Le dije que se había burlado de mí, le saqué la cuenta de que nunca habíamos estado completamente solos, que la había podido besar una sola vez. Había tenido que tejer el amor con

 

recuerdos y deseos apremiantes, pero imposibles de satisfacer, con cartas atrasadas y desteñidas que no podían reflejar la pasión de mis sentimientos ni el dolor de su ausencia, porque no tengo facilidad p ara el género epistolar y mucho menos para escribir sobre mis emociones. Le dije que esos años en la mina eran una irremediable pérdida, que si yo hubiera sabido que iba a durar tan poco en este mundo, habría

 

robado el dinero necesario para casarme con ella y construir un palacio alhajado con tesoros del fondo del mar: corales, perlas, nácar, donde la habría mantenido secuestrada y donde sólo yo tuviera acceso. La habría amado ininterrumpidamente por un tiempo casi infinito, porque estaba seguro que si hubiera estado conmigo, no habría bebido el veneno destinado a su padre y habría durado mil años. Le hablé de las caricias que le tenía reservadas, los regalos con que iba a sorprenderla, la forma como la hubiera enamorado y hecho feliz. Le dije; en resumen, todas las locuras que nunca

 

le hubiera dicho si pudiera oírme y que nunca he vuelto a decir a ninguna mujer. Esa noche creí que había perdido para siempre la capacidad de enamorarme, que nunca más podría reírme ni perseguir una ilusión. Pero nunca más es mucho tiempo. Así he podido comprobarlo en esta larga vida. Tuve la visión de la rabia creciendo dentro de mí como un tumor maligno, ensuciando las mejores horas de mi existencia, incapacitándome para la ternura o la

 

clemencia. Pero, por encima de la confusión y la ira, el sentimiento más fuerte que recuerdo haber tenido esa noche, fue el deseo frustrado, porque jamás podría cumplir el anhelo de recorrer a Rosa con las manos, de penetrar sus secretos, de soltar el verde manantial de su cabello y hundirme en sus aguas más profundas. Evoqué con desesperación la última imagen que tenía de ella, recortada entre los pliegues de raso

 

de su ataúd virginal, con sus azahares de novia coronando su cabeza y un rosario entre los dedos. No sabía que así mismo, con los azahares y el rosario, volvería a verla por un instante fugaz muchos años más tarde. Con las primeras luces del amanecer volvió el guardián. Debe haber sentido lástima por ese loco semicongelado, que había pasado la noche entre los lívidos fantasmas del cementerio. Me tendió su cantimplora. -Té caliente. Tome un poco, señor -me ofreció.

 

 

 

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Pero lo rechacé con un manotazo y me alejé maldiciendo, a grandes zancadas rabiosas, entre las hileras de tumbas y cipreses. La noche que el doctor Cuevas y su ayudante destriparon el cadáver de Rosa en la cocina para encontrar la causa de su muerte, Clara estaba en su cama con los ojos abiertos, temblando en la oscuridad. Tenía la terrible duda de que su hermana había muerto porque ella lo había dicho. Creía que así como la fuerza de su mente podía mover el salero, igualmente podía ser la causa de las muertes, de los temblores de

 

tierra y otras desgracias mayores. En vano le había explicado su madre que ella no podía provocar los acontecimientos, sólo verlos con alguna anticipación. Se sentía desolada y culpable y se le ocurrió que si pudiera estar con Rosa, se sentiría mejor. Se levantó descalza, en camisa, y se fue al dormitorio que había compartido con su hermana mayor, pero no la encontró en su cama, donde la había visto por última vez.

 

Salió a buscarla por la casa. Todo estaba oscuro y silencioso. Su madre dormía drogada por el doctor Cuevas y sus hermanos y los sirvientes se habían retirado temprano a sus habitaciones. Recorrió los salones, deslizándose pegada a los muros, asustada y helada. Los muebles pesados, las gruesas cortinas drapeadas, los cuadros de las paredes, el papel tapiz con sus flores pintadas sobre tela oscura, las lámparas apagadas oscilando en los techos y las matas de helecho sobre sus columnas de loza, le parecieron amenazantes. Notó que en el salón brillaba algo de luz por una rendija debajo de la puerta y estuvo a punto de entrar, pero temió encontrar a su padre y que la mandara de regreso a la cama. Se dirigió entonces a la cocina, pensando que en el pecho de la Nana hallaría consuelo. Cruzó el patio principal, entre las camelias y los

 

naranjos enanos, atravesó los salones del segundo cuerpo de la casa y los sombríos corredores abiertos donde las tenues luces de los faroles a gas quedaban encendidas toda la noche, para salir arrancando en los temblores y para espantar a los murciélagos y otros bichos nocturnos, y llegó al tercer patio, donde estaban las dependencias de servicio y las cocinas. Allí la casa perdía su señorial prestancia y

 

empezaba el desorden de las perreras, los gallineros y los cuartos de los sirvientes. Más allá estaba la caballeriza, donde se guardaban los viejos caballos que Nívea todavía usaba, a pesar de que Severo del Valle había sido uno de los primeros en comprar un automóvil. La puerta y los postigos de la cocina y el repostero estaban cerrados. El instinto advirtió a Clara que algo anormal estaba ocurriendo adentro, trató

 

de asomarse, pero su nariz no llegaba al alféizar de la ventana, tuvo que arrastrar un cajón y acercarlo al muro, se trepó y pudo mirar por un hueco entre el postigo de madera y el marco de la ventana que la humedad y el tiempo habían deformado. Y entonces vio el interior. El doctor Cuevas, ese hombronazo bonachón y dulce, de amplia barba y vientre opulento, que la ayudó a nacer y que la atendió en todas sus pequeñas enfermedades de la niñez y sus ataques de asma, se había transformado en un vampiro gordo y oscuro como los de las ilustraciones de los libros de su tío Marcos. Estaba inclinado sobre el mostrador donde la Nana preparaba la comida. A su lado había un joven

 

desconocido, pálido como la luna, con la camisa manchada de sangre y los ojos perdidos de amor. Vio las piernas blanquísimas de su hermana y sus pies desnudos. Clara comenzó a temblar. En ese momento el doctor Cuevas se apartó y ella pudo ver el horrendo espectáculo de Rosa acostada sobre el mármol, abierta en canal por un tajo profundo, con los intestinos puestos a su lado, dentro de la fuente de la ensalada.

 

Rosa tenía la cabeza torcida en dirección a la ventana donde ella estaba espiando, su larguísimo pelo verde colgaba como un helecho desde el mesón hasta las baldosas del suelo, manchadas de rojo. Tenía los ojos cerrados, pero la niña, por efecto de las sombras, la distancia o la imaginación, creyó ver una expresión suplicante y humillada.

 

 

 

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Clara, inmóvil sobre el cajón, no pudo dejar de mirar hasta el final. Se quedó atisbando por la rendija mucho rato, helándose sin darse cuenta, hasta que los dos hombres terminaron de vaciar a Rosa, de inyectarle líquido por las venas y bañarla por dentro y por fuera con vinagre aromático y esencia de espliego. Se quedó hasta que la rellenaron con emplastos de embalsamador y la cosieron con una aguja curva de

 

colchonero. Se quedó hasta que el doctor Cuevas se lavó en el fregadero y se enjugó las lágrimas, mientras el otro limpiaba la sangre y las vísceras. Se quedó hasta que el médico salió poniéndose su chaqueta negra con un gesto de mortal tristeza. Se quedó hasta que el joven desconocido besó a Rosa en los labios, en el cuello, en los senos, entre las piernas, la lavó con una esponja, le puso su camisa bordada y le acomodó el

 

pelo, jadeando. Se quedó hasta que llegaron la Nana y el doctor Cuevas y hasta que la vistieron con su traje blanco y le pusieron la corona de azahares que tenía guardados en papel de seda para el día de su boda. Se quedó hasta que el ayudante la cargó en los brazos con la misma conmovedora ternura con que la hubiera levantado para cruzar por primera vez el umbral de su casa si hubiera sido su novia. Y no pudo

 

moverse hasta que aparecieron las primeras luces. Entonces se deslizó hasta su cama, sintiendo por dentro todo el silencio del mundo. El silencio la ocupó enteramente y no volvió a hablar hasta nueve años después, cuando sacó la voz para anunciar que se iba a casar.

 

 

 

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Las Tres Marías

 

Capítulo II

 

En el comedor de su casa, entre muebles anticuados y maltrechos que en un pasado lejano fueron buenas piezas victorianas, Esteban Trueba cenaba con su hermana Férula la misma sopa grasienta de todos los días y el mismo pescado desabrido de todos los viernes. Eran servidos por la empleada que los había atendido toda la vida, en la tradición de esclavos a sueldo de entonces. La vieja mujer iba y venía entre la cocina y el comedor, agachada y medio ciega, pero todavía enérgica, llevando y

 

trayendo las fuentes con solemnidad. Doña Ester Trueba no acompañaba a sus hijos en la mesa. Pasaba las mañanas inmóvil en su silla mirando por la ventana el quehacer de la calle y viendo cómo el transcurso de los años iba deteriorando el barrio que en su juventud fue distinguido. Después del almuerzo la trasladaban a su cama, acomodándola para que pudiera estar medio sentada, única posición que le permitía la

 

artritis, sin más compañía que las lecturas piadosas de sus libritos píos de vidas y milagros de los santos. Allí permanecía hasta el día siguiente, en que volvía a repetirse la misma rutina. Su única salida a la calle era para asistir a la misa del domingo en la iglesia de San Sebastián, a dos cuadras de la casa, donde la llevaban Férula y la empleada en su silla de ruedas. Esteban terminó de escarbar la carne blancuzca del pescado entre la maraña de espinas y dejó los cubiertos en el plato. Se sentaba rígidamente, igual como caminaba, muy erguido, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y un poco ladeada, mirando de reojo, con una mezcla de altanería, desconfianza y miopía. Ese gesto

 

habría sido desagradable si sus ojos no hubieran sido sorprendentemente dulces y claros. Su postura, tan tiesa, era más propia de un hombre grueso y bajo que quisiera aparecer más alto, pero él medía un metro ochenta y era muy delgado. Todas las líneas de su cuerpo eran verticales y ascendentes, desde su afilada nariz aguileña y sus cejas en punta, hasta la alta frente coronada por una melena de león que peinaba

 

hacia atrás. Era de huesos largos y manos de dedos espatulados. Caminaba a grandes trancos, se movía con energía y parecía muy fuerte, sin carecer, sin embargo, de cierta gracia en los gestos. Tenía un rostro muy armonioso, a pesar del gesto adusto y sombrío y su frecuente expresión de mal humor. Su rasgo predominante era el mal genio y la tendencia a ponerse violento y perder la cabeza, característica que tenía

 

desde la niñez, cuando se tiraba al suelo, con la boca llena de espuma, sin poder respirar de rabia, pataleando como un endemoniado. Habla que zambu llirlo en agua helada para que recuperara el control. Más tarde aprendió a dominarse, pero le quedó a lo largo de la vida aquella ira siempre pronta, que requería muy poco estímulo para aflorar en ataques terribles. -No voy a volver a la mina -dijo.

 

Era la primera frase que intercambiaba con su hermana en la mesa. Lo había decidido la noche anterior, al darse cuenta que no tenía sentido seguir haciendo vida

 

de anacoreta en busca de una riqueza rápida. ‘Iénía la concesión de la mina por dos años más, tiempo suficiente para explotar bien el marav illoso filón que había descubierto, pero pensaba que aunque el capataz le robara un poco, o no supiera trabajarla como lo haría él, no tenía ninguna razón para ir a enterrarse en el desierto.

 

 

 

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No deseaba hacerse rico a costa de tantos sacrificios. Le quedaba la vida por delante para enriquecerse si podía, para aburrirse y esperar la muerte, sin Rosa. -En algo tendrás que trabajar, Esteban -replicó Férula-. Ya sabes que nosotras gastamos muy poco, casi nada, pero las medicinas de mamá son caras. Esteban miró a su hermana. Era todavía una bella mujer, de formas opulentas y rostro ovalado de madona romana, pero a través de su piel pálida con reflejos de durazno y sus ojos llenos de sombras, ya se adivinaba la fealdad de la resignación. Férula había aceptado el papel de enfermera de su madre. Dormía en la habitación

 

contigua a la de doña Ester, dispuesta en todo momento a acudir corriendo a su lado a darle sus pócimas, ponerle la bacinilla, acomodarle las almohadas. Tenía un alma atormentada. Sentía gusto en la humillación y en las labores abyectas, creía que iba a obtener el cielo por el medio terrible de sufrir iniquidades, por eso se complacía limpiando las pústulas de las piernas enfermas de su madre, lavándola, hundiéndose

 

en sus olores y en sus miserias, escrutando su orinal. Y tanto como se odiaba a sí misma por esos tortuosos e inconfesables placeres, odiaba a su madre por servirle de instrumento. La atendía sin quejarse, pero procuraba sutilmente hacerle pagar el precio de su invalidez. Sin decirlo abiertamente, estaba presente entre las dos el hecho de que la hija había sacrificado su vida por cuidar a la madre y se había quedado

 

soltera por esa causa. Férula había rechazado a dos novios con el pretexto de la enfermedad de su madre. No hablaba de eso, pero todo el mundo lo sabía. Era de gestos bruscos y torpes, con el mismo mal carácter de su hermano, pero obligada por la vida, y por su condición de mujer, a dominarlo y a morder el freno. Parecía tan perfecta, que llegó a tener fama de santa. La citaban como ejemplo por la dedicación

 

que le prodigaba a doña Ester y por la forma en que había criado a su único hermano cuando enfermó la madre y murió el padre dejándolos en la miseria. Férula había adorado a su hermano Esteban cuando era niño. Dormía con él, lo bañaba, lo llevaba de, paseo, trabajaba de sol a sol cosiendo ropa ajena para pagarle el colegio y había llorado de rabia y de impotencia el día que Esteban tuvo que entrar a trabajar en una

 

notaría porque en su casa no alcanzaba lo que ella ganaba para comer. Lo había cuidado y servido como ahora lo hacía con la madre y también a él lo envolvió en la red invisible de la culpabilidad y de las deudas de gratitud impagas. El muchacho empezó a alejarse de ella apenas se puso pantalones largos. Esteban podía recordar el momento exacto en que se dio cuenta que su hermana era una sombra fatídica. Fue

 

cuando ganó su primer sueldo. Decidió que se reservaría cincuenta centavos para cumplir un sueño que acariciaba desde la infancia: tomar un café vienés. Había visto, a través de las ventanas del Hotel Francés, a los mozos que pasaban con las bandejas suspendidas sobre sus cabezas, llevando unos tesoros: altas copas de cristal coronadas por torres de crema batida y decoradas con una hermosa guinda glaseada. El día de su

 

primer sueldo pasó delante del establecimiento muchas veces antes de atreverse a entrar. Por último cruzó con timidez el umbral, con la boina en la mano, y avanzó hacia el lujoso comedor, entre las lámparas de lágrimas y muebles de estilo, con la sensación de que todo el mundo lo miraba, que mil ojos juzgaban su traje demasiado estrecho y sus zapatos viejos. Se sentó en la punta de la silla, las orejas calientes, y le hizo el pedido al mozo con un hilo de voz. Esperó con impaciencia, espiando por los espejos el ir y venir de la gente, saboreando de antemano aquel placer tantas veces

 

imaginado. Y llegó su café vienés, mucho más impresionante de lo imaginado, soberbio, delicioso, acompañado por tres galletitas de miel. Lo contempló fascinado por un largo rato. Finalmente se atrevió a tomar la cucharilla de mango largo y con un suspiro de dicha, la hundió en la crema. Tenía la boca hecha agua. Estaba dispuesto a hacer durar ese instante lo más posible, estirarlo hasta el infinito. Comenzó a revolver

 

viendo cómo se mezclaba el líquido oscuro del vaso con la espuma de la crema.

 

 

 

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Revolvió, revolvió, revolvió… Y, de pronto, la punta de la cucharilla golpeó el cristal, abriendo un orificio por donde saltó el café a presión. Le cayó en la ropa. Esteban, horrorizado, vio todo el contenido del vaso desparramarse sobre su único traje, ante la mirada divertida de los ocupantes de otras mesas. Se paró, pálido de frustración, y salió del Hotel Francés con cincuenta centavos menos, dejando a su paso un reguero

 

de café vienés sobre las mullidas alfombras. Llegó a su casa chorreado, furioso, descompuesto. Cuando Férula se enteró de lo que había sucedido, comentó ácidamente: «eso te pasa por gastar el dinero de las medicinas de mamá en tus caprichos. Dios te castigó». En ese momento Esteban vio con claridad los mecanismos que usaba su hermana para dominarlo, la forma en que conseguía hacerlo sentirse

 

culpable y comprendió que debía ponerse a salvo. En la medida en que él se fue alejando de su tutela, Férula le fue tomando antipatía. La libertad que él tenía, a ella le dolía como un reproche, como una injusticia. Cuando se enamoró de Rosa y lo vio desesperado, como un chiquillo, pidiéndole ayuda, necesitándola, persiguiéndola por la casa para suplicarle que se acercara a la fam ilia Del Valle, que habl ara a Rosa, que sobornara a la Nana, Férula volvió a sentirse importante para Esteban. Por un tiempo parecieron reconciliados. Pero aquel fugaz reencuentro no duró mucho y Férula no tardó en darse cuenta de que había sido utilizada. Se alegró cuando vio partir a su hermano a la mina. Desde que empezó a trabajar, a los quince años, Esteban mantuvo la casa y adquirió el compromiso de hacerlo siempre, pero para Férula eso no era suficiente. Le molestaba tener que quedarse encerrada entre esas paredes hediondas a vejez y a remedios, desvelada con los gemidos de la enferma, atenta al reloj para

 

administrarle sus medicinas, aburrida, cansada, triste, mientras que su hermano ignoraba esas obligaciones. Él podría tener un destino luminoso, libre, lleno de éxitos. Podría casarse, tener hijos, conocer el amor. El día que puso el telegrama anunciándole la muerte de Rosa, experimentó un cosquilleo extraño, casi de alegría. -Tendrás que trabajar en algo -repitió Férula. -Nunca les faltará nada mientras yo viva -dijo él.

 

-Es fácil decirlo -respondió Férula sacándose una espina de pescado entre los dientes. -Creo que me iré al campo, a Las Tres Marías.

 

-Eso es una ruina, Esteban. Siempre te he dicho que es mejor vender esa tierra, pero tú eres testarudo como una mula. -Nunca hay que vender la tierra. Es lo único que queda cuando todo lo demás se acaba. -No estoy de acuerdo. La tierra es una idea romántica, lo que enriquece a los hombres es el buen ojo para los negocios -alegó Férula-. Pero tú siempre decías que algún día te ibas a ir a vivir al campo. Ahora ha llegado ese día. Odio esta ciudad. -¿Por qué no dices mejor que odias esta casa?

 

-También -respondió él brutalmente.

 

-Me habría gustado nacer hombre, para poder irme también -erijo ella llena de odio. -Y a mí no me habría gustado nacer mujer -dijo él. Terminaron de comer en silencio.

 

Los hermanos estaban muy alejados y lo único que todavía los unía era la presencia de la madre y el recuerdo borroso del amor que se tuvieron en la niñez. Habían crecido en una casa arruinada, presenciando el deterioro moral y económico del padre y luego la lenta enfermedad de la madre. Doña Ester comenzó a padecer de artritis desde muy

 

 

 

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joven, fue poniéndose rígida hasta llegar a moverse con gran dificultad, como amortajada en vida, y, por último, cuando ya no pudo doblar las rodillas, se instaló definitivamente en su silla de ruedas, en su viudez y en su desolación. Esteban recordaba su infancia y su juventud, sus trajes estrechos, el cordón de san Francisco que lo obligaban a usar en pago de quién sabe qué promesas de su madre o de su

 

hermana, sus camisas remendadas con cuidado y su soledad. Férula, cinco años mayor, lavaba y almidonaba día por medio sus únicas dos camisas, para que estuviera siempre pulcro y bien presentado, y le recordaba que por el lado de la madre llevaba el apellido más noble y linajudo del Virreinato de Lima. Trueba no había sido más que un lamentable accidente en la vida de doña Ester, que estaba destinada a casarse con

 

alguien de su clase, pero se había enamorado perdidamente de aquel tarambana, emigrante de primera generación, que en pocos años dilapidó su dote y después su herencia. Pero de nada servía a Esteban el pasado de sangre azul, si en su casa no había para pagar las cuentas del almacén y tenía que irse a pie al colegio, porque no tenía el centavo para el tranvía. Recordaba que lo mandaban a clase con el pecho y la

 

espalda forrados en papel de periódicos, porque no tenía ropa interior de lana y su abrigo daba lástima, y que padecía imaginando que sus compañeros podían oír, como lo oía él, el crujido del papel al frotarse contra su piel. En invierno, la única fuente de calor era un brasero en la habitación de su madre, donde se reunían los tres para ahorrar las velas y el carbón. Había sido una infancia de privaciones, de incomodidades, de asperezas, de interminables rosarios nocturnos, de miedos y de culpas. De todo eso no le había quedado más que la rabia y su desmesurado orgullo. Dos días después Esteban Trueba partió al campo. Férula lo acompañó a la estación. Al despedirse lo besó fríamente en la mejilla y esperó que subiera al tren, con sus dos

 

maletas de cuero con cerraduras de bronce, las mismas que había comprado para irse a la mina y que debían durarle toda la vida, como le había prometido el vendedor. Le recomendó que se cuidara y tratara de visitarlas de vez en cuando, dijo que lo echaría de menos, pero ambos sabían que estaban destinados a no verse en muchos años y en el fondo sentían un cierto alivio. -¡Avísame si mamá empeora! -gritó Esteban por la ventanilla cuando el tren se puso en movimiento. -¡No te preocupes! -respondió Férula agitando su pañuelo desde el andén.

 

Esteban Trueba se recostó en el respaldo tapizado en terciopelo rojo y agradeció la iniciativa de los ingleses de construir coches de primera clase, donde se podía viajar como un caballero, sin tener que soportar las gallinas, los canastos, los bultos de cartón amarrados con un cordel y los lloriqueos de los niños ajenos. Se felicitó por

 

haberse decidido a gastar en un pasaje más costoso, por primera vez en su vida, y decidió que era en los detalles donde estaba la diferencia entre un caballero y un patán. Por eso, aunque estuviera en mala situación, de ese día en adelante iba a gastar en las pequeñas comodidades que lo hacían sentirse rico. -¡No pienso volver a ser pobre! -decidió, pensando en el filón de oro. Por la ventanilla del tren vio pasar el paisaje del valle central. Vastos campos tendidos al pie de la cordillera, fértiles campiñas de viñedos, de trigales, de alfalfa y de maravilla. Lo comparó con las yermas planicies del Norte, donde había pasado dos años metido en un hoyo, en medio de una naturaleza agreste y lunar cuya aterradora belleza no se cansaba de mirar, fascinado por los colores del desierto, por los azules, los morados, los amarillos, de los minerales a flor de tie rra. -Me está cambiando la vida -murmuró.

 

Cerró los ojos y se quedó dormido.

 

 

 

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Bajó del tren en la estación San Lucas. Era un lugar miserable. A esa hora no se veía ni un alma en el andén de madera, con un techo arruinado por la intemperie y las hormigas. Desde allí se podía ver todo el valle a través de una bruma impalpable que se desprendía de la tierra mojada por la lluvia de la noche. Las montañas lejanas se perdían entre las nubes de un cielo encapotado y sólo la punta nevada del volcán se

 

distinguía nítidamente, recortada contra el paisaje e iluminada por un tímido sol de invierno. Miró alrededor. En su infancia, en la única época feliz que podía recordar, antes que su padre terminara de arruinarse y se abandonara al licor y a su propia vergüenza, había cabalgado con él por esa región. Recordaba que en Las Tres Marías había jugado en los veranos, pero hacía tantos años de eso, que la memoria lo había

 

casi borrado y no podía reconocer el lugar. Buscó con la vista el pueblo de San Lucas, pero sólo divisó un caserío lejano, desteñido en la humedad de la mañana. Recorrió la estación. Estaba cerrada con un candado la puerta de la única oficina. Había un aviso escrito con lápiz, pero estaba tan borroso que no pudo leerlo. Oyó que a sus espaldas el tren se ponía en marcha y comenzaba a alejarse dejando atrás una columna de

 

humo blanco. Estaba solo en ese paraje silencioso. Tomó sus maletas y echó a andar por el barrizal y las piedras de un sendero que conducía al pueblo. Caminó más de diez minutos, agradecido de que no lloviera, porque a duras penas podía avanzar con sus pesadas maletas por ese camino y comprendió que la lluvia lo habría convertido en pocos segundos en un lodazal intransitable. Al acercarse al caserío vio humo en algunas chimeneas y suspiró aliviado, porque al comienzo tuvo la impresión de que era un villorrio abandonado, tal era su decrepitud y su soledad. Se detuvo a la entrada del pueblo, sin ver a nadie. En la única calle cercada de modestas casas de adobe, reinaba el silencio y tuvo la sensación de marchar en

 

sueños. Se aproximó a la casa más cercana, que no tenía ninguna ventana y cuya puerta estaba abierta. Dejó sus maletas en la acera y entró llamando en alta voz. Adentro estaba oscuro, porque la luz sólo provenía de la puerta, de modo que necesitó algunos segundos para acomodar la vista y acostumbrarse a la penumbra. Entonces divisó a dos niños jugando en el suelo de tierra apisonada, que lo miraban con grandes ojos asustados, y en un patio posterior a una mujer que avanzaba secándose las manos con el borde del delantal. Al verlo, esbozó un gesto instintivo para arreglarse un

 

mechón de pelo que le caía sobre la frente. La saludó y ella respondió tapándose la boca con la mano al hablar para ocultar sus encías sin dientes. Trueba le explicó que necesitaba alquilar un coche, pero ella pareció no comprender y se limitó a esconder a los niños en los pliegues de su delantal, con una mirada sin expresión. Él salió, tomó su equipaje y siguió su camino. Cuando había recorrido casi toda la aldea sin ver a nadie y empezaba a desesperarse, sintió a sus espaldas los cascos de un caballo. Era una destartalada

 

carreta conducida por un leñador. Se paró delante y obligó al conductor a detenerse. -¿Puede llevarme a Las Tres Marías? ¡Le pagaré bien! -gritó.

 

-¿Qué va a ir a hacer allá, caballero? -preguntó el hombre-. Ésa es una tierra de nadie, un roquerío sin ley. Pero aceptó llevarlo y lo ayudó a poner su equipaje entre los atados de leña. Trueba se sentó a su lado en el pescante. De algunas casas salieron niños corriendo tras la carreta. Trucha se sintió más solo que nunca. A once kilómetros del pueblo de San Lucas, por un camino devastado, invadido por la maleza y lleno de baches, apareció el aviso de madera con el nombre de la

 

propiedad. Colgaba de una cadena rota y el viento lo golpeaba contra el poste con un sonido sordo que le sonó como un tambor de duelo. Le bastó una ojeada para comprender que se necesitaba un hércules para rescatar aquello de la desolación. La

 

 

 

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mala yerba se había tragado el sendero y para donde mirara veía peñascos, matorrales y monte. No había ni la sugerencia de potreros, ni restos de los viñedos que él recordaba, nadie que saliera a recibirlo. La carreta avanzó lentamente, siguiendo una huella que el paso de las bestias y los hombres había trazado en los malezales. Al poco rato divisó la casa del fundo, que todavía se mantenía en pie, pero aparecía como una

 

visión de pesadumbre, llena de escombros, de alambres de gallinero en el suelo, de basura. Tenía la mitad de las tejas rotas y había una enredadera salvaje que se metía por las ventanas y cubría casi todas las paredes. Alrededor de la casa vio algunos ranchos de adobe sin blanquear, sin ventanas y con techos de paja, negros de hollín. Dos perros peleaban con furia en el patio. La sonajera de las ruedas de la carreta y las maldiciones del leñador atrajeron a los ocupantes de los ranchos, que fueron apareciendo poco a poco. Miraban a los recién llegados con extrañeza y desconfianza. Habían pasado quince años sin ver ningún patrón y habían deducido que simplemente no lo tenían. No podían reconocer en ese

 

hombre alto y autoritario al niño de rizos castaños que mucho tiempo atrás jugaba en ese mismo patio. Esteban los. miró y tampoco pudo recordar a ninguno. Formaban un grupo miserable. Vio varias mujeres de edad indefinida, con la piel agrietada y seca, algunas aparentemente embarazadas, todas vestidas con harapos descoloridos y descalzas. Calculó que había por lo menos una docena de niños de todas las edades.

 

Los menores estaban desnudos. Otros rostros se asomaban en los umbrales de las puertas, sin atreverse a salir. Esteban esbozó un gesto de saludo, pero nadie respondió. Algunos niños corrieron a esconderse detrás de las mujeres. Esteban se bajó de la carreta, descargó sus dos maletas y pasó unas monedas al leñador. -Si quiere lo espero, patrón -dijo el hombre.

 

-No. Aquí me quedo.

 

Se dirigió a la casa, abrió la puerta de un empujón y entró. Adentro había suficiente luz, porque la mañana entraba por los postigos rotos y los huecos del techo, donde

 

habían cedido las tejas. Estaba lleno de polvo y telarañas, con un aspecto de total abandono, y era evidente que en esos años ninguno de los campesinos se había atrevido a dejar su choza para ocupar la gran casa patronal vacía. No habían tocado los muebles; eran los mismos de su niñez, en los mismos sitios de siempre, pero más feos, lúgubres y desvencijados de lo que podía recordar. Toda la casa estaba

 

alfombrada con una capa de yerba, polvo y hojas secas. Olía a tumba. Un perro esquelético le ladró furiosamente, pero Esteban Trueba no le hizo caso y finalmente el perro, cansado, se echó en un rincón a rascarse las pulgas. Dejó sus maletas sobre una mesa y salió a recorrer la casa, luchando contra la tristeza que comenzaba a invadirlo. Pasó de una habitación a otra, vio el deterioro que el tiempo había labrado

 

en todas las cosas, la pobreza, la suciedad, y sintió que ése era un hoyo mucho peor que el de la mina. La cocina era una amplia habitación cochambrosa, techo alto y de paredes renegridas por el humo de la leña y el carbón, mohosa, en ruinas, todavía colgaban de unos clavos en las paredes las cacerolas y sartenes de cobre y de fierro que no se habían usado en quince años y que nadie había tocado en todo ese tiempo. Los dormitorios tenían las mismas camas y los grandes armarios con espejos de luna que compró su padre en otra época, pero los colchones eran un montón de lana

 

podrida y bichos que habían anidado en ellos durante generaciones. Escuchó los pasitos discretos de las ratas en el artesonado del techo. No pudo descubrir si el piso era de madera o de baldosas, porque en ninguna parte aparecía a la vista y la mugre lo tapaba todo. La capa gris de polvo borraba el contorno de los muebles. En lo que había sido el salón, aún se veía el piano alemán con una pata rota y las teclas

 

 

 

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amarillas, sonando como un clavecín desafinado. En los anaqueles quedaban algunos libros ilegibles con las páginas comidas por la humedad y en el suelo restos de revistas muy antiguas, que el viento desparramó. Los s illones tenían los resortes a la vista y había un nido de ratones en la poltrona donde su madre se sentaba a tejer antes que la enfermedad le pusiera las manos como garfios. Cuando terminó su recorrido, Esteban tenía las ideas más claras. Sabía que tenía por delante un trabajo titánico, porque si la casa estaba en ese estado de abandono, no podía esperar que el resto de la propiedad estuviera en mejores condiciones. Por un instante tuvo la tentación de cargar sus dos maletas en la carreta y volver por donde

 

mismo había llegado, pero desechó ese pensamiento de una plumada y resolvió que si había algo que podía calmar la pena y la rabia de haber perdido a Rosa, era partirse el lomo trabajando en esa tierra arruinada. Se quitó el abrigo, respiró profundamente y salió al patio donde todavía estaba el leñador junto a los inquilinos reunidos a cierta distancia, con la timidez propia de la gente del campo. Se observaron mutuamente con

 

curiosidad. Trueba dio un par de pasos hacia ellos y percibió un leve movimiento de retroceso en el grupo, paseó la vista por los zarrapastrosos campesinos y trató de esbozar una sonrisa amistosa a los niños sucios de mocos, a los viejos legañosos y a las mujeres sin esperanza, pero le salió como una mueca. -¿Dónde están los hombres? -preguntó. El único hombre joven dio un paso adelante. Probablemente tenía la misma edad de Esteban Trueba, pero se veía mayor. -Se fueron dijo. -¿Cómo te llamas?

 

-Pedro Segundo García, señor -respondió el otro. -Yo soy el patrón ahora. Se acabó la fiesta. Vamos a trabajar. Al que no le guste la idea, que se vaya de inmediato. Al que se quede no le faltará de comer, pero tendrá que esforzarse. No quiero flojos ni gente insolente, ¿me oyeron? Se miraron asombrados. No habían comprendido ni la mitad del discurso, pero sabían reconocer la voz del amo cuando la escuchaban. -Entendimos, patrón -dijo Pedro Segundo García-. No tenemos donde ir, siempre hemos vivido aquí. Nos quedamos. Un niño se agachó y se puso a cagar y un perro sarnoso se acercó a olisquearlo. Esteban, asqueado, dio orden de guardar al niño, lavar el patio y matar al perro. Así comenzó la nueva vida que, con el tiempo, habría de hacerlo olvidar a Rosa.

 

Nadie me va a quitar de la cabeza la idea de que he sido un buen patrón. Cualquiera que hubiera visto Las Tres Marías en los tiempos del abandono y la viera ahora, que es

 

un fundo modelo, tendría que estar de acuerdo conmigo. Por eso no puedo aceptar que mi nieta me venga con el cuento de la lucha de clases, porque si vamos al grano, esos pobres campesinos están mucho peor ahora que hace cincuenta años. Yo era como un padre para ellos. Con la reforma agraria nos jodimos todos. Para sacar a Las Tres Marías de la miseria destiné todo el capital que había ahorrado para casarme con Rosa y todo lo que me enviaba el capataz de la mina, pero no fue el dinero el que salvó a esa tierra, sino el trabajo y la organización. Se corrió la voz de que había un nuevo patrón en Las Tres Marías y que estábamos quitando las piedras con bueyes y arando los potreros para sembrar. Pronto comenzaron a llegar algunos

 

hombres a ofrecerse como braceros, porque yo pagaba bien y les daba abundante comida. Compré animales. Los animales eran sagrados para mí y aunque pasáramos el

 

 

 

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año sin probar la carne, no se sacrificaban. Así creció el ganado. Organicé a los hombres en cuadrillas y después de trabajar en el campo, nos dedicábamos a reconstruir la casa patronal. No eran carpinteros ni albañiles, todo se lo tuve que enseñar yo con unos manuales que compré. Hasta plomería hicimos con ellos, arreglamos los techos, pintamos todo con cal, limpiamos hasta dejar la casa br illante por dentro y por fuera. Repartí los muebles entre los inquilinos, menos la mesa del comedor, que todavía estaba indemne a pesar de la polilla que había infectado todo, y la cama de fierro forjado que había sido de mis padres. Me quedé viviendo en la casa vacía, sin más mobiliario que esas dos cosas y unos cajones donde me sentaba, hasta que Férula me mandó de la capital los muebles nuevos que le encargué. Eran piezas

 

grandes, pesadas, ostentosas, hechas para resistir muchas generaciones y adecuados para la vida de campo, la prueba es que se necesitó un terremoto para destruirlos. Los acomodé contra las paredes, pensando en la comodidad y no en la estética, y una vez que la casa estuvo confortable, me sentí contento y empecé a acostumbrarme a la idea de que iba a pasar muchos años, tal vez toda la vida, en Las Tres Marías. Las mujeres de los inquilinos hacían turnos para servir en la casa patronal y ellas se encargaron de mi huerta. Pronto vi las primeras flores en el jardín que tracé con mi propia mano y que, con muy pocas modificaciones, es el mismo que existe hoy día. En esa época la gente trabajaba sin chistar. Creo que mi presencia les devolvió la

 

seguridad y vieron que poco a poco esa tierra se convertía en un lugar próspero. Eran gente buena y sencilla, no había revoltosos. También es cierto que eran muy pobres e ignorantes. Antes que yo llegara se limitaban a cultivar sus pequeñas chacras familiares que les daban lo indispensable para no morirse de hambre, siempre que no los golpeara alguna catástrofe, como sequía, helada, peste, hormiga o caracol, en cuyo

 

caso las cosas se les ponían muy difíciles. Conmigo todo eso cambió. Fuimos recuperando los potreros uno por uno, reconstruimos el gallinero y los establos y comenzamos a trazar un sistema de riego para que las siembras no dependieran del clima, sino de algún mecanismo científico. Pero la vida no era fácil. Era muy dura. A veces yo iba al pueblo y volvía con un veterinario que revisaba a las vacas y a las gallinas y, de paso, echaba una mirada a los enfermos. No es cierto que yo partiera del principio de que si los conocimientos del veterinario alcanzaban para los animales,

 

también servían para los pobres, como dice mi nieta cuando quiere ponerme furioso. Lo que pasaba era que no se conseguían médicos por esos andurriales. Los campesinos consultaban a una meica indígena que conocía el poder de las yerbas y de la sugestión, a quien le tenían una gran confianza. Mucha más que al veterinario. Las parturientas daban a luz con ayuda de las vecinas, de la oración y de una comadrona que casi

 

nunca llegaba a tiempo, porque tenía que hacer el viaje en burro, pero que igual servía para hacer nacer a un niño, que para sacarle el ternero a una vaca atravesada. Los enfermos graves, esos que ningún encantamiento de la meica ni pócima del veterinario podían curar, eran llevados por Pedro Segundo García o por mí en una carreta al hospital de las monjas, donde a veces había algún médico de turno que los ayudaba a

 

morir. Los muertos iban a parar con sus huesos a un pequeño camposanto junto a la parroquia abandonada, al pie del volcán, donde ahora hay un cementerio como Dios manda. Una o dos veces al año yo conseguía un sacerdote para que fuera a bendecir las uniones, los animales y las máquinas, bautizar a los niños y decir alguna oración atrasada a los difuntos. Las únicas diversiones eran capar a los cerdos y a los toros, las

 

peleas de gallos, la rayuela y las increíbles historias de Pedro García, el viejo, que en paz descanse. Era el padre de Pedro Segundo y decía que su abuelo había combatido en las filas de los patriotas que echaron a los españoles de América. Enseñaba a los niños a dejarse picar por las arañas y tomar orina de mujer encinta para inmunizarse. Conocía casi tantas yerbas como la meica, pero se confundía en el momento de decidir

 

 

 

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su aplicación y cometía algunos errores irreparables. Para sacar muelas, sin embargo, reconozco que tenía un sistema insuperable, que le había dado justa fama en toda la zona, era una combinación de vino tinto y padrenuestros, que sumía al paciente en trance hipnótico. A mí me sacó una muela sin dolor y si estuviera vivo, sería mi dentista. Muy pronto empecé a sentirme a gusto en el campo. Mis vecinos más próximos quedaban a una buena distancia a lomo de caballo, pero a mí no me interesaba la vida social, me complacía la soledad y además tenía mucho trabajo entre las manos. Me fui convirtiendo en un salvaje, se me olvidaron las palabras, se me acortó el vocabulario,

 

me puse muy mandón. Como no tenía necesidad de aparentar ante nadie, se acentuó el mal carácter que siempre he tenido. Todo me daba rabia, me enojaba cuando veía a los niños rondando las cocinas para robarse el pan, cuando las ga llinas alborotaban en el patio, cuando los gorriones invadían los maizales. Cuando el mal humor empezaba a estorbarme y me sentía incómodo en mi propio pellejo, salía a cazar. Me levantaba

 

mucho antes que amaneciera y partía con una escopeta al hombro, mi morral y mi perro perdiguero. Me gustaba la cabalgata en la oscuridad, el frío del amanecer, el largo acecho en la sombra, el silencio, el olor de la pólvora y la sangre, sentir contra el hombro recular el arma con un golpe seco y ver a la presa caer pataleando, eso me tranquilizaba y cuando regresaba de una cacería, con cuatro conejos miserables en el

 

morral y unas perdices tan perforadas que no servían para cocinarlas, medio muerto de fatiga y lleno de barro, me sentía aliviado y feliz. Cuando pienso en esos tiempos, me da una gran tristeza. La vida se me pasó muy rápido. Si volviera a empezar hay algunos errores que no cometería, pero en general

 

no me arrepiento de nada. Sí, he sido un buen patrón, de eso no hay duda.

 

Los primeros meses Esteban Trueba estuvo tan ocupado canalizando el agua, cavando pozos, sacando piedras, limpiando potreros y reparando los ga llineros y los establos, que no tuvo tiempo de pensar en nada. Se acostaba rendido y se levantaba al alba, tomaba un magro desayuno en la cocina y partía a caballo a vigilar las labores del campo. No regresaba hasta el atardecer. A esa hora hacía la única comida completa del día, solo en el comedor de casa. Los primeros meses se hizo el propósito

 

de bañarse y cambiarse ropa diariamente a la hora de cenar, como había oído que hacían los colonos ingleses en las más lejanas aldeas del Asia y del África, para no perder la dignidad y el señorío. Se vestía con su mejor ropa, se afeitaba y ponía en el gramófono las mismas arias de sus óperas preferidas todas las noches. Pero poco a poco se dejó vencer por la rusticidad y aceptó que no tenía vocación de petimetre,

 

especialmente si no había nadie que pudiera apreciar, el esfuerzo. Dejó de afeitarse, se cortaba el pelo cuando le llegaba por los hombros, y siguió bañándose sólo porque tenía el hábito muy arraigado, pero se despreocupó de su ropa y de sus modales. Fue convirtiéndose en un bárbaro. Antes de dormir leía un rato o jugaba ajedrez, había desarrollado la habilidad de competir contra un libro sin hacer trampas y de perder las partidas sin enojarse. Sin embargo, la fatiga del trabajo no fue suficiente para sofocar su naturaleza fornida y sensual. Empezó a pasar malas noches, las frazadas le parecían muy pesadas, las sábanas demasiado suaves. Su caballo le jugaba malas pasadas y de repente se convertía en una hembra formidable, una montaña dura y salvaje de carne, sobre la cual cabalgaba hasta molerse los huesos. Los tibios y

 

perfumados melones de la huerta le parecían descomunales pechos de mujer y se sorprendía enterrando la cara en la manta de su montura, buscando en el agrio olor del sudor de la bestia, la semejanza con aquel aroma lejano y prohibido de sus primeras prostitutas. En la noche se acaloraba con pesadillas de mariscos podridos, de trozos enormes de res descuartizada, de sangre, de semen, de lágrimas. Despertaba

 

 

 

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tenso, con el sexo como un fierro entre las piernas, más rabioso que nunca. Para aliviarse, corría a zambullirse desnudo en el río y se hundía en las aguas heladas hasta perder la respiración, pero entonces creía sentir unas manos invisibles que le acariciaban las piernas. Vencido, se dejaba flotar a la deriva, sintiéndose abrazado por la corriente, besado por los guarisapos, fustigado por las cañas de la orilla. Al poco

 

tiempo su apremiante necesidad era notoria, no se calmaba ni con inmersiones nocturnas en el río, ni con infusiones de canela, ni colocando piedra lumbre debajo del colchón, ni siquiera con los manipuleos vergonzantes que en el internado ponían locos a los muchachos, los dejaban ciegos y los sumían en la condenación eterna. Cuando comenzó a mirar con ojos de concupiscencia a las aves del corral, a los niños que

 

jugaban desnudos en el huerto y hasta a la masa cruda del pan, comprendió que su virilidad no se iba a calmar con sustitutos de sacristán. Su sentido práctico le indicó que tenía que buscarse una mujer y, una vez tomada la decisión, la ansiedad que lo consumía se calmó y su rabia pareció aquietarse. Ese día amaneció sonriendo por primera vez en mucho tiempo. Pedro García, el viejo, lo vio salir silbando camino al establo y movió la cabeza inquieto. El patrón anduvo todo el día ocupado en el arado de un potrero que acababa de hacer limpiar y que había destinado a plantar maíz. Después se fue con Pedro Segundo García a ayudar a una vaca que a esas horas trataba de parir y tenía al ternero atravesado. Tuvo que introducirle el brazo hasta el codo para voltear al crío y ayudarlo a asomar la cabeza. La vaca se murió de todos modos, pero eso no le puso de mal humor. Ordenó que alimentaran al ternero con una botella, se lavó en un balde y

 

volvió a montar. Normalmente era su hora de comida, pero no tenía hambre. No tenía ninguna prisa, porque ya había hecho su elección. Había visto a la muchacha muchas veces cargando en la cadera a su hermanito moquillento, con un saco en la espalda o un cántaro de agua del pozo en la cabeza. La

 

había observado cuando lavaba la ropa, agachada en las piedras planas del río, con sus piernas morenas pulidas por el agua, refregando los trapos descoloridos con sus toscas manos de campesina. Era de huesos grandes y rostro aindiado, con las facciones anchas y la piel oscura, de expresión apacible y dulce, su amplia boca carnosa conservaba todavía todos los dientes y cuando sonreía se iluminaba, pero lo

 

hacía muy poco. Tenía la belleza de la primera juventud, aunque él podía ver que se marchitaría muy pronto, como sucede a las mujeres nacidas para parir muchos hijos, trabajar sin descanso y enterrar a sus muertos. Se llamaba Pancha García y tenía quince años. Cuando Esteban Trueba salió a buscarla, ya había caído la tarde y estaba más fresco. Recorrió con su caballo al paso las largas alamedas que dividían los potreros preguntando por ella a los que pasaban, hasta que la vio por el camino que conducía a su rancho. Iba doblada por el peso de un haz de espino para el fogón de la cocina, sin zapatos, cabizbaja. La miró desde la altura del caballo y sintió al instante la urgencia

 

del deseo que había estado molestándolo durante tantos meses. Se acercó al trote hasta colocarse a su lado, ella lo oyó, pero siguió caminando sin mirarlo, por la costumbre ancestral de todas las mujeres de su estirpe de bajar la cabeza ante el macho. Esteban se agachó y le quitó el fardo, lo sostuvo un momento en el aire y luego lo arrojó con violencia a la vera del camino, alcanzó a la muchacha con un brazo

 

por la cintura y la levantó con un resoplido bestial, acomodándola delante de la montura, sin que ella opusiera ninguna resistencia. Espoleó el caballo y partieron al galope en dirección al río. Desmontaron sin intercambiar ni una palabra y se midieron con los ojos. Esteban se soltó el ancho cinturón de cuero y ella retrocedió, pero la atrapó de un manotazo. Cayeron abrazados entre las hojas de los eucaliptos.

 

 

 

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Esteban no se quitó la ropa. La acometió con fiereza incrustándose en ella sin preámbulos, con una brutalidad inútil. Se dio cuenta demasiado tarde, por las salpicaduras sangrientas en su vestido, que la joven era virgen, pero ni la humilde condición de Pancha, ni las apremiantes exigencias de su apetito, le permitieron tener contemplaciones. Pancha García no se defendió, no se quejó, no cerró los ojos. Se

 

quedó de espaldas, mirando el cielo con expresión despavorida, hasta que sintió que el hombre se desplomaba con un gemido a su lado. Entonces empezó a llorar suavemente. Antes que ella su madre, y antes que su madre su abuela, habían sufrido el mismo destino de perra. Esteban Trueba se acomodó los pantalones, se cerró el cinturón, la ayudó a ponerse en pie y la sentó en el anca de su caballo. Emprendieron

 

el regreso. Él iba silbando. Ella seguía llorando. Antes de dejarla en su rancho, el patrón la besó en la boca. -Desde mañana quiero que trabajes en la casa -dijo. Pancha asintió sin levantar la vista. También su madre y su abuela habían servido en la casa patronal. Esa noche Esteban Trueba durmió como un bendito, sin soñar con Rosa. En la mañana se sentía pleno de energía, más grande y poderoso. Se fue al campo canturreando y a su regreso, Pancha estaba en la cocina, afanada revolviendo el manjar blanco en una gran olla de cobre. Esa noche la esperó con impaciencia y cuando se callaron los ruidos domésticos en la vieja casona de adobe y empezaron los trajines nocturnos de las ratas, sintió la presencia de la muchacha en el umbral de su puerta. -Ven, Pancha -la llamó. No era una orden, sino más bien una súplica. Esa vez Esteban se dio tiempo para gozarla y para hacerla gozar. La recorrió tranquilamente, aprendiendo de memoria el olor ahumado de su cuerpo y de su ropa lavada con ceniza y estirada con plancha a carbón, conoció la textura de su pelo negro y liso, de su piel suave en los sitios más recónditos y áspera y callosa en los demás, de sus labios frescos, de su sexo sereno y su vientre amplio. La deseó con calma y la

 

inició en la ciencia más secreta y más antigua. Probablemente fue feliz esa noche y algunas noches más, retozando como dos cachorros en la gran cama de fierro forjado que había sido del primer Trucha y que ya estaba medio coja, pero aún podía resistir las embestidas del amor. A Pancha García le crecieron los senos y se le redondearon las caderas. A Esteban Trucha le mejoró por un tiempo el mal humor y comenzó a interesarse en sus inquilinos. Los visitó en sus ranchos de miseria. Descubrió en la penumbra de uno de ellos un cajón relleno con papel de periódico donde compartían el sueño un niño de pecho y una perra recién parida. En otro, vio a una anciana que estaba muriéndose

 

desde hacía cuatro años y tenía los huesos asomados por las llagas de la espalda. En un patio conoció a un adolescente idiota, babeando, con una soga al cuello, atado a un poste, hablando cosas de otros mundos, desnudo y con un sexo de mulo que refregaba incansablemente contra el suelo. Se dio cuenta, por primera vez, que el peor abandono -no era el de las tierras y los animales, sino de los habitantes de Las Tres Marías, que

 

habían vivido en el desamparo desde la época en que su padre se jugó la dote y la herencia de su madre. Decidió que era tiempo de llevar un poco de civilización a ese rincón perdido entre la cordillera y el mar.

 

En Las Tres Marías comenzó una fiebre de actividad que sacudió la modorra. Esteban Trueba puso a trabajar a los campesinos como nunca lo habían hecho. Cada hombre, mujer, anciano y niño que pudiera tenerse en sus dos piernas, fue empleado

 

 

 

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por el patrón, ansioso por recuperar en pocos meses los años de abandono. Hizo construir un granero y despensas para guardar alimentos para el invierno, hizo salar la carne de caballo y ahumar la de cerdo y puso a las mujeres a hacer dulces y conservas de frutas. Modernizó la lechería, que no era más que un galpón lleno de estiércol y moscas, y obligó a las vacas a producir suficiente leche. Inició la construcción de una

 

escuela con seis aulas, porque tenía la ambición de que todos los niños y adultos de Las Tres Marías debían aprender a leer, escribir y sumar, aunque no era partidario de que adquirieran otros conocimientos, para que no se les llenara la cabeza con ideas inapropiadas a su estado y condición. Sin embargo, no pudo conseguir un maestro que quisiera trabajar en esas lejanías, y ante la dificultad para atrapar a los chiqu illos con promesas de azotes y de caramelos para alfabetizarlos él mismo, abandonó esa ilusión y dio otros usos a la escuela. Su hermana Férula le enviaba desde la capital los libros que le encargaba. Era literatura práctica. Con ellos aprendió a poner inyecciones colocándoselas en las piernas y fabricó una radio a galena. Gastó sus primeras ganancias en comprar telas rústicas, una máquina de coser, una caja de píldoras

 

homeopáticas con su manual de instrucciones, una enciclopedia y un cargamento de silabarios, cuadernos y lápices. Acarició el proyecto de hacer un comedor donde todos los niños recibieran una comida completa al día, para que crecieran fuertes y sanos y pudieran trabajar desde pequeños, pero comprendió que era cosa de locos obligar a los niños a trasladarse desde cada extremo de la propiedad por un plato de comida, de modo que cambió el proyecto por un taller de costura. Pancha García fue la encargada de desentrañar los misterios de la máquina de coser. Al principio, creía que era un

 

instrumento del diablo dotado de vida propia y se negaba a aproximársele, pero él fue inflexible y ella acabó por dominarla. Trucha organizó una pulpería. Era un modesto almacén donde los inquilinos podían comprar lo necesario sin tener que hacer el viaje en carreta hasta San Lucas. El patrón compraba las cosas al por mayor y lo revendía al mismo precio a sus trabajadores. Impuso un sistema de vales, que primero funcionó

 

como una forma de crédito y con el tiempo llegó a reemplazar al dinero legal. Con sus papeles rosados se compraba todo en la pulpería y se pagaban los sueldos. Cada trabajador tenía derecho, además de los famosos papelitos, a un trozo de tierra para cultivar en su tiempo libre, seis gallinas por familia al año, una porción de semillas, una parte de la cosecha que cubriera sus necesidades, pan y leche para el día y

 

cincuenta pesos que se repartían para Navidad y para las Fiestas Patrias entre los hombres. Las mujeres no tenían esa bonificación, aunque trabajaran con los hombres de igual a igual, porque no se las consideraba jefes de familia, excepto en el caso de las viudas. El jabón de lavar, la lana para tejer y el jarabe para fortalecer los pulmones eran distribuidos gratuitamente, porque Trueba no quería a su alrededor gente sucia,

 

con frío o enferma. Un día leyó en la enciclopedia las ventajas de una dieta equilibrada y comenzó su manía de las vitaminas, que había de durarle por el resto de la vida. Sufría rabietas cada vez que comprobaba que los campesinos daban a los niños sólo el pan y alimentaban a los cerdos con la leche y los huevos. Empezó a hacer reuniones obligatorias en la escuela para hablarles de las vitaminas y, de paso, informarlos sobre

 

las noticias que conseguía captar mediante los escarceos con la radio a galena. Pronto se aburrió de perseguir la onda con el alambre y encargó a la capital una radio transoceánica provista de dos enormes baterías. Con ella podía captar algunos mensajes coherentes, en medio de un ensordecedor barullo de sonidos de ultramar. Así se enteró de la guerra de Europa y siguió los avances de las tropas en un mapa

 

que colgó en el pizarrón de la escuela y que iba marcando con alfileres. Los campesinos lo observaban estupefactos, sin comprender ni remotamente el propósito de clavar un alfiler en el color azul y al día siguiente correrlo al color verde. No podían imaginar el mundo del tamaño de un papel suspendido en el pizarrón, ni a los ejércitos reducidos a la cabeza de un alfiler. En realidad, la guerra, los inventos de la ciencia, el

 

 

 

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progreso de la industria, el precio del oro y las extravagancias de la moda, los tenían sin cuidado. Eran cuentos de hadas que en nada modificaban la estrechez de su

 

existencia. Para aquel impávido auditorio, las noticias de la radio eran lejanas y ajenas y el aparato se desprestigió rápidamente cuando fue evidente que no podía pronosticar el estado del tiempo. El único que demostraba interés por los mensajes venidos del

 

aire, era Pedro Segundo García. Esteban Trucha compartió con él muchas horas, primero junto a la radio a galena, y después con la de batería, esperando el milagro de una voz anónima y remota que los pusiera en contacto con la civilización. Esto, sin embargo, no consiguió acercarlos.

 

Trueba sabía que ese rudo campesino era más inteligente que los demás. Era el único que sabía leer y era capaz de mantener una conversación de más de tres frases. Era lo más parecido a un amigo que tenía en cien kilómetros a la redonda, pero su monumental orgullo le impedía reconocerle ninguna virtud, excepto aquellas propias de su condición de buen peón de campo. Tampoco era partidario de las familiaridades con

 

los subalternos. Por su parte, Pedro Segundo lo odiaba, aunque jamás había puesto nombre a ese sentimiento tormentoso que le abrasaba el alma y lo llenaba de confusión. Era una mezcla de miedo y de rencorosa admiración. Presentía que nunca se atrevería a hacerle frente, porque era el patrón. Tendría que soportar sus rabietas, sus órdenes desconsideradas y su prepotencia durante el resto de su vida. En los años

 

en que Las Tres Marías estuvo abandonada, él había asumido en forma natural el mando de la pequeña tribu que sobrevivió en esas tierras olvidadas. Se había acostumbrado a ser respetado, a mandar, a tomar decisiones y a no tener más que el cielo sobre su cabeza. La llegada del patrón le cambió la vida, pero no podía dejar de admitir que ahora vivían mejor, que no pasaban hambre y que estaban más protegidos

 

y seguros. Algunas veces Trueba creyó verle en los ojos un destello asesino, pero nunca pudo reprocharle una insolencia. Pedro Segundo obedecía sin chistar, trabajaba sin quejarse, era honesto y parecía leal. Si veía pasar a su hermana Pancha por el corredor de la casa patronal, con el vaivén pesado de la hembra satisfecha, agachaba la cabeza y callaba. Pancha García era joven y el patrón era fuerte. El resultado predecible de su alianza comenzó a notarse a los pocos meses. Las venas de las piernas de la muchacha aparecieron como lombrices en su piel morena, se hizo más lento su gesto y lejana su mirada, perdió interés en los retozos descarados de la cama de fierro forjado y

 

rápidamente se le engrosó la cintura y se le cayeron los senos con el peso de una nueva vida que crecía en su interior. Esteban tardó bastante en darse cuenta, porque casi nunca la miraba y, pasado el entusiasmo del primer momento, tampoco la acariciaba. Se limitaba a utilizarla como una medida higiénica que aliviaba la tensión del día y le brindaba una noche sin sueños. Pero llegó un momento en que la gravidez

 

de Pancha fue evidente incluso para él. Le tomó repulsión. Empezó a verla corno un enorme envase que contenía una sustancia informe y gelatinosa, que no podía reconocer como un hijo suyo. Pancha abandonó la casa del patrón y regresó al rancho de sus padres, donde no le hicieron preguntas. Siguió trabajando en la cocina patronal, amasando el pan y cosiendo a máquina, cada día más deformada por la maternidad. Dejó de servir la mesa a Esteban y evitó encontrarse con él, puesto que ya nada tenían que compartir. Una semana después que ella salió de su cama, él volvió a soñar con

 

Rosa y despertó con las sábanas húmedas. Miró por la ventana y vio a una niña delgada que estaba colgando en un alambre la ropa recién lavada. No parecía tener más de trece o catorce años, pero estaba completamente desarrollada. En ese momento se volvió y lo miró: tenía la mirada de una mujer. Pedro García vio al patrón salir silbando camino al establo y movió la cabeza inquieto.

 

 

 

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 En el transcurso de los diez años siguientes, Esteban Trueba se convirtió en el patrón más respetado de la región, construyó casas de ladrillo para sus trabajadores, consiguió un maestro para la escuela y subió el nivel de vida de todo el mundo en sus

 

tierras. Las Tres Marías era un buen negocio que no requería ayuda del filón de oro, sino, por el contrario, sirvió de garantía para prorrogar la concesión de la mina. El mal carácter de Trueba se convirtió en una leyenda y se acentuó hasta llegar a incomodarlo a él mismo. No aceptaba que nadie le replicara y no toleraba ninguna contradicción, consideraba que el menor desacuerdo era una provocación. También se acrecentó su

 

concupiscencia. No pasaba ninguna muchacha de la pubertad a la edad adulta sin que la hiciera probar el bosque, la orilla del río o la cama de fierro forjado. Cuando no quedaron mujeres disponibles en Las Tres Marías, se dedicó a perseguir a las de otras haciendas, violándolas en un abrir y cerrar de ojos, en cualquier lugar del campo, generalmente al atardecer. No se preocupaba de hacerlo a escondidas, porque no le

 

temía a nadie. En algunas ocasiones llegaron hasta Las Tres Marías un hermano, un padre, un marido o un patrón a pedirle cuentas, pero ante su violencia descontrolada, estas visitas de justicia o de venganza fueron cada vez menos frecuentes. La fama de su brutalidad se extendió por toda la zona y causaba envidiosa admiración entre los machos de su clase. Los campesinos escondían a las muchachas y apretaban los puños

 

inútilmente, pues no podían hacerle frente. Esteban Trueba era más fuerte y tenía impunidad. Dos veces aparecieron cadáveres de campesinos de otras haciendas acribillados a tiros de escopeta y a nadie le cupo duda que había que buscar al culpable en Las Tres Marías, pero los gendarmes rurales se limitaron a anotar el hecho en su libro de actas, con la trabajosa caligrafía de los semianalfabetos, agregando que

 

habían sido sorprendidos robando. La cosa no pasó de allí. Trueba siguió labrando su prestigio de rajadiablos, sembrando la región de bastardos, cosechando el odio y almacenando culpas que no le hacían mella, porque se le había curtido el alma y acallado la conciencia con el pretexto del progreso. En vano Pedro Segundo García y el viejo cura del hospital de las monjas trataron de sugerirle que no eran las casitas de ladrillo ni los litros de leche los que hacían a un buen patrón, o a un buen cristiano, sino dar a la gente un sueldo decente en vez de papelitos rosados, un horario de

 

trabajo que no les moliera los riñones y un poco de respeto y dignidad. Trueba no quería oír hablar de esas cosas que, según él, olían a comunismo. -Son ideas degeneradas -mascullaba-. Ideas bolcheviques para soliviantarme a los inquilinos. No se dan cuenta que esta pobre gente no tiene cultura ni educación, no pueden asumir responsabilidades, son niños. ¿Cómo van a saber lo que les conviene? Sin mí estarían perdidos, la prueba es que cuando doy vuelta la cara, se va todo al diablo y empiezan a hacer burradas. Son muy ignorantes. Mi gente está muy bien,

 

¿qué más quieren? No les falta nada. Si se quejan, es de puro mal agradecidos. Tienen casas de ladrillo, me preocupo de sonar los mocos y quitar los p arásitos a sus chiquillos, de llevarles vacunas y enseñarles a leer. ¿Hay otro fundo por aquí que tenga su propia escuela? ¡No! Siempre que puedo, les llevo al cura para que les diga unas misas, así es que no sé por qué viene el cura a hablarme de justicia. No tiene que meterse en lo que no sabe y no es de su incumbencia. ¡Quisiera verlo a cargo de esta propiedad! A ver si iba a andar con remilgos. Con estos pobres diablos hay que tener

 

mano dura, es el único lenguaje que entienden. Si uno se ablanda, no lo respetan. No niego que muchas veces he sido muy severo, pero siempre he sido justo. He tenido que enseñarles de todo, hasta a comer, porque si fuera por ellos, se alimentaban de puro pan. Si me descuido les dan la leche y los huevos a los chanchos. ¡No saben limpiarse el traste y quieren derecho a voto! Si no saben donde están parados, ¿cómo

 

van a saber de política? Son capaces de votar por los comunistas, como los mineros

 

 

 

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del Norte, que con sus huelgas perjudican a todo el país, justamente cuando el precio del mineral está en su punto máximo. Mandar a la tropa es lo que haría yo en el Norte, para que les corra bala, a ver si aprenden de una vez por todas. Por desgracia el garrote es lo único que funciona en estos países. No estamos en Europa. Aquí lo que se necesita es un gobierno fuerte, un patrón fuerte. Sería muy lindo que fuéramos todos

 

iguales, pero no lo somos. Eso salta a la vista. Aquí el único que sabe trabajar soy yo y los desafío a que me prueben lo contrario. Me levanto el primero y me acuesto el último en esta maldita tierra. Si fuera por mí, mandaba todo al carajo y me iba a vivir como un príncipe a la capital, pero tengo que estar aquí, porque si me ausento aunque sea por una semana, esto se viene al suelo y estos infelices empiezan a morirse de

 

hambre. Acuérdense cómo era cuando yo llegué hace nueve o diez años: una desolación. Era una ruina de piedras y buitres. Una tierra de nadie. Estaban todos los potreros abandonados. A nadie se le había ocurrido canalizar el agua. Se contentaban con plantar cuatro lechugas mugrientas en sus patios y dejaron que todo lo demás se hundiera en la miseria. Fue necesario que yo llegara para que aquí hubiera orden, ley,

 

trabajo. ¿Cómo no voy a estar orgulloso? He trabajado tan bien, que ya compré los dos fundos vecinos y esta propiedad es la más grande y la más rica de toda la zona, la envidia de todo el mundo, un ejemplo, un fundo modelo. Y ahora que la carretera pasa por el lado, se ha duplicado su valor, si quisiera venderlo podría irme a Europa a vivir de mis rentas, pero no me voy, me quedo aquí, machucándome. Lo hago por esta gente. Sin mí estarían perdidos. Si vamos al fondo de las cosas, no sirven ni para hacer los mandados, siempre lo he dicho: son como niños. No hay uno que pueda

 

hacer lo que tiene que hacer sin que tenga que estar yo detrás azuzándolo. ¡Y después me vienen con el cuento de que somos todos iguales! Para morirse de la risa, carajo… A su madre y hermana enviaba cajones con frutas, carnes saladas, jamones, huevos frescos, gallinas vivas y en escabeche, harina, arroz y granos por sacos, quesos del campo y todo el dinero que podían necesitar, porque eso no le faltaba. Las Tres Marías y la mina producían como era debido por primera vez desde que Dios puso aquello en el planeta, como le gustaba decir a quien quisiera oírlo. A doña Ester y a Férula daba lo que nunca ambicionaron, pero no tuvo tiempo, en todos esos años, para irlas a visitar, aunque fuera de paso en alguno de sus viajes al Norte. Estaba tan ocupado en el

 

campo, en las nuevas tierras que había comprado y en otros negocios a los que empezaba a echar el guante, que no podía perder su tiempo junto al lecho de una enferma. Además existía el correo que los mantenía en contacto y el tren que le permitía mandar todo lo que quisiera. No tenía necesidad de verlas. Todo se podía decir por carta. Todo menos lo que no quería que supieran, como la recua de

 

bastardos que iban naciendo como por arte de magia. Bastaba tumbar a una muchacha en el potrero y quedaba preñada inmediatamente, era cosa del demonio, tanta fertilidad era insólita, estaba seguro que la mitad de los críos no eran suyos. Por eso decidió que aparte del hijo de Pancha García, que se llamaba Esteban como él y que no había duda de que su madre era virgen cuando la poseyó, los demás podían ser

 

sus hijos y podían no serlo y siempre era mejor pensar que no lo eran. Cuando llegaba a su casa alguna mujer con un niño en los brazos para reclamar el ape llido o alguna ayuda, la ponía en el camino con un par de billetes en la mano y la amenaza de que si volvía a importunarlo, la sacaría a rebencazos, para que no le quedaran ganas de andar meneando el rabo al primer hombre que viera y después acusarlo a él. Así fue

 

como nunca se enteró del número exacto de sus hijos y en realidad el asunto no le interesaba. Pensaba que cuando quisiera tener hijos, buscaría una esposa de su clase, con bendición de la Iglesia, porque los únicos que contaban eran los que llevaban el apellido del padre, los otros era como si no existieran. Que no le fueran con la monstruosidad de que todos nacen con los mismos derechos y heredan igual, porque

 

 

 

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en ese caso se iba todo al carajo y la civ ilización regresaba a la Edad de Piedra. Se acordaba de Nívea, la madre de Rosa, quien después que su marido renunció a la política, aterrado por el aguardiente envenenado, inició su propia campaña política. Se encadenaba con otras damas en las rejas del Congreso y de la Corte Suprema, provocando un bochornoso espectáculo que ponía en ridículo a sus maridos. Sabía que

 

Nívea salía en la noche a pegar pancartas sufragistas en los muros de la ciudad y era capaz de pasear por el centro a plena luz del mediodía de un domingo, con una escoba en la mano y un birrete en la cabeza, pidiendo que las mujeres tuvieran los derechos de los hombres, que pudieran votar y entrar a la universidad, pidiendo también que todos los niños gozaran de la protección de la ley, aunque fueran bastardos. -¡Esa señora está mal de la cabeza! -decía Trueba-. Eso sería ir contra la naturaleza. Si las mujeres no saben sumar dos más dos, menos podrán tomar un bisturí. Su función es la maternidad, el hogar. Al paso que van, cualquier día van a querer ser diputados, jueces, ¡hasta Presidente de la República! Y mientras tanto están

 

produciendo una confusión y un desorden que puede terminar en un desastre. Andan publicando panfletos indecentes, hablan por la radio, se encadenan en lugares públicos y tiene que ir la policía con un herrero para que corte los candados y puedan llevárselas presas, que es como deben estar. Lástima que siempre hay un marido influyente, un juez de pocos bríos o un parlamentario con ideas revoltosas que las

 

pone en libertad… ¡Mano dura es lo que hace falta también en este caso! La guerra en Europa había terminado y los vagones llenos de muertos eran un clamor lejano, pero que aún no se apagaba. De allí estaban llegando las ideas subversivas traídas por los vientos incontrolables de la radio, el telégrafo y los buques

 

cargados de emigrantes que llegaban como un tropel atónito, escapando al hambre de su tierra, asolados por el rugido de las bombas y por los muertos pudriéndose en los surcos del arado. Era año de elecciones presidenciales y de preocuparse por el vuelco que estaban tomando los acontecimientos. El país despertaba. La oleada de descontento que agitaba al pueblo estaba golpeando la sólida estructura de aquella

 

sociedad oligárquica. En los campos hubo de todo: sequía, caracol, fiebre aftosa. En el Norte había cesantía y en la capital se sentía el efecto de la guerra lejana. Fue un año de miseria en el que lo único que faltó para rematar el desastre fue un terremoto. La clase alta, sin embargo, dueña del poder y de la riqueza, no se dio cuenta del peligro que amenazaba el frágil equilibrio de su posición. Los ricos se divertían bailando el charlestón y los nuevos ritmos del jazz, el fox-trot y unas cumbias de negros que eran una marav illosa indecencia. Se renovaron los viajes en barco a Europa, que se habían suspendido durante los cuatro años de guerra y se pusieron de moda otros a Norteamérica. Llegó la novedad del golf, que reunía a la mejor sociedad

 

para golpear una pelotita con un palo, tal como doscientos años antes hacían los indios en esos mismos lugares. Las damas se ponían collares de perlas falsas hasta las rodillas y sombreros de bacinilla hundidos hasta las cejas, se habían cortado el pelo como hombres y se pintaban como meretrices, habían suprimido el corsé y fumaban pierna arriba. Los caballeros andaban deslumbrados por el invento de los coches

 

norteamericanos, que llegaban al país por la mañana y se vendían el mismo día por la tarde, a pesar de que costaban una pequeña fortuna y no eran más que un estrépito de humo y tuercas sueltas corriendo a velocidad suicida por unos caminos que fueron hechos para los caballos y otras bestias naturales, pero en ningún caso para máquinas de fantasía. En las mesas de juego se jugaban las herencias y las riquezas fáciles de la

 

posguerra, destapaban el champán, y llegó la novedad de la cocaína para los más refinados y viciosos. La locura colectiva parecía no tener fin. Pero en el campo los nuevos automóviles eran una realidad tan lejana como los vestidos cortos y los que se libraron del caracol y la fiebre aftosa lo anotaron como un

 

 

 

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buen año. Esteban Trueba y otros terratenientes de la región se juntaban en el club del pueblo para planear la acción política antes de las elecciones. Los campesinos todavía vivían igual que en tiempos de la Colonia y no habían oído hablar de sindicatos, ni de domingos festivos, ni de un salario mínimo, pero ya comenzaban a infiltrarse en los fundos los delegados de los nuevos partidos de izquierda, que entraban disfrazados de

 

evangélicos, con una Biblia en un sobaco y sus panfletos marxistas en el otro, predicando simultáneamente la vida abstemia y la muerte por la revolución. Estos almuerzos de confabulación de los patrones terminaban en borracheras romanas o en peleas de gallos y al anochecer tomaban por asalto el Farolito Rojo, donde las prostitutas de doce años y Carmelo, el único marica del burdel y del pueblo, bailaban

 

al son de una vitrola antediluviana, bajo la mirada alerta de la Sofía, que ya no estaba para esos trotes, pero que todavía tenía energía para regentarlo con mano de hierro y para impedir que se metieran los gendarmes a fregar la paciencia y los patrones a propasarse con las muchachas, jodiendo sin pagar. Entre todas, Tránsito Soto era la que mejor bailaba y la que más resistía los embistes de los borrachos, era incansable y

 

nunca se quejaba de nada, como si tuviera la virtud tibetana de dejar su mísero esqueleto de adolescente en manos del cliente y trasladar su alma a una región lejana. A Esteban Trueba le gustaba, porque no tenía remilgos para las innovaciones y las brutalidades del amor, sabía cantar con voz de pájaro ronco, y porque una vez le dijo que ella iba a llegar muy lejos y eso le hizo gracia. -No me voy a quedar en el Farolito Rojo toda la vida, patrón. Me voy a ir a la capital, porque quiero ser rica y famosa -dijo. Esteban iba al lupanar porque era el único lugar de diversión del pueblo, pero no era hombre de prostitutas. No le gustaba pagar por lo que podía obtener por otros medios. A Tránsito Soto, sin embargo, la apreciaba. La joven lo hacía reír. Un día, después de hacer el amor, se sintió generoso, lo que no le ocurría casi nunca, y preguntó a Tránsito Soto si le gustaría que le hiciera un regalo. -¡Préstame cincuenta pesos, patrón! -pidió ella al punto. -Es mucha plata. ¿Para qué la quieres? -Para un pasaje en tren, un vestido rojo, unos zapatos con tacón, un frasco de perfume y para hacerme la permanente. Es todo lo que necesito para empezar. Se los voy a devolver algún día, patrón. Con intereses. Esteban le dio los cincuenta pesos porque ese día había vendido cinco novillos y andaba con los bolsillos repletos de billetes, y también porque la fatiga del placer satisfecho lo ponía algo sentimental. -Lo único que siento es que no te voy a volver a ver, Tránsito. Me había acostumbrado a ti. -Sí nos vamos a ver, patrón. La vida es larga y tiene muchas vueltas. Esas comilonas en el club, las riñas de gallos y las tardes en el burdel, culminaron en un plan inteligente, aunque no del todo original, para hacer votar a los campesinos. Les dieron una fiesta con empanadas y mucho vino, se sacrificaron algunas reses para

 

asarlas, les tocaron canciones en la guitarra, les endilgaron algunas arengas patrióticas y les prometieron que si salía el candidato conservador tendrían una bonificación, pero si salía cualquier otro, se quedaban sin trabajo. Además, controlaron las urnas y sobornaron a la policía. A los campesinos, después de la fiesta, los echaron dentro de unas carretas y los llevaron a votar, bien vigilados, entre bromas y risas, la única

 

oportunidad en que tenían familiaridades con ellos, compadre para acá, compadre para allá, cuente conmigo, que yo no le fallo, patroncito, así me gusta, hombre, que tengas

 

 

 

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conciencia patriótica, mira que los liberales y los radicales son todos unos pendejos y los comunistas son unos ateos, hijos de puta, que se comen a los niños. El día de la elección todo ocurrió como estaba previsto, en perfecto orden. Las Fuerzas Armadas garantizaron el proceso democrático, todo en paz, un día de

 

primavera más alegre y asoleado que otros. -Un ejemplo para este continente de indios y de negros, que se lo pasan en revoluciones para tumbar a un dictador y poner a otro. Éste es un país diferente, una verdadera república, tenemos orgullo cívico, aquí el Partido Conservador gana

 

limpiamente y no se necesita a un general para que haya orden y tranqu ilidad, no es como esas dictaduras regionales donde se matan unos a otros, mientras los gringos se llevan todas las materias primas -expresó Trueba en el comedor del club, brindando con una copa en la mano, en el momento en que se enteró de los resultados de la votación. Tres días después, cuando se había vuelto a la rutina, llegó la carta de Férula a Las Tres Marías. Esteban Trueba había soñado esa noche con Rosa. Hacía mucho tiempo

 

que eso no le ocurría. En el sueño la vio con su pelo de sauce suelto en la espalda, como un manto vegetal que la cubría hasta la cintura, tenía la piel dura y helada, del color y textura del alabastro. Iba desnuda y llevaba un bulto en los brazos, caminaba como se camina en los sueños, aureolada por el verde resplandor que flotaba alrededor de su cuerpo. La vio acercarse lentamente y cuando quiso tocarla, ella lanzó el bulto al suelo, estrellándolo a sus pies. Él se agachó, lo recogió, y vio a una niña sin ojos que lo llamaba papá. Se despertó angustiado y anduvo de mal humor toda la

 

mañana. A causa del sueño, se sintió inquieto, mucho antes de recibir la carta de Férula. Entró a tomar su desayuno en la cocina, como todos los días, y vio una gallina que andaba picoteando las migas en el suelo. Le mandó un puntapié que le abrió la barriga, dejándola agónica en un charco de tripas y plumas, aleteando en medio de la cocina. Eso no lo calmó, por el contrario, aumentó su rabia y sintió que comenzaba a

 

ahogarse. Se montó en el caballo y se fue al galope a vigilar el ganado que estaban marcando. En eso llegó a la casa Pedro Segundo García, que había ido a la estación San Lucas a dejar una encomienda y había pasado por el pueblo a recoger el correo. Traía la carta de Férula. El sobre aguardó toda la mañana sobre la mesa de la entrada. Cuando Esteban Trueba llegó, pasó directamente a bañarse, porque iba cubierto de sudor y de polvo, impregnado del olor inconfundible de las bestias aterrorizadas. Después se sentó en su escritorio a sacar cuentas y ordenó que le sirvieran la comida en una bandeja. No vio la carta de su hermana hasta la noche, cuando recorrió la casa como hacía siempre

 

antes de acostarse, para ver que los faroles estuvieran apagados y las puertas cerradas. La carta de Férula era igual a todas las que había recibido de ella, pero al tenerla en la mano, supo, aun antes de abrirla, que su contenido le cambiaría la vida. Tuvo la misma sensación que cuando sostenía el telegrama de su hermana que le anunció la muerte de Rosa, años atrás. La abrió, sintiendo que le latían las sienes a causa del presentimiento. La carta decía brevemente que doña Ester Trucha se estaba muriendo y que, después de tantos años de cuidarla y servirla como una esclava, Férula tenía que aguantar que su madre ni siquiera la reconociera, sino que clamaba día y noche por su hijo Esteban, porque no

 

quería morirse sin verlo. Esteban nunca había querido realmente a su madre, ni se sentía cómodo en su presencia, pero la noticia lo dejó tembloroso. Comprendió que ya no le servirían los pretextos siempre novedosos que inventaba para no visitarla, y que había llegado el momento de hacer el camino de vuelta a la capital y enfrentar por última vez a esa mujer que estaba presente en sus pesadillas, con su rancio olor a

 

 

 

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medicamentos, sus quejidos tenues, sus interminables oraciones, esa mujer sufriente que había poblado de prohibiciones y terrores su infancia y cargado de responsabilidades y culpas su vida de hombre. Llamó a Pedro Segundo García y le explicó la situación. Lo llevó al escritorio y le mostró el libro de contabilidad y las cuentas de la pulpería. Le entregó un manojo con todas las llaves, menos la de la bodega de los vinos, y le anunció que a partir de ese momento y hasta su regreso, él era responsable de todo lo que había en Las Tres Marías y que cualquier estupidez que cometiera la pagaría muy cara. Pedro Segundo García recibió las llaves, se metió el libro de cuentas debajo del brazo y sonrió sin

 

alegría. -Uno hace lo que puede, no más, patrón -dijo encogiéndose de hombros.

 

Al día siguiente Esteban Trueba rehizo por primera vez en años el camino que lo había llevado de la casa de su madre al campo. Se fue en una carreta con sus dos maletas de, cuero hasta la estación San Lucas, ton ió el coche de primera clase de los tiempos de la compañía inglesa de fi:rrocarriles y volvió a recorrer los vastos campos

 

tendidos al pie de la cordillera. Cerró los ojos e intentó dormir, pero la imagen de su madre le espantó el sueño.

 

 

 

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Clara, clarividente

 

Capítulo III

 

Clara tenía diez años cuando decidió que no valía la pena hablar y se encerró en el mutismo. Su vida cambió notablemente. El médico de la familia, el gordo y afable doctor Cuevas, intentó curarle el silencio con píldoras de su invención, con vitaminas en jarabe y tocaciones de miel de bórax en la garganta, pero sin ningún resultado aparente. Se dio cuenta de que sus medicamentos eran ineficaces y que su presencia

 

ponía a la niña en estado de terror. Al verlo, Clara comenzaba a ch illar y se refugiaba en el rincón más lejano, encogida como un animal acosado, de modo que abandonó sus curaciones y recomendó a Severo y Nívea que la llevaran donde un rumano de apellido Rostipov, que estaba causando sensación esa temporada. Rostipov se ganaba la vida haciendo trucos de ilusionista en los teatros de variedades y había realizado la increíble hazaña de tensar un alambre desde la punta de la catedral hasta la cúpula de la Hermandad Gallega, al otro lado de la plaza para cruzar caminando por el aire con

 

una pértiga como único sostén. A pesar de su lado frívolo, Rostipov estaba provocando una batahola en los círculos científicos, porque en sus horas libres mejoraba la histeria con varillas magnéticas y trances hipnóticos. Nívea y Severo llevaron a Cl ara al consultorio que el rumano había improvisado en su hotel. Rostipov la examinó cuidadosamente y por último declaró que el caso no era de su incumbencia, puesto

 

que la pequeña no hablaba porque no le daba la gana, y no porque no pudiera. De todos modos, ante la insistencia de los padres, fabricó unas píldoras de azúcar pintadas de color violeta y las recetó advirtiendo que eran un remedio siberiano para curar sordomudos. Pero la sugestión no funcionó en este caso y el segundo frasco fue devorado por

 

Barrabás en un descuido sin que ello provocara en la bestia ninguna reacción apreciable. Severo y Nívea intentaron hacerla hablar con métodos caseros, con amenazas y súplicas y hasta dejándola sin comer, a ver si el hambre la obligaba a abrir la boca para pedir su cena, pero tampoco eso resultó. La Nana tenía la idea de que un buen susto podía conseguir que la niña hablara y se pasó nueve años inventando recursos desesperados para aterrorizar a Clara, con lo

 

cual sólo consiguió inmunizarla contra la sorpresa y el espanto. Al poco tiempo Clara no tenía miedo de nada, no la conmovían las apariciones de monstruos lívidos y desnutridos en su habitación, ni los golpes de los vampiros y demonios en su ventana. La Nana se disfrazaba de filibustero sin cabeza, de verdugo de la Torre de Londres, de perro lobo y de diablo cornudo, según la inspiración del momento y las ideas que

 

sacaba de unos folletos terroríficos que compraba para ese fin y aunque no era capaz de leerlos, copiaba las ilustraciones. Adquirió la costumbre de deslizarse sigilosamente por los corredores para asaltar a la niña en la oscuridad, de aullar detrás de las puertas y esconder bichos vivos en la cama, pero nada de eso logró sacarle ni una palabra. A veces Clara perdía la paciencia, se tiraba al suelo, pataleaba y gritaba, pero

 

sin articular ningún sonido en idioma conocido, o bien anotaba en la pizarrita que siempre llevaba consigo los peores insultos para la pobre mujer, que se iba a la cocina a llorar la incomprensión, -¡Lo hago por tu bien, angelito! -sollozaba la Nana envuelta en una sábana ensangrentada y con la cara tiznada con corcho quemado.

 

 

 

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Nívea le prohibió que siguiera asustando a su hija. Se dio cuenta que el estado de turbación aumentaba sus poderes mentales y producía desorden entre los aparecidos que rondaban a la niña. Además, aquel desfile de personajes truculentos estaba destrozando el sistema nervioso a

 

Barrabás, que nunca tuvo buen olfato y era incapaz de reconocer a la Nana debajo de sus disfraces. El perro comenzó a orinarse sentado, dejando a su alrededor un inmenso charco y con frecuencia le crujían los dientes. Pero la Nana aprovechaba cualquier descuido de la madre para persistir en sus intentos de curar la mudez con el mismo remedio con que se quita el hipo. Retiraron a Clara del colegio de monjas donde se habían educado todas las hermanas Del Valle y le pusieron profesores en la casa. Severo hizo traer de Inglaterra a una institutriz, miss Agatha, alta, toda ella de color ámbar y con grandes manos de albañil, pero no resistió el cambio de clima, la comida picante y el vuelo autónomo del salero desplazándose sobre la mesa del comedor, y tuvo que regresar a Liverpool. La siguiente fue una suiza que no tuvo mejor suerte y la francesa, que llegó gracias a los

 

contactos del embajador de ese país con la familia, resultó ser tan rosada, redonda y dulce, que quedó encinta a los pocos meses y, al hacer las averiguaciones del caso, se supo que el padre era Luis, hermano mayor de Clara. Severo los casó sin preguntarles su opinión y, contra todos los pronósticos de Nívea y sus amigas, fueron muy felices. En vista de estas experiencias, Nívea convenció a su marido de que aprender idiomas

 

extranjeros no era importante para una criatura con hab ilidades telepáticas y que era mucho mejor insistir con las clases de piano y enseñarle a bordar. La pequeña Clara leía mucho. Su interés por la lectura era indiscriminado y le daban lo mismo los libros mágicos de los baúles encantados de su tío Marcos, que los

 

documentos del Partido Liberal que su padre guardaba en su estudio. Llenaba incontables cuadernos con sus anotaciones privadas, donde fueron quedando registrados los acontecimientos de ese tiempo, que gracias a eso no se perdieron borrados por la neblina del olvido, y ahora yo puedo usarlos para rescatar su memoria. Clara clarividente conocía el significado de los sueños. Esta hab ilidad era natural en ella y no requería los engorrosos estudios cabalísticos que usaba el tío Marcos con más esfuerzo y menos acierto. El primero en darse cuenta de eso fue Honorio, el jardinero de la casa, que soñó un día con culebras que andaban entre sus pies y que, para quitárselas de encima, les daba de patadas hasta que conseguía aplastar a diecinueve.

 

Se lo contó a la niña mientras podaba las rosas, sólo para entretenerla, porque la quería mucho y le daba lástima que fuera muda. Clara sacó la pizarrita del bols illo de su delantal y escribió la interpretación del sueño de Honorio: tendrás mucho dinero, te durará poco, lo ganarás sin esfuerzo, juega al diecinueve. Honorio no sabía leer, pero Nívea le leyó el mensaje entre burlas y risas. El jardinero hizo lo que le decían y se

 

ganó ochenta pesos en una timba clandestina que había detrás de una bodega de carbón. Se los gastó en un traje nuevo, una borrachera memorable con todos sus amigos y una muñeca de loza para Clara. A partir de entonces la niña tuvo mucho trabajo descifrando sueños a escondidas de su madre, porque cuando se supo la historia de Honorio iban a preguntarle qué quería decir volar sobre una torre con alas

 

de cisne; ir en una barca a la deriva y que cante una sirena con voz de viuda; que nazcan dos gemelos pegados por la espalda, cada uno con una espada en la mano, y Clara anotaba sin vacilar en la pizarrita que la torre es la muerte y el que vuela por encima se salvará de morir en un accidente, el que naufraga y escucha a la sirena perderá su trabajo y pasará penurias, pero lo ayudará una mujer con la que hará un

 

negocio; los gemelos son marido y mujer forzados en un mismo destino, hiriéndose mutuamente con golpes de espada.

 

 

 

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Los sueños no eran lo único que Clara adivinaba. También veía el futuro y conocía la intención de la gente, virtudes que mantuvo a lo largo de su vida y acrecentó con el tiempo. Anunció la muerte de su padrino, don Salomón Valdés, que era corredor de la Bolsa de Comercio y que creyendo haberlo perdido todo, se colgó de la lámpara en su elegante oficina. Allí lo encont raron, por insistencia de Clara, con el aspecto de un carnero mustio, tal como ella lo describió en la pizarra. Predijo la hernia de su padre, todos los temblores de tierra y otras alteraciones de la naturaleza, la única vez que cayó nieve en la capital matando de frío a los pobres en las poblaciones y a los rosales en. los jardines de los ricos, y la identidad del asesino de las colegialas, mucho antes que la policía descubriera el segundo cadáver, pero nadie la creyó y Severo no quiso

 

que su hija opinara sobre cosas de criminales que no tenían parentesco con la fam ilia. Clara se dio cuenta a la primera mirada que Getulio Armando iba a estafar a su padre con el negocio de las ovejas australianas, porque se lo leyó en el color del aura. Se lo escribió a su padre, pero éste no le hizo caso y cuando vino a acordarse de las predicciones de su hija menor, había perdido la mitad de su fortuna y su socio andaba

 

por el Caribe, convertido en hombre rico, con un serrallo de negras culonas y un barco propio para tomar el sol. La habilidad de Cl ara para mover objetos sin tocarlos no se pasó con la menstruación, como vaticinaba la Nana, sino que se fue acentuando hasta tener tanta

 

práctica, que podía mover las teclas del piano con la tapa cerrada, aunque nunca pudo desplazar el instrumento por la sala, como era su deseo. En esas extravagancias ocupaba la mayor parte de su energía y de su tiempo. Desarrolló la capacidad de adivinar un asombroso porcentaje de las cartas de la baraja e inventó juegos de irrealidad para divertir a sus hermanos. Su padre le prohibió escrutar el futuro en los

 

naipes e invocar fantasmas y espíritus traviesos que molestaban al resto de la familia y aterrorizaban a la servidumbre, pero Nívea comprendió que mientras más limitaciones y sustos tenía que soportar su hija menor, más lunática se ponía, de modo que decidió dejarla en paz con sus trucos de espiritista, sus juegos de pitonisa y su silencio de caverna, tratando de amarla sin condiciones y aceptarla tal cual era. Clara creció como una planta salvaje, a pesar de las recomendaciones del doctor Cuevas, que había traído de Europa la novedad de los baños de agua fría y los golpes de electricidad para

 

curar a los locos.

 

Barrabás acompañaba a la niña de día y de noche, excepto en los períodos normales de su actividad sexual. Estaba siempre rondándola como una gigantesca sombra tan silenciosa como la misma niña, se echaba a sus pies cuando ella se sentaba y en la noche dormía a su lado con resoplidos de locomotora. Llegó a compenetrarse tan bien con su ama, que cuando ésta salía a caminar sonámbula por la casa, el perro la seguía en la misma actitud. Las noches de luna llena era común verlos

 

paseando por los corredores, como dos fantasmas flotando en la pálida luz. A medida que el perro fue creciendo, se hicieron evidentes sus distracciones. Nunca comprendió la naturaleza translúcida del cristal y en sus momentos de emoción solía embestir las ventanas al trote, con la inocente intención de atrapar alguna mosca. Caía al otro lado en un estrépito de vidrios rotos, sorprendido y triste. En aquellos tiempos los cristales

 

venían de Francia por barco y la manía del animal de lanzarse contra ellos llegó a ser un problema, hasta que Clara ideó el recurso extremo de pintar gatos en los vidrios. Al convertirse en adulto,

 

Barrabás dejó de fornicar con las patas del piano, como lo hacía en su infancia, y su instinto reproductor se ponía de manifiesto sólo cuando olía alguna perra en celo en la proximidad. En esas ocasiones no había cadena ti¡ puerta que

 

pudiera retenerlo, se lanzaba a la calle venciendo todos los obstáculos que se le ponían por delante y se perdía por dos o tres días. Volvía siempre con la pobre perra colgando atrás suspendida en el aire, atravesada por su enorme masculinidad. Había que

 

 

 

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esconder a los niños para que no vieran el horrendo espectáculo del jardinero mojándolos con agua fría hasta que, después de mucha agua, patadas y otras ignominias, Barrabás se desprendía de su enamorada, dejándola agónica en el patio de la casa, donde Severo tenía que rematarla con un tiro de misericordia. La adolescencia de Clara transcurrió suavemente en la gran casa de tres patios de sus padres, mimada por sus hermanos mayores, por Severo que la prefería entre todos sus hijos, por Nívea y por la Nana, que alternaba sus siniestras excursiones disfrazada de cuco, con los más tiernos cuidados. Casi todos sus hermanos se habían casado o partido, unos de viaje, otros a trabajar a provincia, y la gran casa, que había

 

albergado a una familia numerosa, estaba casi vacía, con muchos cuartos ce rrados. La niña ocupaba el tiempo que le dejaban sus preceptores en leer, mover sin tocar los objetos más diversos, corretear a

 

Barrabás, practicar juegos de adivinación y aprender a tejer que, de todas las artes domésticas, fue la única que pudo dominar. Desde aquel Jueves Santo en que el padre Restrepo la acusó de endemoniada, hubo

 

una sombra sobre su cabeza que el amor de sus padres y la discreción de sus hermanos consiguió controlar, pero la fama de sus extrañas habilidades circuló en voz baja en las tertulias de señoras. Nívea se dio cuenta que a su hija nadie la invitaba y hasta sus propios primos la eludían. Procuró compensar la falta de amigos con su dedicación total, con tanto éxito, que Clara creció alegremente y en los años

 

posteriores recordaría su infancia como un período luminoso de su existencia, a pesar de su soledad y de su mudez. Toda su vida guardaría en la memoria las tardes compartidas con su madre en la salita de costura, donde Nívea cosía a máquina ropa para los pobres y le contaba cuentos y anécdotas fam iliares. Le mostraba los daguerrotipos de la pared y le narraba el pasado. -¿Ve este señor tan serio, con barba de bucanero? Es el tío Mateo, que se fue al Brasil por un negocio de esmeraldas, pero una mulata de fuego le hizo mal de ojo. Se le cayó el pelo, se le desprendieron las uñas, se le soltaron los dientes. Tuvo que ir a ver a un hechicero, un brujo vudú, un negro retinto, que le dio un amuleto y se le

 

afirmaron los dientes, le salieron uñas nuevas y recuperó el pelo. Mírelo, hijita, tiene más pelo que un indio: es el único calvo en el mundo que volvió a echar pelo. Clara sonreía sin decir nada y Nívea seguía hablando porque se había acostumbrado al silencio de su hija. Por otra parte, tenía la esperanza que de tanto meterle ideas en

 

la cabeza, tarde o temprano haría una pregunta y recuperaría el habla. -Y éste decía- es el tío Juan. Yo lo quería mucho. Una vez se tiró un pedo y fue su condena a muerte, una gran desgracia. Sucedió en un almuerzo campestre. Estábamos todas las primas un fragante día de primavera, con nuestros vestidos de muselina y nuestros sombreros con flores y cintas, y los muchachos lucían su mejor ropa dominguera. Juan se quitó su chaqueta blanca, ¡parece que lo estoy viendo! Se arremangó la camisa y se colgó airoso de la rama de un árbol para provocar, con sus proezas de trapecista, la admiración de Constanza Andrade, que fue Reina de la Vendimia, y que desde la primera vez que la vio, perdió la tranquilidad, devorado por

 

el amor. Juan hizo dos flexiones impecables, una vuelta completa y al siguiente movimiento lanzó una sonora ventosidad. ¡No se ría, Clarita! Fue terrible. Se produjo un silencio confundido y la Reina de la Vendimia empezó a reír descontroladamente. Juan se puso su chaqueta, estaba muy pálido, se alejó del grupo sin prisa y no lo volvimos a ver más. Lo buscaron hasta en la Legión Extranjera, preguntaron por él en

 

todos los consulados, pero nunca más se supo de su existencia. Yo creo que se metió a misionero y se fue a cuidar leprosos ala Isla de Pascua, que es lo más lejos que se puede llegar para olvidar y para que lo olviden, porque queda fuera de las rutas de

 

 

 

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navegación y ni siquiera figura en los mapas de los holandeses. Desde entonces la gente lo recuerda como Juan del Pedo. Nívea llevaba a su hija a la ventana y le mostraba el tronco seco del álamo. -Era un árbol enorme -decía-. Lo hice cortar antes que naciera mi hijo mayor. Dicen que era tan alto, que desde la punta se podía ver toda la ciudad, pero el único que llegó tan arriba, no tenía ojos para verla. Cada hombre de la fam ilia Del Valle, cuando quiso ponerse pantalones largos, tuvo que treparlo para probar su valor. Era algo así como un rito de iniciación. El árbol estaba lleno de marcas. Yo misma pude

 

comprobarlo cuando lo cortaron. Desde las primeras ramas intermedias, gruesas como chimeneas, ya se podían ver la marcas dejadas por los abuelos que hicieron su ascenso en su época. Por las iniciales grabadas en el tronco se sabía de los que habían subido más alto, de los más valientes, y también de los que se habían detenido, asustados. Un día le tocó a jerónimo, el primo ciego. Subió tanteando las ramas sin

 

vacilar, porque no veía la altura y no presentía el vacío. Llegó a la cima, pero no pudo terminar la jota de su inicial, porque se desprendió como una gárgola y se fue de cabeza al suelo, a los pies de su padre y sus hermanos. Tenía quince años. Llevaron el cuerpo envuelto en una sábana a su madre, la pobre mujer los escupió a todos en la cara, les gritó insultos de marinero y maldijo a la raza de hombres que había incitado a

 

su hijo a subir al árbol, hasta que se la llevaron las monjas de la Caridad envuelta en una camisa de fuerza. Yo sabía que algún día mis hijos tendrían que continuar esa bárbara tradición. Por eso lo hice cortar. No quería que Luis y los otros niños crecieran con la sombra de ese patíbulo en la ventana. A veces Clara acompañaba a su madre y a dos o tres de sus amigas sufragistas a visitar fábricas, donde se subían en unos cajones para arengar a las obreras, mientras desde una prudente distancia, los capataces y los patrones las observaban burlones y agresivos. A pesar de su corta edad y su completa ignorancia de las cosas del mundo, Clara podía percibir el absurdo de la situación y describía en sus cuadernos el contraste

 

entre su madre y sus amigas, con abrigos de piel y botas de gamuza, hablando de opresión, de igualdad y de derechos, a un grupo triste y resignado de trabajadoras, con sus toscos delantales de dril y las manos rojas por los sabañones. De la fábrica, las sufragistas se iban a la confitería de la Plaza de Armas a tomar té con pastelitos y comentar los progresos de la campaña, sin que esta distracción frívola las apartara ni

 

un ápice de sus inflamados ideales. Otras veces su madre la llevaba a las poblaciones marginales y a los conventillos, donde llegaban con el coche cargado de alimentos y ropa que Nívea y sus amigas cosían para los pobres. También en esas ocasiones, la niña escribía con asombrosa intuición que las obras de caridad no podían mitigar la monumental injusticia. La relación con su madre era alegre e íntima, y Nívea, a pesar

 

de haber tenido quince hijos, la trataba como si fuera la única, estableciendo un vínculo tan fuerte, que se prolongó en las generaciones posteriores como una tradición familiar. La Nana se había convertido en una mujer sin edad, que conservaba intacta la fortaleza de su juventud y podía andar a brincos por los rincones asustando la mudez, igual como podía pasar el día revolviendo con un palo la marmita de cobre, en un fuego de infierno al centro del tercer patio, donde gorgoriteaba el dulce de membrillo, un líquido espeso de color del topacio, que al enfriarse se convertía en moldes de todos tamaños que Nívea repartía entre sus pobres. Acostumbrada a vivir rodeada de niños,

 

cuando los demás crecieron y se fueron, la Nana volcó en Clara todas sus ternuras. Aunque la niña ya no tenía edad para eso, la bañaba como si fuera un crío, remojándola en la bañera esmaltada con agua perfumada de albahaca y jazmín, la frotaba con una esponja, la enjabonaba meticulosamente sin olvidar ningún resquicio de las orejas a los pies, la friccionaba con agua de colonia, la empolvaba con un hisopo

 

 

 

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de plumas de cisne y le cepillaba el pelo con infinita paciencia, hasta dejárselo brillante y dócil como una planta de mar. La vestía, le abría la cama, le llevaba el desayuno en bandeja, la obligaba a tomar infusión de tilo para los nervios, de manzan illa para el estómago, de limón para la transparencia de la piel, de ruda para la mala b ilis y de menta para la frescura del aliento, hasta que la niña se convirtió en un ser angélico y

 

hermoso que deambulaba por los patios y los corredores envuelta en un aroma de flores, un rumor de enaguas almidonadas y un halo de rizos y cintas. Clara pasó la infancia y entró en la juventud dentro de las paredes de su casa, en un mundo de historias asombrosas, de silencios tranquilos, donde el tiempo no se

 

marcaba con relojes ni calendarios y donde los objetos tenían vida propia, los aparecidos se sentaban en la mesa y hablaban con los humanos, el pasado y el futuro eran parte de la misma cosa y la realidad del presente era un caleidoscopio de espejos desordenados donde todo podía ocurrir. Es una delicia, para mi, leer los cuadernos de esa época, donde se describe un mundo mágico que se acabó. Clara habitaba un

 

universo inventado para ella, protegida de las inclemencias de la vida, donde se confundían la verdad prosaica de las cosas materiales con la verdad tumultosa de los sueños, donde no siempre funcionaban las leyes de la física o la lógica. Clara vivió ese período ocupada en sus fantasías, acompañada por los espíritus del aire, del agua y de la tierra, tan feliz, que no sintió la necesidad de hablar en nueve años. Todos habían

 

perdido la esperanza de volver a oírle la voz, cuando el día de su cumpleaños, después que sopló las diecinueve velas de su pastel de chocolate, estrenó una voz que había estado guardada durante todo aquel tiempo y que tenía resonancia de instrumento desafinado. -Pronto me voy a casar -dijo. -¿Con quién? -preguntó Severo.

 

-Con el novio de Rosa -respondió ella.

 

Y entonces se dieron cuenta que había hablado por primera vez en todos esos años y el prodigio removió la casa en sus cimientos y provocó el llanto de toda la familia. Se

 

llamaron unos a otros, se desparramó la noticia por la ciudad, consultaron al doctor Cuevas, que no podía creerlo, y en el alboroto de que Clara había hablado, a todos se les olvidó lo que dijo y no se acordaron hasta dos meses más tarde, cuando apareció Esteban Trueba, a quien no habían visto desde el entierro de Rosa, a pedir la mano de Clara.

 

Esteban Trueba se bajó en la estación y cargó él mismo sus dos maletas. La cúpula de fierro que habían construido los ingleses imitando la Estación Victoria, en los

 

tiempos en que tenían la concesión de los ferrocarriles nacionales, no había cambiado nada desde la última vez que estuvo allí años antes, los mismos cristales sucios, los niños lustrabotas, las vendedoras de pan de huevo y dulces criollos y los cargadores con sus gorras oscuras con la insignia de la corona británica, que a nadie se le había ocurrido sustituir por otra con los colores de la bandera. Tomó un coche y le dio la

 

dirección de la casa de su madre. La ciudad le pareció desconocida, había un desorden de modernismo, un prodigio de mujeres mostrando las pantorrillas, de hombres con chaleco y pantalones con pliegues, un estropicio de obreros haciendo hoyos en el pavimento, quitando árboles para poner postes, quitando postes para poner edificios, quitando edificios para plantar árboles, un estorbo de pregoneros ambulantes gritando

 

las maravillas del afilador de cuchillos, del maní tostado, del muñequito que baila solo, sin alambre, sin hilos, compruébelo usted mismo, pásele la mano, un viento de basurales, de fritangas, de fábricas, de automóviles tropezando con los coches y los tranvías de tracción a sangre, como llamaban a los caballos viejos que tiraban la

 

 

 

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movilización colectiva, un resuello de muchedumbre, un rumor de c arreras, de ir y venir con prisa, de impaciencia y horario fijo. Esteban se sintió oprimido. Odiaba esa ciudad mucho más de lo que recordaba, evocó las alamedas del campo, el tiempo medido por las lluvias, la vasta soledad de sus potreros, la fresca quietud del río y de su casa silenciosa. -Ésta es una ciudad de mierda -concluyó.

 

El coche lo llevó al trote a la casa donde se había criado. Se estremeció al ver cómo se había deteriorado el barrio en esos años, desde que los ricos quisieron vivir más

 

arriba que los demás y la ciudad creció hacia los faldeos de la cord illera. De la plaza donde jugaba de niño, no quedaba nada, era un sitio baldío lleno de carretas del mercado estacionadas entre la basura donde escarbaban los perros vagos. Su casa estaba devastada. Vio todos los signos del paso del tiempo. En la puerta vidriada, con motivos de pájaros exóticos en el cristal tallado, pasada de moda y desvencijada,

 

había un llamador de bronce con la forma de una mano femenina sujetando una bola. Tocó y tuvo que esperar un tiempo que le pareció interminable hasta que la puerta se abrió con el tirón de una cuerda que iba del picaporte hasta la parte superior de la escalera. Su madre habitaba el segundo piso y alquilaba la planta baja a una fábrica de botones. Esteban comenzó a subir los peldaños crujientes que no habían sido

 

encerados en mucho tiempo. Una viejísima sirvienta, cuya existencia había olvidado por completo, lo esperaba arriba y lo recibió con lacrimosas muestras de afecto, igual como lo recibía a los quince años, cuando volvía de la Notaría donde se ganaba la vida copiando traspasos de propiedades y poderes de desconocidos. Nada había cambiado, ni siquiera la ubicación de los muebles, pero todo le pareció diferente a Esteban, el

 

corredor con los pisos de madera gastada, algunos vidrios rotos, mal remendados con pedazos de cartón, unos helechos polvorientos languideciendo en tarros oxidados y maceteros de loza descascarada, una fetidez de comida y de orines que encogía el estómago: «¡Qué pobreza!», pensó Esteban sin explicarse a dónde iba a parar todo el dinero que le enviaba a su hermana para vivir con decencia. Férula salió a recibirlo con una triste mueca de bienvenida. Había cambiado mucho, ya no era la mujer opulenta que había dejado años atrás, había adelgazado y la nariz parecía enorme en su rostro anguloso, tenía un aire de melancolía y ofuscación, olor intenso a lavanda y ropa anticuada. Se abrazaron en silencio. -¿Cómo está mamá? -preguntó Esteban. -Ven a verla, te espera -dijo ella. Pasaron por un corredor de cuartos comunicados entre sí, todos iguales, oscuros, de paredes mortuorias, techos altos y ventanas estrechas, con papeles murales de flores desteñidas y doncellas lánguidas, manchados por el hollín de los braseros y por la

 

pátina del tiempo y la pobreza. Desde muy lejos llegaba la voz de un locutor de radio anunciando las pildoritas del doctor Ross, chiquitas pero cumplidoras, que combaten el estreñimiento, el insomnio y el mal aliento. Se detuvieron ante la puerta cerrada del dormitorio de doña Ester Trueba. Aquí está -dijo Férula. Esteban abrió la puerta y necesitó algunos segundos para ver en la oscuridad. El olor a medicamentos y podredumbre le golpeó la cara, un olor dulzón de sudor, humedad, encierro y algo que al principio no identificó, pero que pronto se le adhirió

 

como una peste: el olor de la carne en descomposición. La luz entraba en un hilo por la ventana entreabierta, vio la cama ancha donde murió su padre y donde durmió su madre desde el día de su boda, de negra madera tallada, con un dosel de ángeles en altorrelieve y unas piltrafas de brocado rojo marchitas por el uso. Su madre estaba

 

 

 

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semisentada. Era un bloque de carne compacta, una monstruosa pirámide de grasa y trapos, terminada en una pequeña cabecita calva con los ojos dulces, sorprendentemente vivos, azules e inocentes. La artritis la había convertido en un ser monolítico, no podía doblar las articulaciones ni girar la cabeza, tenía los dedos engarfiados como las patas de un fósil, y para mantener la posición en la cama

 

necesitaba el apoyo de un cajón en la espalda, sostenido por una viga de madera que a su vez se asentaba en la pared. Se notaba el paso de los años por las marcas que la viga dejó en el muro, una huella de sufrimiento, un sendero de dolor. -Mamá… -murmuró Esteban y la voz se le quebró en el pecho en un llanto contenido, borrando de una plumada los recuerdos tristes, la infancia pobre, los olores rancios, las mañanas heladas y la sopa grasienta de su niñez, la madre enferma, el padre ausente y esa rabia comiéndole las entrañas desde el día en que tuvo uso de razón, olvidando todo menos los únicos momentos luminosos en que esa mujer desconocida que yacía en la cama lo había acunado en sus brazos, había tocado su

 

frente buscando la fiebre, le había cantado una canción de cuna, se había inclinado con él sobre las páginas de un libro, había sollozado de pena al verlo levantarse al alba para ir a trabajar cuando aún era un niño, había sollozado de alegría al verlo regresar en la noche, había sollozado, madre, por mí. Doña Ester extendió la mano, pero no era un saludo, sino un gesto para detenerlo. -Hijo, no se acerque -y tenía la voz entera, tal como él la recordaba, la voz cantarina y sana de una jovencita. -Es por el olor -aclaró Férula secamente-. Se pega. Esteban quitó la colcha de damasco deshilachada y vio las piernas de su madre. Eran dos columnas amoratadas, elefantiásicas, cubiertas de llagas donde las larvas de moscas y los gusanos hacían nidos y cavaban túneles, dos piernas pudriéndose en vida, con unos pies descomunales de un pálido color azul, sin uñas en los dedos, reventándose en su propia pus, en la sangre negra, en la fauna abominable que se alimentaba de su carne, madre, por Dios, de mi carne. -El doctor me las quiere cortar, hijo -dijo doña Ester con su voz tranquila de muchacha-,pero yo estoy muy vieja para eso y estoy muy cansada de sufrir, así es que mejor me muero. Pero no quería morirme sin verlo, porque en todos estos años llegué a pensar que usted estaba muerto y que sus cartas las escribía su hermana, para no

 

darme ese dolor. Póngase a la luz, hijo, para verlo bien visto. ¡Por Dios! ¡Parece un salvaje! -Es la vida del campo, mamá -murmuró él. -¡Enfín! Se ve fuerte todavía. ¿Cuántos años tiene? -Treinta y cinco.

 

-Buena edad para casarse y asentar cabeza, para que yo me pueda morir en paz. -¡Usted no se va a morir, mamá! -suplicó Esteban. -Quiero estar segura de que tendré nietos, alguien que lleve mi sangre, que tenga nuestro apellido. Férula perdió las esperanzas de casarse, pero usted tiene que buscarse una esposa. Una mujer decente y cristiana. Pero antes tiene que cortarse

 

esos pelos y esa barba, ¿me oye? Esteban asintió. Se arrod illó junto a su madre y hundió la cara en su mano hinchada, pero el olor lo tiró hacia atrás. Férula lo tomó del brazo y lo sacó de esa habitación de pesadumbre. Afuera respiró profundamente, con el olor pegado en las

 

narices y entonces sintió la rabia, su rabia tan conocida subirle como una oleada caliente a la cabeza, inyectarle los ojos, poner blasfemias de bucanero en sus labios,

 

 

 

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rabia por el tiempo pasado sin pensar en usted madre, rabia por haberla descuidado, por no haberla querido y cuidado lo suficiente, rabia por ser un miserable hijo de puta, no, perdone, madre, no quise decir eso, carajo, se está muriendo, vieja, y yo no puedo hacer nada, ni siquiera calmarle el dolor, aliviarle la podredumbre, quitarle ese olor de espanto, ese caldo de muerte en el que se está cocinando, madre. Dos días después, doña Ester Trueba murió en el lecho de los suplicios donde había padecido los últimos años de su vida. Estaba sola, porque su hija Férula había ido, como todos los viernes, a los conventillos de los pobres, en el b arrio de la Misericordia, a rezar el rosario a los indigentes, a los ateos, a las prostitutas y a los huérfanos, que

 

le tiraban basura, le vaciaban bacinillas y la escupían, mientras ella, de rodillas en el callejón del conventillo, gritaba padrenuestros y avemarías en incansable letanía, chorreada de porquería de indigente, de escupo de ateo, de desperdicio de prostituta y basura de huérfano, llorando, ay, de humillación, clamando perdón p ara los que no saben lo que hacen y sintiendo que los huesos se le ablandaban, que una languidez

 

mortal le convertía las piernas en algodón, que un calor de verano le infundía pecado entre los muslos, aparta de mí este cáliz, Señor, que el vientre le estallaba en llamas de infierno, ay; de santidad, de miedo, padrenuestro, no me dejes caer en la tentación, Jesús. Esteban tampoco estaba con doña Ester cuando murió calladamente en el lecho de los suplicios. Había ido a visitar a la familia Del Valle p ara ver si les quedaba alguna hija soltera, porque con tantos años de ausencia y tantos de barbarie, no sabía por donde comenzar a cumplir la promesa hecha a su madre de darle nietos legítimos y concluyó que si Severo y Nívea lo aceptaron como yerno en los tiempos de Rosa la

 

bella, no había ninguna razón para que no lo aceptaran de nuevo, especialmente ahora que era un hombre rico y no tenía que escarbar la tierra para arrancarle su oro, sino que tenía todo el necesario en su cuenta en el banco. Esteban y Férula encontraron esa noche a su madre muerta en la cama. Tenía una sonrisa apacible, como si en el último instante de su vida la enfermedad hubiera querido ahorrarle su cotidiana tortura. El día que Esteban Trueba pidió ser recibido, Severo y Nívea del Valle recordaron las palabras con que Clara había roto su larga mudez, de modo que no manifestaron ninguna extrañeza cuando el visitante les preguntó si tenían alguna hija en edad y

 

condición de casarse. Sacaron sus cuentas y le informaron que Ana se había metido a monja, Teresa estaba muy enferma y todas las demás estaban casadas, menos Clara, la menor, que aún estaba disponible, pero era una criatura algo estrafalaria, poco apta para las responsabilidades matrimoniales y la vida doméstica. Con toda honestidad, le contaron las rarezas de su hija menor, sin omitir el hecho de que había permanecido

 

sin hablar durante la mitad de su existencia, porque no le daba la gana hacerlo y no porque no pudiera, como había aclarado muy bien el rumano Rostipov y confirmado el doctor Cuevas con innumerables exámenes. Pero Esteban Trucha no era hombre de dejarse amedrentar por historias de fantasmas que deambulan por los corredores, por objetos que se mueven a la distancia con el poder de la mente o por presagios de mala suerte, y mucho menos por el prolongado silencio, que consideraba una virtud. Concluyó que ninguna de esas cosas eran inconvenientes para echar hijos sanos y

 

legítimos al mundo y pidió conocer a Clara. Nívea salió a buscar a su hija y los dos hombres quedaron solos en el salón, ocasión que Trucha, con su franqueza habitual, aprovechó para plantear sin preámbulos su solvencia económica.

 

 

 

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-¡Por favor, no se adelante, Esteban! -le interrumpió Severo-. Primero tiene que ver a la niña, conocerla mejor, y también tenemos que considerar los deseos de Clara. ¿No le parece? Nívea regresó con Clara. La joven entró al salón con las mej illas arreboladas y las uñas negras, porque había estado ayudando al jardinero a plantar papas de dalias y en esa ocasión le falló la clarividencia para esperar al futuro novio con un arreglo más esmerado. Al verla, Esteban se puso de pie asombrado. La recordaba como una criatura flaca y asmática, sin la menor gracia, pero la joven que tenía al frente era un delicado medallón de marfil, con un rostro dulce y una mata de cabello castaño, crespo

 

y desordenado escapándose en rizos del peinado, ojos melancólicos, que se transformaban en una expresión burlona y chispeante cuando se reía, con una risa franca y abierta, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Ella lo saludó con un apretón de manos, sin dar muestras de timidez. -Lo estaba esperando -dijo sencillamente. Transcurrieron un par de horas en visita de cortesía, hablando de la temporada lírica, los viajes a Europa, la situación política y los resfríos de invierno, bebiendo mistela y comiendo pasteles de hojaldre. Esteban observaba a Clara con toda la discreción de que era capaz, sintiéndose paulatinamente seducido por la muchacha. No recordaba haber estado tan interesado en alguien desde el día glorioso en que vio a Rosa, la bella, comprando caramelos de anís en la confitería de la Plaza de Armas. Comparó a las dos hermanas y llegó a la conclusión de que Clara aventajaba en simpatía, aunque Rosa, sin duda, había sido mucho más hermosa. Cayó la noche y

 

entraron dos empleadas a correr las cortinas y encender las luces, entonces Esteban se dio cuenta que su visita había durado demasiado. Sus modales dejaban mucho que desear. Saludó rígidamente a Severo y Nívea y pidió autorización para visitar a Clara de nuevo. -Espero no aburrirla, Clara -dijo sonrojándose-. Soy un hombre rudo, de campo, y soy por lo menos quince años mayor. No sé tratar a una joven como usted… -¿Usted quiere casarse conmigo? -preguntó Clara y él notó un br illo irónico en sus pupilas de avellana. -¡Clara, por Dios! -exclamó su madre horrorizada-. Disculpe, Esteban, esta niña siempre ha sido muy impertinente. -Quiero saberlo, mamá, para no perder tiempo -dijo Clara. -A mí también me gustan las cosas directas -sonrió feliz Esteban-. Sí, Clara, a eso he venido. Clara lo tomó del brazo y lo acompañó hasta la salida. En la última mirada que intercambiaron Esteban comprendió que lo había aceptado y lo invadió la alegría. Al

 

tomar el coche, iba sonriendo sin poder creer en su buena suerte y sin saber por qué una joven tan encantadora como Clara lo había aceptado sin conocerlo. No sabía que ella había visto su propio destino, por eso lo había llamado con el pensamiento y estaba dispuesta a casarse sin amor. Dejaron pasar algunos meses por respeto al duelo de Esteban Trueba, durante los cuales él la cortejó a la antigua, en la misma forma en que lo había hecho con su hermana Rosa, sin saber que Clara detestaba los caramelos de anís y los acrósticos le daban risa. A fin de año, cerca de Navidad, anunciaron oficialmente su noviazgo por el periódico y se colocaron las argollas en presencia de sus parientes y amigos íntimos,

 

más de cien personas en total, en un banquete pantagruélico, donde desfilaron las bandejas con pavos rellenos, los cerdos acaramelados, los congrios de agua fría, las langostas gratinadas, las ostras vivas, las tortas de naranja y limón de las Carmelitas,

 

 

 

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de almendra y nuez de las Dominicas, de chocolate y huevomol de las Clarisas, y cajas de champán traídas de Francia a través del cónsul, que hacía contrabando con sus privilegios diplomáticos, pero todo servido y presentado con gran sencillez por las antiguas empleadas de la casa, con sus delantales negros de todos los días, para darle al festín la apariencia de una modesta reunión familiar, porque toda extravagancia era

 

una prueba de chabacanería y condenada como un pecado de vanidad mundana y un signo de mal gusto, debido al ancestro austero y algo lúgubre de aquella sociedad descendiente de los más esforzados emigrantes castellanos y vascos. Clara era una aparición de encaje de Chantilly blanco y camelias naturales, desquitándose como una cotorra feliz de los nueve años de silencio, bailando con su novio bajo los toldos y los

 

faroles, ajena por completo a las advertencias de los espíritus que le hacían señales desesperadas desde las cortinas, pero que en la turbamulta y el bochinche, ella no veía. La ceremonia de las argollas se mantenía igual desde los tiempos de la Colonia. A las diez de la noche, un sirviente circuló entre los invitados tocando una campanita de cristal, se calló la música, se paró el baile y los invitados se reunieron en el salón

 

principal. Un sacerdote pequeño e inocente, adornado con sus paramentos de misa mayor, leyó el enmarañado sermón que había preparado, exaltando confusas e impracticables virtudes. Clara no le escuchó, porque cuando se apagó el estrépito de la música y la pelotera de los bailarines, prestó atención a los susurros de los espíritus entre las cortinas y se dio cuenta que hacía muchas horas que no veía a

 

Barrabás. Lo buscó con la mirada, alertando los sentidos, pero un codazo de su madre la devolvió a las urgencias de la ceremonia. El sacerdote terminó su discurso, bendijo los anillos de

 

oro y en seguida Esteban puso uno a su novia y se colocó el otro en su dedo. En ese momento un grito de horror sacudió a la concurrencia. La gente se apartó, abriendo un camino por donde entró

 

Barrabás, más negro y grande que nunca, con un cuchillo de carnicero metido en el lomo hasta la cacha, desangrándose como un buey, las largas patas de potrillo temblando, el hocico babeando en un hilo de sangre, los ojos nublados por la agonía, paso a paso, arrastrando una pata detrás de la otra, en un zigzagueante avance de dinosaurio herido. Clara cayó sentada en el sofá de seda

 

francesa. El perrazo se acercó a ella, le colocó la gran cabeza de fiera milenaria en la falda y se quedó mirándola con sus ojos enamorados, que se fueron empañando y quedando ciegos, mientras el blanco encaje de Chantilly, la seda francesa del sofá, la alfombra persa y el parquet se ensopaban de sangre.

 

Barrabás se fue muriendo sin ninguna prisa, con los ojos prendidos en Clara, que le acariciaba las orejas y murmuraba palabras de consuelo, hasta que finalmente cayó y en un único estertor se quedó tieso. Entonces todos parecieron despertar de una pesadilla y un rumor de espanto recorrió el salón, los invitados comenzaron a despedirse apresurados, a escapar sorteando los charcos de sangre, recogiendo al vuelo sus estolas de piel, sus sombreros de copa, sus bastones, sus paraguas, sus bolsos de mostacillas. En el salón de la fiesta quedaron solamente Clara con la bestia en el regazo, sus padres, que se abrazaban paralizados por el mal presagio, y el novio, que no entendía la causa de tanto alboroto por un simple perro muerto, mas cuando se dio cuenta que Clara parecía traspuesta, la levantó en brazos y se la llevó medio inconsciente hasta su dormitorio, donde los cuidados de la Nana y las sales del doctor Cuevas impidieron que volviera a caer en el estupor y la mudez. Esteban Trueba pidió ayuda al jardinero y entre los dos echaron al coche el cadáver de

 

Barrabás; que con la muerte aumentó de peso hasta ser casi imposible levantarlo.

 

El año transcurrió en los preparativos de la boda. Nívea se ocupó del ajuar de Clara, quien no demostraba el menor interés en el contenido de los baúles de sándalo y seguía experimentando con la mesa de tres patas y sus naipes de adivinación. Las

 

 

 

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sábanas bordadas con primor, los manteles de hilo y la ropa interior que diez años atrás habían hecho las monjas para Rosa con las iniciales entrelazadas de Trueba y Del Valle, sirvieron para el ajuar de Clara. Nívea encargó a Buenos Aires, a París y a Londres vestidos de viaje, ropa para el campo, trajes de fiesta, sombreros a la moda, zapatos y carteras de cuero de lagarto y gamuza, y otras cosas que se guardaron

 

envueltas en papel de seda y se preservaron con lavanda y alcanfor, sin que la novia les diera más que una mirada distraída. Esteban Trueba se puso al mando de una cuadrilla de albañiles, carpinteros y plomeros, para construir la casa más sólida, amplia y asoleada que se pudiera

 

concebir, destinada a durar mil años y a albergar varias generaciones de una fam ilia numerosa de Truebas legítimos. Encargó los planos a un arquitecto francés e hizo traer parte de los materiales del extranjero para que su casa fuera la única con vitrales alemanes, con zócalos tallados en Austria, con grifería de bronce inglesa, con mármoles italianos en los pisos y cerraduras pedidas por catálogo a los Estados

 

Unidos, que llegaron con las instrucciones cambiadas y sin llaves. Férula, horrorizada por el gasto, procuró evitar que siguiera haciendo locuras, comprando muebles franceses, lámparas de lágrimas y alfombras turcas, con el argumento de que se iban a arruinar y volverían a repetir la historia del Trueba extravagante que los había engendrado, pero Esteban le demostró que era bastante rico como para darse esos

 

lujos y la amenazó con forrar las puertas de plata si seguía molestándolo. Entonces ella alegó que tanto despilfarro era seguramente pecado mortal y Dios los iba a castigar a todos por gastar en chabacanerías de nuevo rico lo que estaría mejor empleado ayudando a los pobres. A pesar de que Esteban Trueba no era amante de las innovaciones, sino, por el contrario, tenía gran desconfianza por los trastornos del modernismo, decidió que su casa debía ser construida como los nuevos palacetes de Europa y Norteamérica, con todas las comodidades aunque guardando un estilo clásico. Deseaba que fuera lo más alejada posible de la arquitectura aborigen. No quería tres patios, corredores, fuentes

 

roñosas, cuartos oscuros, paredes de adobe blanqueadas a la cal ni tejas polvorientas, sino dos o tres pisos heroicos, hileras de blancas columnas, una escalera señorial que diera media vuelta sobre sí misma y aterrizara en un hall de mármol blanco, ventanas grandes e iluminadas y, en general, un aspecto de orden y concierto, de pulcritud y civilización, propio de los pueblos extranjeros y acorde con su nueva vida. Su casa

 

debía ser el reflejo de él, de su familia y del prestigio que pensaba darle al apellido que su padre había manchado. Deseaba que el esplendor se notara desde la calle, por eso hizo diseñar un jardín francés con macrocarpa versallesca, macizos de flores, un prado liso y perfecto, surtidores de agua y algunas estatuas representando a los dioses del Olimpo y tal vez. algún indio bravo de la historia americana, desnudo y coronado de

 

plumas, como una concesión al patriotismo. No podía saber que aquella mansión solemne, cúbica, compacta y oronda, colocada como un sombrero en su verde y geométrico contorno, acabaría llenándose de protuberancias y adherencias, de múltiples escaleras torcidas que conducían a lugares vagos, de torreones, de ventanucos que no se abrían, de puertas suspendidas en el vacío, de corredores torcidos y ojos de buey que comunicaban los cuartos para hablarse a la hora de la siesta, de acuerdo a la inspiración de Clara, que cada vez que necesitara instalar un

 

nuevo huésped, mandaría fabricar otra habitación en cualquier parte y si los espíritus le indicaban que había un tesoro oculto o un cadáver insepulto en las fundaciones, echaría abajo un muro, hasta dejar la mansión convertida en un laberinto encantado imposible de limpiar, que desafiaba numerosas leyes urbanísticas y municipales. Pero cuando Trueba construyó lo que todos llamaron «la gran casa de la esquina», tenía el

 

sello solemne, que procuraba imponer a todo lo que le rodeaba, en recuerdo de las

 

 

 

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privaciones de su infancia. Clara nunca fue a ver la casa durante el proceso de construcción. Parecía interesarle tan poco como su propio ajuar, y depositó las decisiones en su novio y en su futura cuñada. Al morir su madre, Férula se encontró sola y sin nada útil a lo cual dedicar su vida, a una edad en que no tenía ilusión de casarse. Por un tiempo estuvo visitando conventillos todos los días, en una frenética obra piadosa que le provocó una

 

bronquitis crónica y no llevó nada de paz a su alma atormentada. Esteban quiso que viajara, se comprara ropa y se divirtiera por primera vez en su melancólica existencia, pero ella tenía el hábito de la austeridad y llevaba demasiado tiempo encerrada en su

 

casa. Tenía miedo de todo. El matrimonio de su hermano la sumía en la incertidumbre, porque pensaba que ése sería un motivo más de alejamiento para Esteban, que era su único sustento. Temía terminar sus días haciendo ganchillo en un asilo para solteronas de buena familia, por eso se sintió muy feliz al descubrir que Cl ara era incompetente para todas las cosas de orden doméstico y cada vez que tenía que enfrentar una

 

decisión, adoptaba un aire distraído y vago. «Es un poco idiota», concluyó Férula encantada. Era evidente que Clara sería incapaz de administrar el caserón que su hermano estaba construyendo y que necesitaría mucha ayuda. De maneras sutiles procuró hacer saber a Esteban que su futura mujer era una inútil y que ella, con su espíritu de sacrificio tan ampliamente demostrado, podría ayudarla y estaba dispuesta

 

a hacerlo. Esteban no seguía la conversación cuando tomaba por esos rumbos. A medida que se acercaba la fecha del matrimonio y se veía en la necesidad de decidir su destino, Férula empezó a desesperarse. Convencida de que con su hermano no iba a conseguir nada, buscó la oportunidad de hablar a solas con Clara y la encontró un sábado a las cinco de la tarde en que la vio paseando por la calle. La invitó al Hotel

 

Francés a tomar el té. Las dos mujeres se sentaron rodeadas de pastelillos con crema y porcelana de Bavaria, mientras al fondo del salón una orquesta de señoritas interpretaba un melancólico cuarteto de cuerdas. Férula observaba con disimulo a su futura cuñada, que parecía de quince años y todavía tenía la voz desafinada, producto de los años de silencio, sin saber cómo abordar el tema. Después de una pausa larguísima en la que se comieron una bandeja de masitas y se bebieron dos tazas de té de jazmín cada una, Clara se acomodó un mechón de pelo que le caía sobre los

 

ojos, sonrió y dio una palmadita cariñosa en la mano de Férula. -No te preocupes. Vas a vivir con nosotros y las dos seremos como hermanas -dijo la muchacha. Férula se sobresaltó, preguntándose si serían ciertos los chismes sobre la habilidad de Clara para leer el pensamiento ajeno. Su primera reacción fue de orgullo y hubiera rechazado la oferta nada más que por la belleza del gesto, pero Clara no le dio tiempo.

 

Se inclinó y la besó en la mejilla con tal candor, que Férula perdió el control y rompió a llorar. Hacía mucho tiempo que no derramaba una lágrima y comprobó asombrada cuánta falta le hacía un gesto de ternura. No recordaba la última vez que alguien la había tocado espontáneamente. Lloró largo rato, desahogándose de muchas tristezas y soledades pasadas, de la mano de Clara, que la ayudaba a sonarse y entre sollozo y

 

sollozo le daba más pedazos de pastel y sorbos de té. Se quedaron llorando y hablando hasta las ocho de la noche y esa tarde en el Hotel Francés sellaron un pacto de amistad que duró muchos años.

 

Apenas terminó el duelo por la muerte de doña Ester y estuvo lista la gran casa de la esquina, Esteban Trueba y Clara del Valle se casaron en una discreta ceremonia. Esteban regaló a su novia un aderezo de brillantes, que ella encontró muy bonito, lo guardó en una caja de zapatos y enseguida olvidó dónde lo había puesto. Se fueron de

 

 

 

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viaje a Italia y a los dos días de embarcarse, Esteban se sentía enamorado como un adolescente, a pesar de que el movimiento del buque sumió a Clara en un mareo incontrolable y el encierro le produjo asma. Sentado a su lado en el estrecho camarote, poniéndole paños mojados en la frente y sosteniéndola cuando vomitaba, se sentía profundamente feliz y la deseaba con una intensidad injustificada, teniendo en

 

consideración su lamentable estado. Al cuarto día ella amaneció mejor y salieron a cubierta a mirar el mar. Al verla con la nariz colorada por el viento y riéndose con cualquier pretexto, Esteban se juró que tarde o temprano ella llegaría a amarlo en la forma en que necesitaba ser querido, aunque para lograrlo tuviera que emplear los recursos más extremos. Se daba cuenta que Clara no le pertenecía y que si ella

 

continuaba habitando un mundo de aparecidos, de mesas de tres patas que se mueven solas y barajas que escrutan el futuro, lo más probable era que no llegara a pertenecerle nunca. La despreocupada e impúdica sensualidad de Clara tampoco le bastaba. Deseaba mucho más que su cuerpo, quería apoderarse de esa materia imprecisa y luminosa que había en su interior y que se le escapaba aun en los

 

momentos en que ella parecía agonizar de placer. Sentía que sus manos eran muy pesadas, sus pies muy grandes, su voz muy dura, su barba muy áspera, su costumbre de violaciones y de prostitutas muy arraigada, pero aunque tuviera que darse vuelta al revés como un guante, estaba dispuesto a seducirla. Regresaron de la luna de miel tres meses después. Férula los esperaba con la casa nueva, que todavía olía a pintura y cemento fresco, llena de flores y fuentes con frutas, tal como Esteban le había ordenado. Al cruzar el umbral por primera vez, Esteban levantó a su mujer en brazos. Su hermana se sorprendió de no sentir celos y observó que Esteban parecía haber rejuvenecido. -Te ha hecho bien el matrimonio -dijo.

 

Llevó a Clara a recorrer la casa. Ella paseaba la vista y encontraba todo muy bonito, con la misma cortesía con que celebraba una puesta de sol en alta mar, la Plaza San

 

Marcos o el aderezo de brillantes. En la puerta de la habitación destinada a ella, Esteban le pidió que cerrara los ojos y la condujo de la mano hasta el centro. -Ya puedes abrirlos -le dijo encantado. Clara miró a su alrededor. Era una pieza grande con las paredes tapizadas en seda azul, muebles ingleses, grandes ventanas con balcones abiertos al jardín y una cama con dosel y cortinas de gasa que parecía un velero navegando en el agua mansa de la

 

seda azul. -Muy bonito -dijo Clara.

 

Entonces Esteban le señaló el lugar donde estaba parada. Era la marav illosa sorpresa que había preparado para ella. Clara bajó los ojos y dio un grito pavoroso; estaba de pie sobre el lomo negro de

 

Barrabás, que yacía abierto de patas, convertido en alfombra, con la cabeza intacta y dos ojos de vidrio mirándola con la expresión de desamparo propia de la taxidermia. Su marido alcanzó a sostenerla antes que cayera desmayada al suelo. -Ya te dije que no le iba a gustar, Esteban -dijo Férula. El cuero curtido de

 

Barrabás fue rápidamente sacado de la habitación y lo tiraron en un rincón del sótano, junto con los libros mágicos de los baúles encantados del tío Marcos y otros tesoros, donde se defendió de las polillas y del abandono con una tenacidad digna de mejor causa, hasta que otras generaciones lo rescataron. Muy pronto fue evidente que Clara estaba embarazada. El cariño que Férula sentía por su cuñada se transformó en una pasión por cuidarla, una dedicación para servirla y una tolerancia ilimitada para resistir sus distracciones y excentricidades. Para Férula,

 

 

 

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que había dedicado su vida a cuidar a una anciana que iba pudriéndose irremisiblemente, atender a Clara fue como entrar en la gloria. La bañaba en agua perfumada de albahaca y jazmín, la frotaba con una esponja, la enjabonaba, la friccionaba con agua de colonia, la empolvaba con un hisopo de plumas de cisne y le cepillaba el pelo hasta dejárselo brillante y dócil como una planta de mar, tal como

 

antes lo había hecho la Nana.

 

Mucho antes de que se apaciguara su impaciencia de marido reciente, Esteban Trueba tuvo que regresar a Las Tres Marías, donde no había puesto los pies desde hacía más de un año y que, a pesar de los esmeros de Pedro Segundo García, reclamaba la presencia del patrón. La propiedad, que antes le parecía un paraíso y era todo su orgullo, ahora le resultaba un fastidio. Miraba las vacas inexpresivas rumiando en los potreros, la lenta faena de los campesinos repitiendo los mismos gestos cada día

 

a lo largo de sus vidas, el inmutable marco de la cordillera nevada y la frágil columna de humo del volcán y se sentía como un preso. Mientras él estaba en el campo, la vida en la gran casa de la esquina cambiaba para acomodarse a una suave rutina sin hombres. Férula era la primera en despertar, porque le había quedado el hábito de madrugar desde la época en que velaba junto a su madre enferma, pero dejaba dormir a su cuñada hasta tarde. A media mañana le llevaba personalmente el desayuno a la cama, abría las cortinas de seda azul para que entrara el sol entre los cristales, llenaba la bañera de porcelana francesa pintada con nenúfares, dándole tiempo a Clara para sacudirse la modorra saludando por turno a los

 

espíritus presentes, atraer la bandeja y mojar las tostadas en el chocolate espeso. Luego la sacaba de la cama acariciándola con cuidados de madre y comentándole las noticias agradables del periódico, que cada día eran menos, así es que debía llenar las lagunas con chismes sobre los vecinos, pormenores domésticos y anécdotas inventadas que Clara encontraba muy bonitas y a los cinco minutos ya no recordaba,

 

de modo que era posible volver a contarle lo mismo varias veces y ella se divertía como si fuera la primera. Férula la llevaba a pasear para que tomara el sol, le hace bien a la criatura; de compras, para que cuando nazca no le falte nada y tenga la ropa más fina del mundo;

 

a almorzar al Club de Golf, para que todos vean lo bonita que te has puesto desde que te casaste con mi hermano; a visitar a tus padres, para que no crean que los has olvidado; al teatro, para que no pases todo el día encerrada en la casa. Clara se dejaba conducir con una dulzura que no era imbecilidad, sino distracción y gastaba toda su capacidad de concentración en inútiles intentos de comunicarse telepáticamente con

 

Esteban, que no recibía los mensajes, y en perfeccionar su propia clarividencia. Por primera vez desde que podía recordar, Férula se sentía feliz. Estaba más cerca de Clara de lo que nunca estuvo de nadie, ni siquiera de su madre. Una persona menos original que Clara, habría terminado por molestarse con los mimos excesivos y la constante preocupación de su cuñada, o habría sucumbido a su carácter dominante y meticuloso. Pero Clara vivía en otro mundo. Férula detestaba el momento en que su hermano regresaba del campo y su presencia llenaba toda la casa, rompiendo la armonía que se establecía en su ausencia. Con él en la casa, ella debía ponerse a la sombra y ser más prudente en la forma de dirigirse a los sirvientes, tanto como en las

 

atenciones que prodigaba a Clara. Cada noche, en el momento en que los esposos se retiraban a sus habitaciones, se sentía invadida por un odio desconocido, que no podía explicar y que llenaba su alma de funestos sentimientos. Para distraerse retomaba el vicio de rezar el rosario en los conventillos y de confesarse con el padre Antonio. -Ave María Purísima.

 

 

 

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-Sin pecado concebida. -Te escucho, hija.

 

-Padre, no sé cómo comenzar. Creo que lo que hice es pecado… -¿De la carne, hija?

 

-¡Ay! La carne está seca, padre, pero el espíritu no. Me atormenta el demonio. -La misericordia de Dios es infinita. -Usted no conoce los pensamientos que pueden haber en la mente de una mujer sola, padre, una virgen que no ha conocido varón, y no por falta de oportunidades, sino porque Dios le mandó a mi madre una larga enfermedad y tuve que cuidarla. -Ese sacrificio está registrado en el Cielo, hija mía. -¿Aunque haya pecado de pensamiento, padre? -Bueno, depende del pensamiento…

 

-En la noche no puedo dormir, me sofoco. Para calmarme me levanto y camino por el jardín, vago por la casa, voy al cuarto de mi cuñada, pego el oído a la puerta, a veces entro de puntillas para verla cuando duerme, parece un ángel, tengo la tentación de meterme en su cama para sentir la tibieza de su piel y su aliento. -Reza, hija. La oración ayuda.

 

-Espere, no se lo he dicho todo. Me avergüenzo. -No debes avergonzarte de mí, porque no soy más que un instrumento de Dios. -Cuando mi hermano viene del campo es mucho peor, padre. De nada me sirve la oración, no puedo dormir, transpiro, tiemblo, por último me levanto y cruzo toda la casa a oscuras, deslizándome por los pasillos con mucho cuidado para que no cruja el piso. Los oigo a través de la puerta de su dormitorio y una vez pude verlos, porque se había quedado la puerta entreabierta. No le puedo contar lo que vi, padre, pero debe ser un pecado terrible. No es culpa de Clara, ella es inocente como un niño. Es mi

 

hermano el que la induce. Él se condenará con seguridad. -Sólo Dios puede juzgar y condenar, hija mía. ¿Qué hacían?

 

Y entonces Férula podía tardar media hora en dar los detalles. Era una narradora virtuosa, sabía colocar la pausa, medir la entonación, explicar sin gestos, pintando un cuadro tan vívido, que el oyente parecía estarlo viviendo, era increíble cómo podía percibir desde la puerta entreabierta la calidad de los estremecimientos, la abundancia de los jugos, las palabras murmuradas al oído, los olores más secretos, un prodigio, en verdad. Desahogada de aquellos tumultuosos estados de ánimo, regresaba a la casa

 

con su máscara de ídolo, impasible y severa, y vamos, dando órdenes, contando los cubiertos, disponiendo la comida, echando llave, exigiendo póngame esto aquí, se lo ponían, cambien las flores de los jarrones, las cambiaban, laven los vidrios, hagan callar a esos pájaros del diablo, que la bullaranga no deja dormir a la señora Clara y con tanto cacareo se le va a espantar la criatura y capaz que nazca alelada. Nada

 

escapaba a sus ojos vigilantes y estaba siempre en actividad, en contraste con Clara, que todo lo encontraba muy bonito y le daba lo mismo comer trufas rellenas o sopa de sobras, dormir en colchón de plumas o sentada en una silla, bañarse en aguas perfumadas o no bañarse. A medida que avanzaba su estado de gravidez, parecía irse despegando irremisiblemente de la realidad y volcándose hacia el interior de sí misma,

 

en un diálogo secreto y constante con la criatura. Esteban quería un hijo que llevara su nombre y le pasara a su descendencia el apellido de los Trueba. -Es una niña y se llama Blanca -dijo Clara desde el primer día que anunció su embarazo.

 

 

 

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Y así fue. El doctor Cuevas, a quien Clara le había finalmente perdido el miedo, calculaba que e1 alumbramiento debía producirse a mediados de octubre, pero a principios de noviembre Clara seguía bamboleando una panza enorme, en estado semisonámbulo,

 

cada vez más distraída y cansada, asmática, indiferente a todo lo que la rodeaba, incluso su marido, a quien a veces ni siquiera reconocía y le preguntaba ¿qué se le ofrece? cuando lo veía a su lado. Una vez que el médico descartó cualquier posible error en sus matemáticas y fue evidente que Clara no tenía ninguna intención de parir por la vía natural, procedió a abrir la barriga a la madre y sustraer a Blanca, que

 

resultó ser una niña más peluda y fea que lo usual. Esteban sufrió un escalofrío cuando la vio, convencido de que había sido burlado por el destino y en vez del Trueba legítimo que le prometió a su madre en el lecho de muerte, había engendrado un monstruo y, para colmo, de sexo femenino. Revisó a la niña personalmente y comprobó que tenía todas sus partes en el sitio correspondiente, al menos aquellas

 

visibles al ojo humano. El doctor Cuevas lo consoló con la explicación de que el aspecto repugnante de la criatura se debía a que había pasado más tiempo que lo normal dentro de su madre, al sufrimiento de la cesárea y a su constitución pequeña, delgada, morena y algo peluda. Clara, en cambio, estaba encantada con su hija. Pareció despertar de un largo sopor y descubrir la alegría de estar viva. Tomó a la niña en los

 

brazos y no la soltó más, andaba con ella prendida al pecho, dándole de mamar en todo momento, sin horario fijo y sin contemplaciones con las buenas maneras o el pudor, como una indígena. No quiso fajarla, cortarle el pelo, perforarle las orejas o contratarle una aya para que la criara y mucho menos recurrir a la leche de algún laboratorio, como hacían todas las señoras que podían pagar ese lujo. Tampoco aceptó

 

la receta de la Nana de darle leche de vaca diluida en agua de arroz, porque concluyó que si la naturaleza hubiera querido que los humanos se criaran así, habría hecho que los senos femeninos secretaran ese tipo de producto. Clara le hablaba a la niña todo el tiempo, sin usar medias lenguas ni diminutivos, en correcto español, como si dialogara con una adulta, en la misma forma pausada y razonable en que le hablaba a los animales y a las plantas, convencida de que si le había dado resultado con la flora y la fauna, no había ninguna razón para que no fuera lo indicado también con la niña. La

 

combinación de leche materna y conversación tuvo la virtud de transformar a Blanca en una niña saludable y casi hermosa, que no se parecía en nada al armadillo que era cuando nació. Pocas semanas después del nacimiento de Blanca, Esteban Trueba pudo comprobar, mediante los retozos en el velero del agua mansa de la seda azul, que su esposa no había perdido con la maternidad el encanto o la buena disposición para hacer el amor, sino todo lo contrario. Por su parte Férula, demasiado ocupada con la crianza de la

 

niña, que tenía pulmones formidables, carácter impulsivo y apetito voraz, no tenía tiempo para ir a rezar a los conventillos, para confesarse con el padre Antonio y mucho menos para espiar por la puerta entreabierta.

 

 

 

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El tiempo de los espíritus

 

Capítulo IV

 

A una edad en que la mayoría de los niños anda con pañales y a cuatro patas, balbuceando incoherencias y chorreando baba, Blanca parecía una enana razonable,

 

caminaba a tropezones, pero en sus dos piernas, hablaba correctamente y comía sola, debido al sistema de su madre de tratarla como persona mayor. Tenía todos sus dientes y empezaba a abrir los armarios para alborotar su contenido, cuando la fam ilia decidió ir a pasar el verano a Las Tres Marías, que Clara no conocía más que de referencia. En ese período de la vida de Blanca, la curiosidad era más fuerte que el

 

instinto de supervivencia y Férula pasaba apuros corriendo detrás de ella para evitar que se precipitara del segundo piso, se metiera en el horno o se tragara el jabón. La idea de ir al campo con la niña le parecía peligrosa, agobiante e inútil, puesto que Esteban podía arreglarse solo en Las Tres Marías, mientras ellas disfrutaban de tina existencia civilizada en la capital. Pero Clara estaba entusiasmada. El campo le parecía una idea romántica, porque nunca había estado dentro de un establo, como decía Férula. Los preparativos del viaje ocuparon a toda la fam ilia durante más de dos semanas y la casa se atiborró de baúles, canastos y maletas. Alquilaron un vagón especial en el tren para desplazarse con el increíble equipaje y los sirvientes que Férula consideró necesario llevar, además de las jaulas de los pájaros, que Clara no quiso

 

abandonar y las cajas de juguetes de Blanca, llenas de arlequines mecánicos, figuritas de loza, animales de trapo, bailarinas de cuerda y muñecas con pelo de gente y articulaciones humanas, que viajaban con sus propios vestidos, coches y vajillas. Al ver aquella multitud desconcertada y nerviosa y aquel tumulto de bártulos, Esteban se sintió derrotado por primera vez en su vida, especialmente cuando descubrió entre el

 

equipaje un san Antonio de tamaño natural, con ojos estrábicos y sandalias repujadas. Miraba el caos que lo rodeaba, arrepentido de la decisión de viajar con su mujer y su hija, preguntándose cómo era posible que él sólo necesitara de sus dos maletas para ir por el mundo y ellas, en cambio, llevaran ese cargamento de trastos y esa procesión de sirvientes que nada tenían que ver con el propósito del viaje. En San Lucas tomaron tres coches que los condujeron a Las Tres Marías envueltos en una nube de polvo, como gitanos. En el patio del fundo esperaban para darle la bienvenida todos los inquilinos encabezados por el administrador, Pedro Segundo García. Al ver aquel circo ambulante, quedaron atónitos. Bajo las órdenes de Férula

 

empezaron a descargar los coches y meter las cosas en la casa. Nadie prestó atención a un niño que tenía aproximadamente la misma edad de Blanca, desnudo, moquillento, con la barriga inflada por los parásitos, provisto de hermosos ojos negros con expresión de anciano. Era el hijo del administrador y se llamaba, para diferenciarlo del padre y del abuelo, Pedro Tercero García. En el tumulto de instalarse, conocer la casa, husmear la huerta, saludar a todo el mundo, armar el altar de san Antonio y espantar a las gallinas de las camas y a los ratones de los roperos, Blanca se quitó la ropa y

 

salió corriendo desnuda con Pedro Tercero. Jugaron entre los bultos, se metieron debajo de los muebles, se mojaron con besos babosos, masticaron el mismo pan, sorbieron los mismos mocos, y se embetunaron con la misma caca, hasta que, por último, se durmieron abrazados bajo la mesa del comedor. Allí los encontró Cl ara a las

 

 

 

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diez de la noche. Los habían buscado durante horas con antorchas, los inquilinos en cuadrillas habían recorrido la orilla del río, los graneros, los potreros y los establos, Férula había clamado de rodillas a san Antonio, Esteban estaba agotado de llamarlos y la misma Clara había invocado inútilmente sus dotes de vidente. Cuando los encontraron, el niño estaba de espaldas en el suelo y Blanca se acurrucaba con la

 

cabeza apoyada en el vientre panzudo de su nuevo amigo. En esa misma posición serían sorprendidos muchos años después, para desdicha de los dos, y no les alcanzaría la vida para pagarlo. Desde el primer día, Clara comprendió que había un lugar para ella en Las Tres Marías y, tal como apuntó en sus cuadernos de anotar la vida, sintió que por fin había encontrado su misión en este mundo. No le impresionaron las casas de ladrillos, la escuela y la abundancia de comida, porque su capacidad para ver lo invisible detectó inmediatamente el recelo, el miedo y el rencor de los trabajadores y el imperceptible rumor que se acallaba cuando volvía la cara, que le permitieron adivinar algunas cosas

 

sobre el carácter y el pasado de su marido. El patrón había cambiado, sin embargo. Todos pudieron apreciar que dejó de ir al Farolito Rojo, se acabaron sus tardes de parranda, de peleas de gallos, de apuestas, sus violentas rabietas y, sobre todo, el mal hábito de tumbar muchachas en los trigales. Se lo atribuyeron a Clara. Por su parte, ella también cambió. Abandonó de la noche a la mañana su languidez, dejó de

 

encontrarlo todo muy bonito y pareció curada del vicio de hablar con los seres invisibles y mover los muebles con recursos sobrenaturales. Se levantaba al amanecer con su marido, compartían el desayuno vestidos, él se iba a vigilar los trabajos y afanes del campo, mientras Férula se hacía cargo de la casa, de los sirvientes de la capital, que no se acostumbraban a las incomodidades y las moscas del campo, y de

 

Blanca. Clara repartía su tiempo entre el taller de costura, la pulpería y la escuela, donde hizo su cuartel general para aplicar remedios contra la sarna y parafina contra los piojos, desentrañar los misterios del silabario, enseñar a los niños a cantar rengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, a las mujeres a hervir la leche, curar la diarrea y blanquear la ropa. Al atardecer, antes que regresaran los hombres del campo, Férula reunía a las campesinas y a los niños para rezar el rosario. Acudían por simpatía, más que por fe, y daban a la solterona la oportunidad de recordar los buenos

 

tiempos de sus conventillos. Cl ara esperaba que su cuñada terminara las místicas letanías de padrenuestros y avemarías y aprovechaba la reunión para repetir las consignas que había oído a su madre cuando se encadenaba en las rejas del Congreso en su presencia. Las mujeres la escuchaban risueñas y avergonzadas, por la misma razón por la cual rezaban con Férula: para no disgustar a la patrona. Pero aquellas

 

frases inflamadas les parecían cuentos de locos. «Nunca se ha visto que un hombre no pueda golpear a su propia mujer, si no le pega es que no la quiere o que no es bien hombre; dónde se ha visto que lo que gana un hombre o lo que produce la tierra o ponen las gallinas, sea de los dos, si el que manda es él; dónde se ha visto que una mujer pueda hacer las mismas cosas que un hombre, si ella nació con marraqueta y

 

sin cojones, pues doña Clarita», alegaban. Clara desesperaba. Ellas se codeaban y sonreían tímidas, con sus bocas desdentadas y sus ojos llenos de arrugas, curtidas por el sol y la mala vida, sabiendo de antemano que si tenían la peregrina idea de poner en práctica los consejos de la patrona, sus maridos les daban una zurra. Y merecida, por cierto, como la misma Férula sostenía. Al poco tiempo Esteban se enteró de la

 

segunda parte de las reuniones para rezar y montó en cólera. Era la primera vez que se enojaba con Clara y la primera que ella lo veía en uno de sus famosos ataques de rabia. Esteban gritaba como un enajenado, paseándose por la sala a grandes trancos y dando puñetazos a los muebles, argumentando que si Clara pensaba seguir los pasos de su madre, se iba a encontrar con un macho bien plantado que le bajaría los

 

 

 

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calzones y le daría una azotaina para que se le quitaran las malditas ganas de andar arengando a la gente, que le prohibía terminantemente las reuniones para rezar o para cualquier otro fin y que él no era ningún pelele a quien su mujer pudiera poner en ridículo. Clara lo dejó ch illar y darle golpes a los muebles hasta que se cansó y después, distraída como siempre estaba, le preguntó si sabía mover las orejas. Las vacaciones se alargaron y las reuniones en la escuela continuaron. Terminó el verano y el otoño cubrió de fuego y oro el campo, cambiando el paisaje. Comenzaron los primeros días fríos, las lluvias y el barro, sin que Clara diera señales de querer regresar a la capital, a pesar de la presión sostenida de Férula, que detestaba el

 

campo. En el verano se había quejado de las tardes acaloradas espantando moscas, del tierra] del patio, que empolvaba la casa como si vivieran en el pozo de una mina, del agua sucia de la bañera, donde las sales perfumadas se convertían en una sopa de chinos, las cucarachas voladoras que se metían entre las sábanas, los caminos de ratones y de hormigas, las arañas que amanecían pataleando en el vaso de agua sobre

 

la mesita de noche, las gallinas insolentes que ponían huevos en los zapatos y se cagaban en la ropa blanca del armario. Cuando cambió el clima, tuvo nuevas calamidades que lamentar, el lodazal del patio, los días más cortos, a las cinco estaba oscuro y no había nada más que hacer, aparte de enfrentar la larga noche solitaria, el viento y el resfrío, que ella combatía con cataplasmas de eucalipto, sin poder evitar

 

que se contagiaran unos a otros en una cadena sin fin. Estaba harta de luchar contra los elementos sin más distracción que ver crecer a Blanca, que parecía un antropófago, como decía jugando con ese chiquillo sucio, Pedro Tercero, que era el colmo que la niña no tuviera alguien de su clase con quien mezclarse, estaba adquiriendo malos modales, andaba con las mejillas chapatozas y costrones secos en las rodillas, «miren

 

como habla, parece un indio, estoy cansada de quitarle piojos de la cabeza y ponerle azul de metileno en la sarna». A pesar de sus murmuraciones, conservaba su rígida dignidad, su moño inalterable, su blusa almidonada y el manojo de llaves colgando de la cintura, nunca sudaba, no se rascaba y mantenía siempre su tenue aroma de lavanda y limón. Nadie pensaba que algo pudiera alterar su autocontrol, hasta un día en que sintió picor en la espalda. Era un picazón tan fuerte, que no pudo evitar rascarse con disimulo pero nada podía aliviarla. Por último fue al baño y se quitó el

 

corsé, que aun en los días de mayor trabajo, llevaba puesto. Al soltar las tiras cayó al suelo un ratón aturdido que había estado allí toda la mañana procurando inútilmente reptar hacia la salida, entre las barbas duras de la faja y la carne oprimida de su dueña. Férula tuvo la primera crisis de nervios de su vida. A sus gritos acudieron todos y la encontraron metida dentro de la bañera, lívida de terror y todavía medio desnuda,

 

dando alaridos de maníaca y señalando con un dedo trémulo al pequeño roedor, que se ponía trabajosamente en pie y procuraba avanzar hacia un lugar seguro. Esteban dijo que era la menopausia y que no había que hacerle caso. Tampoco le hicieron caso cuando tuvo el segundo ataque. Era el cumpleaños de Esteban. Amaneció un domingo asoleado y había mucha agitación en la casa, porque por primera vez iban a dar una

 

fiesta en Las Tres Marías, desde los días olvidados en que doña Ester era una muchachita. Invitaron a varios parientes y amigos, que hicieron el viaje en tren desde la capital, y a todos los terratenientes de la zona, sin olvidar a los notables del pueblo. Con una semana de anticipación prepararon el banquete: media res asada en el patio, pastel de riñones, cazuela de gallina, guisos de maíz, torta de manjar blanco y lúcumas

 

y los mejores vinos de la cosecha. A mediodía comenzaron a llegar los invitados en coche o a caballo y la gran casa de adobe se llenó de conversaciones y risas. Férula se distrajo un momento para correr al baño, uno de esos inmensos baños de la casa donde el excusado quedaba al medio de la pieza, rodeado de un desierto de cerámicas blancas. Estaba instalada en aquel asiento solitario como un trono, cuando se abrió la

 

 

 

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puerta y entró uno de los invitados, nada menos que el alcalde del pueblo, desabrochándose la bragueta y algo achispado con el aperitivo. Al ver a la señorita se quedó paralizado de confusión y sorpresa y cuando pudo reaccionar, lo único que se le ocurrió fue avanzar con una sonrisa torcida, cruzar toda la habitación, extender la mano y saludarla con una venia. -Zorobabel Blanco Jamasmié, a sus gratas órdenes -se presentó.

 

«¡Por Dios! Nadie puede vivir entre gentes tan rústicas. Si quieren se quedan ustedes en este purgatorio de incivilizados, lo que es yo, me vuelvo a la ciudad, quiero

 

vivir como cristiana, como he vivido siempre», exclamó Férula cuando pudo hablar del asunto sin ponerse a llorar. Pero no se fue. No quería separarse de Clara, había llegado a adorar hasta el aire que ella exhalaba y aunque ya no tenía ocasión de bañarla y dormir con ella, procuraba demostrarle su ternura con mil pequeños detalles a los cuales dedicaba su existencia. Aquella mujer severa y tan poco complaciente consigo

 

misma y con los demás, podía ser dulce y risueña con Clara y a veces, por extensión, también con Blanca. Sólo con ella se permitía el lujo de ceder ante su desbordante deseo de servir y de ser amada, con ella podía manifestar, aunque fuera solapadamente, los más secretos y delicados anhelos de su alma. A lo largo de tantos años de soledad y tristeza había ido decantando las emociones y limpiando los

 

sentimientos, hasta reducirlos a unas pocas terribles y magníficas pasiones, que la ocupaban por completo. No tenía capacidad para las pequeñas turbaciones, para los rencores mezquinos, las envidias disimuladas, las obras de caridad, los cariños desteñidos, la cortesía amable o las consideraciones cotidianas. Era uno de esos seres nacidos para la grandeza de un solo amor, para el odio exagerado, para la venganza

 

apocalíptica y para el heroísmo más sublime, pero no pudo realizar su destino a la medida de su romántica vocación, y éste transcurrió chato y gris, entre las paredes de un cuarto de enferma, en míseros conventillos, en tortuosas confesiones, donde esa mujer grande, opulenta, de sangre ardiente, hecha para la maternidad, para la abundancia, la acción y el ardor, se fue consumiendo. En esa época tenía alrededor de

 

cuarenta y cinco años, su espléndida raza y sus lejanos antepasados moriscos, la mantenían tersa, con el pelo todavía negro y sedoso, con un solo mechón blanco en la frente, el cuerpo fuerte y delgado y el andar resuelto de la gente sana, sin embargo, el desierto de su vida le daba un aspecto mucho mayor. Tengo un retrato de Férula tomado en esos años, durante un cumpleaños de Blanca. Es una vieja fotografía color

 

sepia, desteñida por el tiempo, donde, sin embargo, aún se la puede ver con claridad. Era una regia matrona, pero tenía un rictus amargo en el rostro que delataba su tragedia interior. Probablemente esos años junto a Clara fueron los únicos felices para ella, porque sólo con Clara pudo intimar. Ella fue la depositaria de sus más sutiles emociones y a ella pudo dedicar su enorme capacidad de sacrificio y veneración. Una

 

vez se atrevió a decírselo y Clara escribió en su cuaderno de anotar la vida, que Férula la amaba mucho más de lo que ella merecía o podía retribuir. Por ese amor desmesurado, Férula no quiso irse de Las Tres Marías ni siquiera cuando cayó la plaga de las hormigas, que empezó con un ronroneo en los potreros, una sombra oscura que se deslizaba con rapidez comiéndose todo, las mazorcas, los trigales, la alfalfa y la maravilla. Las rociaban con gasolina y les prendían fuego, pero reaparecían con nuevos bríos. Pintaban con cal viva los troncos de los árboles, pero ellas subían sin detenerse

 

y no respetaban peras, manzanas ni naranjas, se metían en la huerta y acababan con los melones, entraban en la lechería y la leche amanecía agria y llena de minúsculos cadáveres, se introducían en los gallineros y se devoraban a los pollos vivos, dejando un desperdicio de plumas y unos huesitos de lástima. Hacían caminos dentro de la casa, entraban por las cañerías, se apoderaban de la despensa, todo lo que se

 

cocinaba había que comérselo al instante, porque si quedaba unos minutos sobre la

 

 

 

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mesa, llegaban en procesión y se lo zampaban. Pedro Segundo García las combatió con agua y fuego y enterró esponjas empapadas en miel de abejas, para que se juntaran atraídas por el dulce y poderlas matar a mansalva, pero todo fue inútil. Esteban Trueba se fue al pueblo y regresó cargado con pesticidas de todas las marcas conocidas, en polvo, en líquido y en píldoras y echó tanto por todos lados, que no se

 

podían comer las verduras porque daban retorcijones de barriga. Pero las hormigas siguieron apareciendo y multiplicándose, cada día más insolentes y decididas. Esteban se fue otra vez al pueblo y puso un telegrama a la capital. Tres días después desembarcó en la estación míster Brown, un gringo enano, provisto de una maleta misteriosa, que Esteban presentó como técnico agrícola experto en insecticidas.

 

Después de refrescarse con una jarra de vino con frutas, desplegó su maleta sobre la mesa. Extrajo un arsenal de instrumentos nunca vistos y procedió a coger una hormiga y observarla detenidamente con un microscopio. -¿Qué le mira tanto, míster, si son todas iguales? -dijo Pedro Segundo García.

 

El gringo no le contestó. Cuando acabó de identificar la raza, el estilo de vida, la ubicación de sus madrigueras, sus hábitos y hasta sus más secretas intenciones, había pasado una semana y las hormigas se estaban metiendo en las camas de los niños, se habían comido las reservas de alimento para el invierno y comenzaban a atacar a los

 

caballos y a las vacas. Entonces míster Brown explicó que había que fumigarlas con un producto de su invención que volvía estériles a los machos, con lo cual dejaban de multiplicarse y luego debían rociarlas con otro veneno, también de su invención, que provocaba una enfermedad mortal en las hembras, y eso, aseguró, acabaría con el problema. -¿En cuánto tiempo? -preguntó Esteban Trueba que de la impaciencia estaba pasando a la furia. -Un mes -dijo míster Brown.

 

-Para entonces ya se habrán comido hasta los humanos, míster -dijo Pedro Segundo García-. Si me lo permite, patrón, voy a llamar a mi padre. Hace tres semanas que me está diciendo que él conoce un remedio para la plaga. Yo creo que son cosas de viejo, pero no perdemos nada con probar. Llamaron al viejo Pedro García, que llegó arrastrando sus pies, tan oscuro, empequeñecido y desdentado, que Esteban se sobresaltó al comprobar el paso del tiempo. El viejo escuchó con el sombrero en la mano, mirando el suelo y masticando el aire con sus encías desnudas. Después pidió un pañuelo blanco, que Férula le trajo del armario de Esteban, y salió de la casa, cruzó el patio y se fue derecho al huerto, seguido por todos los habitantes de la casa y por el enano extranjero, que sonreía con

 

desprecio, ¡estos bárbaros, oh God! El anciano se encuclilló con dificultad y comenzó a juntar hormigas. Cuando tuvo un puñado, las puso dentro del pañuelo, anudó las cuatro puntas y metió el atadito en su sombrero. -Les voy a mostrar el camino, para que se vayan, hormigas, y para que se lleven a las demás -dijo. El viejo se subió en un caballo y se fue al paso murmurando consejos y recomendaciones para las hormigas, oraciones de sabiduría y fórmulas de encantamiento. Lo vieron alejarse rumbo al límite de la propiedad. El gringo se sentó en el suelo a reírse como un enajenado, hasta que Pedro Segundo García lo sacudió. -Vaya a reírse de su abuela, míster, mire que el viejo es mi padre -le advirtió.

 

Al atardecer regresó Pedro García. Desmontó lentamente, dijo al patrón que había puesto a las hormigas en la carretera y se fue a su casa. Estaba cansado. A la mañana

 

 

 

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siguiente vieron que no había hormigas en la cocina, tampoco en la despensa, buscaron en el granero, en el establo, en los gallineros, salieron a los potreros, fueron hasta el río, revisaron todo y no encontraron una sola, ni para muestra. El técnico se puso frenético. -¡Tener que decirme cómo hacer eso! -clamaba. -Hablándoles, pues, míster. Dígales que se vayan, que aquí están molestando y ellas entienden -explicó Pedro García, el viejo. Clara fue la única que consideró natural el procedimiento. Férula se aferró a eso para decir que se encontraban en un hoyo, en una región inhumana, donde no funcionaban las leyes de Dios ni el progreso de la ciencia, que cualquier día iban a

 

empezar a volar en escobas, pero Esteban Trueba la hizo callar: no quería que le metieran nuevas ideas en la cabeza a su mujer. En los últimos días Clara había vuelto a sus quehaceres lunáticos, a hablar con los aparecidos y a pasar horas escribiendo en los cuadernos de anotar la vida. Cuando perdió interés por la escuela, el taller de costura o los mítines feministas y volvió a opinar que todo era muy bonito,

 

comprendieron que otra vez estaba encinta. -¡Por culpa tuya! -gritó Férula a su hermano.

 

-Eso espero -contestó él.

 

Pronto fue evidente que Clara no estaba en condiciones de pasar el embarazo en el campo y parir en el pueblo, así es que organizaron el regreso a la capital. Eso consoló un poco a Férula, que sentía la preñez de Clara como una afrenta personal. Ella viajó antes con la mayor parte del equipaje y los sirvientes, para abrir la gran casa de la

 

esquina y preparar la llegada de Clara. Esteban acompañó días después a su mujer y a su hija de vuelta a la ciudad y nuevamente dejó a Las Tres Marías en manos de Pedro Segundo García, que se había convertido en el administrador, aunque no por ello ganaba más privilegio, sólo más trabajo. El viaje de Las Tres Marías a la capital terminó de agotar las fuerzas de Clara. Yo la veía cada vez más pálida, asmática, ojerosa. Con el bamboleo de los caballos y después con el del tren, el polvo del camino y su natural tendencia al mareo, iba perdiendo las energías a ojos vistas y yo no podía hacer mucho por ayudarla, porque cuando estaba mal prefería que no le hablaran. Al bajarnos en la estación tuve que sostenerla, porque le flaqueaban las piernas. -Creo que me voy a elevar -dijo.

 

-¡Aquí no! -le grité espantado ante la idea de que saliera volando por encima de las cabezas de los pasajeros en el andén. Pero ella no se refería concretamente a la levitación, sino a subir a un nivel que le permitiera desprenderse de la incomodidad, del peso de su embarazo y de la profunda

 

fatiga que se le estaba metiendo en los huesos. Entró en otro de sus largos períodos de silencio, creo que le duró varios meses, durante los cuales se servía de la pizarrita, como en los tiempos de la mudez. En esa ocasión no me alarmé, porque supuse que recuperaría la normalidad como había ocurrido después del nacimiento de Blanca y, por otra parte, había llegado a comprender que el silencio era el último inviolable refugio de mi mujer, y no una enfermedad mental, como sostenía el doctor Cuevas. Férula la cuidaba de la misma forma obsesiva como antes cuidaba a nuestra madre, la

 

trataba como si fuera una inválida, no quería dejarla nunca sola y había descuidado a Blanca, que lloraba todo el día porque quería regresar a Las Tres Marías. Clara deambulaba como una sombra gorda y callada por la casa, con un desinterés budista

 

 

 

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por todo lo que la rodeaba. A mí ni siquiera me miraba, pasaba por mi lado como si yo fuera un mueble y cuando le dirigía la palabra se quedaba en la luna, como si no me oyera o no me conociera. No habíamos vuelto a dormir juntos. Los días ociosos en la ciudad y la atmósfera irracional que se respiraba en la casa me ponían los nervios de punta. Procuraba mantenerme ocupado, pero no era suficiente: estaba siempre de mal

 

humor. Salía todos los días a vigilar mis negocios. En esa época empecé a especular en la Bolsa de Comercio y pasaba horas estudiando los altibajos de los valores internacionales, me dediqué a invertir plata, a armar sociedades, a las importaciones. Pasaba muchas horas en el Club. También comencé a interesarme en la política y hasta entré en un gimnasio, donde un gigantesco entrenador me obligaba a ejercitar

 

unos músculos que no sospechaba que tenía en el cuerpo. Me habían recomendado que me diera masajes, pero nunca me gustó eso: detesto que me toquen manos mercenarias. Pero nada de todo aquello podía llenarme el día, estaba incómodo y aburrido, quería volver al campo, pero no me atrevía a dejar la casa, donde a todas luces se necesitaba la presencia de un hombre razonable entre esas mujeres

 

histéricas. Además, Clara estaba engordando demasiado. Tenía una barriga descomunal que apenas podía sostener en su frágil esqueleto. Le daba pudor que la viera desnuda, pero era mi mujer y yo no iba a permitir que me tuviera vergüenza. La ayudaba a bañarse, a vestirse, cuando Férula no se me adelantaba, y sentía una pena infinita por ella, tan pequeña y delgada, con esa monstruosa panza, acercándose peligrosamente al momento del parto. Muchas veces me desvelé pensando que se podía morir al dar a luz y me encerraba con el doctor Cuevas a discutir la mejor forma

 

de ayudarla. Habíamos acordado que si las cosas no se presentaban bien, era mejor hacerle otra cesárea, pero yo no quería que la llevaran a una clínica y él se negaba a practicarle otra operación como la primera en el comedor de la casa. Decía que no había comodidades, pero en esos tiempos las clínicas eran un foco de infecciones y allí eran más los que morían que los que salvaban. Un día, faltando poco para la fecha del parto, Clara descendió sin previo aviso de su refugio brahamánico y volvió a hablar. Quiso una taza de chocolate y me pidió que la llevara a pasear. El corazón medio un vuelco. Toda la casa se llenó de alegría, abrimos champán, hice poner flores frescas en todos los jarrones, le encargué camelias, sus

 

flores preferidas y tapicé con ellas su cuarto, hasta que le empezó a dar asma y tuvimos que sacarlas rápidamente. Corrí a comprarle un broche de diamantes a la calle de los joyeros judíos. Clara me lo agradeció efusivamente, lo encontró muy bonito, pero nunca se lo vi puesto. Supongo que habrá ido a parar a algún lugar impensado donde lo puso y luego lo olvidó, como casi todas las alhajas que le compré a lo largo

 

de nuestra vida en común. Llamé al doctor Cuevas, quien se presentó con el pretexto de tomar el té, pero en realidad venía a examinar a Clara. Se la llevó a su habitación y después nos dijo a Férula y a mí que si bien parecía curada de su crisis mental, había que prepararse para un alumbramiento difícil, porque el niño era muy grande. En ese momento entró Clara al salón y debe de haber oído la última frase. -Todo saldrá bien, no se preocupen -dijo. -Espero que esta vez sea hombre, para que lleve mi nombre -bromeé. -No es uno, son dos -replicó Clara-. Los me llizos se llam arán Jaime y Nicolás respectivamente -agregó. Eso fue demasiado para mí. Supongo que estallé por la presión acumulada en los últimos meses. Me puse furioso, alegué que ésos eran nombres de comerciantes extranjeros, que nadie se llamaba así en mi familia ni en la suya, que por lo menos uno debía llamarse Esteban como yo y como mi padre, pero Clara explicó que los nombres repetidos crean confusión en los cuadernos de anotar la vida y se mantuvo

 

 

 

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inflexible en su decisión. Para asustarla rompí de un manotazo un jarrón de porcelana que, me parece, era el último vestigio de los tiempos esplendorosos de mi bisabuelo, pero ella no se conmovió y el doctor Cuevas sonrió detrás de su taza de té, lo cual me indignó más. Salí dando un portazo y me fui al Club. Esa noche me emborraché. En parte porque lo necesitaba y en parte por venganza, me fui al burdel más conocido de la ciudad, que tenía un nombre histórico. Quiero aclarar que no soy hombre de prostitutas y que sólo en los períodos en que me ha tocado vivir solo por un tiempo largo, he recurrido a ellas. No sé lo que me pasó ese día, estaba picado con Clara, andaba enojado, me sobraban energías, me tenté. En

 

esos años el negocio del Cristóbal Colón era floreciente, pero no había adquirido aún el prestigio internacional que llegó a tener cuando aparecía en las cartas de navegación de las compañías inglesas y en las guías turísticas, y lo filmaron para la televisión. Entré a un salón de muebles franceses, de ésos con patas torcidas, donde me recibió una matrona nacional que imitaba a la perfección el acento de París, y que comenzó

 

por darme a conocer la lista de los precios y enseguida procedió a preguntarme si yo tenía a alguien especial en mente. Le dije que mi experiencia se limitaba al Farolito Rojo y a algunos miserables lupanares de mineros en el Norte, de modo que cualquier mujer joven y limpia me vendría bien. -Usted me cae simpático, mesiú -dijo ella-. Le voy a traer lo mejor de la casa. A su llamado acudió una mujer enfundada en un vestido de raso negro demasiado estrecho, que apenas podía contener la exuberancia de su feminidad. Llevaba el pelo ladeado sobre una oreja, un peinado que nunca me ha gustado, y a su paso se

 

desprendía un terrible perfume almizclado que quedaba flotando en el aire, tan persistente como un gemido. -Me alegro de verlo, patrón -saludó y entonces la reconocí, porque la voz era lo único que no le había cambiado a Tránsito Soto. Me llevó de la mano a un cuarto cerrado como una tumba, con las ventanas cubiertas de cortinajes oscuros, donde no había penetrado un rayo de luz natural

 

desde tiempos ignotos, pero que, de todos modos parecía un palacio comparado con las sórdidas instalaciones del Farolito Rojo. Allí quité personalmente el vestido de raso negro a Tránsito, desarmé su horrendo peinado y pude ver que en esos años había crecido, engordado y embellecido. Veo que has progresado mucho -le dije. -Gracias a sus cincuenta pesos, patrón. Me sirvieron para comenzar -me respondió-. Ahora puedo devolvérselos reajustados, porque con la inflación ya no valen lo que antes. -¡Prefiero que me debas un favor, Tránsito! -me reí. Terminé de quitarle las enaguas y comprobé que no quedaba casi nada de la muchacha delgada, con los codos y las rodillas salientes, que trabajaba en el Farolito Rojo, excepto su incansable disposición para la sensualidad y su voz de pájaro ronco. Tenía el cuerpo depilado y su piel había sido frotada con limón y miel de hamamelis, como me explicó hasta dejarla suave y blanca como la de una criatura. Tenía las uñas

 

teñidas de rojo y una serpiente tatuada alrededor del ombligo, que podía mover en círculos mientras mantenía en perfecta inmovilidad el resto de su cuerpo. Simultáneamente con demostrarme su hab ilidad para ondular la serpiente, me contó su vida. -Si me hubiera quedado en el Farolito Rojo ¿qué habría sido de mí, patrón? Ya no tendría dientes, sería una vieja. En esta profesión una se desgasta mucho, hay que cuidarse. ¡Y eso que yo no ando por la calle! Nunca me ha gustado eso, es muy

 

 

 

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peligroso. En la calle hay que tener un cafiche, porque si no se arriesga mucho. Nadie la respeta a una. Pero ¿por qué darle a un hombre lo que cuesta tanto ganar? En ese sentido las mujeres son muy brutas. Son hijas del rigor. Necesitan a un hombre para sentirse seguras y no se dan cuenta que lo único que hay que temer es a

 

los mismos hombres. No saben administrarse, necesitan sacrificarse por alguien. Las putas son las peores, patrón, créamelo. Dejan la vida trabajando para un cafiche, se alegran cuando él les pega, se sienten orgullosas de verlo bien vestido, con dientes de oro, con anillos y cuando las deja y se va con otra más joven, se lo perdonan porque «es hombre». No, patrón, yo no soy así. A mí nadie me ha mantenido, por eso ni loca

 

me pondría a mantener a otro. Trabajo para mí, lo que gano me lo gasto como quiero. Me ha costado mucho, no crea que ha sido fácil, porque a las dueñas de prostíbulo no les gusta tratar con mujeres, prefieren entenderse con los cafiches. No la ayudan a una. No tienen consideración. -Pero parece que aquí te aprecian, Tránsito. Me dijeron que eras lo mejor de la casa. -Lo soy. Pero este negocio se iría al suelo si no fuera por mí, que trabajo como un burro -dijo ella-. Las demás ya están como estropajos, patrón. Aquí vienen puros viejos, ya no es lo que era antes. Hay que modernizar esta cuestión, para atraer a los empleados públicos, que no tienen nada que hacer a mediodía, a la juventud, a los estudiantes. Hay que ampliar las instalaciones, darle más alegría al local y limpiar. ¡Limpiar a fondo! Así la clientela tendría confianza y no estaría pensando que puede agarrarse una venérea ¿verdad? Esto es una cochinada. No limpian nunca. Mire, levante la almohada y seguro le salta una chinche. Se lo he dicho a la madame, pero

 

no me hace caso. No tiene ojo para el negocio. -¿Y tú lo tienes?

 

-¡Claro pues, patrón! A mí se me ocurren un millón de cosas p ara mejorar al Cristóbal Colón. Yo le pongo entusiasmo a esta profesión. No soy como esas que andan puro quejándose y echándole la culpa a la mala suerte cuando les va mal. ¿No ve donde he llegado? Ya soy la mejor. Si me empeño, puedo tener la mejor casa del país,

 

se lo juro. Me estaba divirtiendo mucho. Sabía apreciarla, porque de tanto ver la ambición en el espejo cuando me afeitaba en las mañanas, había terminado por aprender a reconocerla cuando la veía en los demás. -Me parece una excelente idea, Tránsito. ¿Por qué no montas tu propio negocio? Yo te pongo el capital -le ofrecí fascinado con la idea de ampliar mis intereses comerciales en esa dirección, ¡cómo estaría de borracho! -No, gracias, patrón -respondió Tránsito acariciando su serpiente con una uña pintada de laca china-. No me conviene salir de un capitalista para caer en otro. Lo que hay que hacer es una cooperativa y mandar a la madame al carajo. ¿No ha oído hablar

 

de eso? Váyase con cuidado, mire que si sus inquilinos le forman una cooperativa en el campo, usted se jodió. Lo que yo quiero es una cooperativa de putas. Pueden ser putas y maricones, para darle más amplitud al negocio. Nosotros ponemos todo, el capital y el trabajo. ¿Para qué queremos un patrón? Hicimos el amor en la forma violenta y feroz que yo casi había olvidado de tanto navegar en el velero de aguas mansas de la seda azul. En aquel desorden de almohadas y sábanas, apretados en el nudo vivo del deseo, atornillándonos hasta desfallecer, volví a sentirme de veinte años, contento de tener en los brazos a esa hembra brava y prieta que no se deshacía en hilachas cuando la montaban, una yegua

 

fuerte a quien cabalgar sin contemplaciones, sin que a uno las manos le queden muy pesadas, la voz muy dura, los pies muy grandes o la barba muy áspera, alguien como

 

 

 

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uno, que resiste un sartal de palabrotas al oído y no necesitaba ser acunado con ternuras ni engañado con galanteos. Después, adormecido y feliz, descansé un rato a su lado, admirando la curva sólida de su cadera y el temblor de su serpiente. -Nos volveremos a ver, Tránsito -dije al darle la propina.

 

-Eso mismo le dije yo antes, patrón tse acuerda? -me contestó con un último vaivén de su serpiente. En realidad, no tenía intención de volver a verla. Más bien prefería olvidarla.

 

No habría mencionado este episodio si Tránsito Soto no hubiera jugado un papel tan importante para mí mucho tiempo después, porque, como ya dije, no soy hombre de

 

prostitutas. Pero esta historia no habría podido escribirse si ella no hubiera intervenido para salvarnos y salvar, de paso, nuestros recuerdos. Pocos días después, cuando el doctor Cuevas estaba preparándoles el ánimo para volver a abrir la barriga a Clara, murieron Severo y Nívea del Valle, dejando varios hijos y cuarenta y siete nietos vivos. Clara se enteró antes que los demás a través de

 

un sueño, pero no se lo dijo más que a Férula, quien procuró tranquilizarla explicándole que el embarazo produce un estado de sobresalto en el que los malos sueños son frecuentes. Duplicó sus cuidados, la friccionaba con aceite de almendras dulces para evitar las estrías en la piel del vientre, le ponía miel de abejas en los pezones para que no se le agrietaran, le daba de comer cáscara molida de huevo para que tuviera buena leche y no se le picaran los dientes y le rezaba oraciones de Belén para el buen parto. Dos días después del sueño, llegó Esteban Trueba más temprano

 

que de costumbre a la casa, pálido y descompuesto, agarró a su hermana Férula de un brazo y se encerró con ella en la biblioteca. -Mis suegros se mataron en un accidente -le dijo brevemente-. No quiero que Clara se entere hasta después del parto. Hay que hacer un muro de censura a su alrededor, ni periódicos, ni radio, ni visitas, ¡nada! Vigila a los sirvientes para que nadie se lo diga. Pero sus buenas intenciones se estrellaron contra la fuerza de las premoniciones de Clara. Esa noche volvió a soñar que sus padres caminaban por un campo de cebollas y que Nívea iba sin cabeza, de modo que así supo todo lo ocurrido sin necesidad de leerlo en el periódico ni de escucharlo por la radio. Despertó muy excitada y pidió a Férula que la ayudara a vestirse, porque debía salir en busca de la cabeza de su

 

madre. Férula corrió donde Esteban y éste llamó al doctor Cuevas, quien, aun a riesgo de dañar a los mellizos, le dio una pócima p ara locos destinada a hacerla dormir dos días, pero que no tuvo ni el menor efecto en ella. Los esposos Del Valle murieron tal como Clara lo soñó y tal como, en broma, Nívea había anunciado a menudo que morirían. -Cualquier día nos vamos a matar en esta máquina infernal -decía Nívea señalando al viejo automóvil de su marido. Severo del Valle tuvo desde joven debilidad por los inventos modernos. El automóvil no fue una excepción. En los tiempos en que todo el mundo se movilizaba a pie, en coche de caballos o en velocípedos, él compró el primer automóvil que llegó al país y que estaba expuesto como una curiosidad en una vitrina del centro. Era un prodigio mecánico que se desplazaba a la velocidad suicida de quince y hasta veinte kilómetros

 

por hora, en medio del asombro de los peatones y las maldiciones de quienes a su paso quedaban salpicados de barro o cubiertos de polvo. Al principio fue combatido como un peligro público. Eminentes científicos explicaron por la prensa que el

 

 

 

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organismo humano no estaba hecho para resistir un desplazamiento a veinte kilómetros por hora y que el nuevo ingrediente que llamaban gasolina podía inflamarse y producir una reacción en cadena que acabaría con la ciudad. Hasta la Iglesia se metió en el asunto. El padre Restrepo, que tenía a la familia Del Valle en la mira desde el enojoso asunto de Clara en la misa del Jueves Santo, se constituyó en guardián de

 

las buenas costumbres e hizo oír su voz de Galicia contra los «amicis rerum novarum», amigos de las cosas nuevas, como esos aparatos satánicos que comparó con el carro de fuego en que el profeta Elías desapareció en dirección al cielo. Pero Severo ignoró el escándalo y al poco tiempo otros caballeros siguieron su ejemplo, hasta que el espectáculo de los automóviles dejó de ser una novedad. Lo usó por más de diez años,

 

negándose a cambiar el modelo cuando la ciudad se llenó de carros modernos que eran más eficientes y seguros, por la misma razón que su esposa no quiso eliminar a los caballos de tiro hasta que murieron tranquilamente de vejez. El Sunbeam tenía cortinas de encaje y dos floreros de cristal en los costados, donde Nívea mantenía flores frescas, era todo forrado en madera pulida y en cuero ruso y sus piezas de

 

bronce eran brillantes como el oro. A pesar de su origen británico, fue bautizado con un nombre indígena, Covadonga. Era perfecto, en verdad, excepto porque nunca le funcionaron bien los frenos. Severo se enorgullecía de sus habilidades mecánicas. Lo desarmó varias veces intentando arreglarlo y otras tantas se lo confió al Gran Cornudo, un mecánico italiano que era el mejor del país. Le debía su apodo a una tragedia que había ensombrecido su vida. Decían que su mujer, hastiada de ponerle cuernos sin que él se diera por aludido, lo abandonó una noche tormentosa, pero antes de marcharse

 

ató unos cuernos de carnero que consiguió en la carnicería, en las puntas de la reja del taller mecánico. Al día siguiente, cuando el italiano llegó a su trabajo, encontró un corrillo de niños y vecinos burlándose de él. Aquel drama, sin embargo, no mermó en nada su prestigio profesional, pero él tampoco pudo componer los frenos del

 

Covadonga. Severo optó por llevar una piedra grande en el automóvil y cuando estacionaba en pendiente, un pasajero apretaba el freno de pie y el otro descendía rápidamente y ponía la piedra por delante de las ruedas. El sistema en general daba buen resultado, pero ese domingo fatal, señalado por el destino como el último de sus vidas, no fue así. Los esposos Del Valle salieron a pasear a las afueras de la ciudad como hacían siempre que había un día asoleado. De pronto los frenos dejaron de

 

funcionar por completo y antes que Nívea alcanzara a saltar del coche para colocar la piedra, o Severo a maniobrar, el automóvil se fue rodando cerro abajo. Severo trató de desviarlo o de detenerlo, pero el diablo se había apoderado de la máquina que voló descontrolada hasta estrellarse contra una carretela cargada de fierro de construcción. Una de las láminas entró por el parabrisas y decapitó a Nívea limpiamente. Su cabeza salió disparada y a pesar de la búsqueda de la policía, los guardabosques y los vecinos voluntarios que salieron a rastrearla con perros, fue imposible dar con ella en dos días. Al tercero los cuerpos comenzaban a heder y tuvieron que enterrarlos incompletos en un funeral magnífico al cual asistió la tribu Del Valle y un número increíble de amigos y conocidos, además de las delegaciones de mujeres que fueron a despedir los restos

 

mortales de Nívea, considerada para entonces la primera feminista del país y de quien sus enemigos ideológicos dijeron que si había perdido la cabeza en vida, no había razón para que la conservara en la muerte. Clara, recluida en su casa, rodeada de sirvientes que la cuidaban, con Férula como guardián y dopada por el doctor Cuevas, no asistió al sepelio. No hizo ningún comentario que indicara que sabía el espeluznante

 

asunto de la cabeza perdida, por consideración a todos los que habían intentado ahorrarle ese último dolor, sin embargo, cuando terminaron los funerales y la vida pareció retornar a la normalidad, Clara convenció a Férula de que la acompañara a buscarla y fue inútil que su cuñada le diera más pócimas y píldoras, porque no desistió en su empeño. Vencida, Férula comprendió que no era posible seguir alegando que lo

 

 

 

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de la cabeza era un mal sueño y que lo mejor era ayudarla en sus planes, antes que la ansiedad terminara de desquiciarla. Esperaron que Esteban Trueba saliera. Férula la ayudó a vestirse y llamó a un coche de alquiler. Las instrucciones que Clara le dio al chofer fueron algo imprecisas. -Usted dele para adelante, que yo le voy diciendo el camino -le dijo, guiada por su instinto para ver lo invisible. Salieron de la ciudad y entraron al espacio abierto donde las casas se distanciaban y empezaban las colinas y los suaves valles, doblaron a indicación de Clara por un

 

camino lateral y siguieron entre abedules y campos de cebollas hasta que ordenó al chofer que se detuviera junto a unos matorrales. -Aquí es -dijo. -¡No puede ser!, ¡estamos lejísimos del lugar del accidente! -dudó Férula.

 

-¡Te digo que es aquí! -insistió Clara, bajándose del coche con dificultad, balanceando su enorme vientre, seguida por su cuñada, que mascullaba oraciones y por el hombre, que no tenía la menor idea del objetivo del viaje. Trató de reptar entre las matas, pero se lo impidió el volumen de los mellizos. -Hágame el favor, señor, métase allí y páseme una cabeza de señora que va a encontrar -pidió al chofer. Él se arrastró debajo de los espinos y encontró la cabeza de Nívea que parecía un melón solitario. La tomó del pelo y salió con ella gateando a cuatro patas. Mientras el hombre vomitaba apoyado en un árbol cercano, Férula y Clara le limpiaron a Nívea la tierra y los guijarros que se le habían metido por las orejas, la nariz y la boca y le acomodaron el pelo, que se le había desbaratado un poco, pero no pudieron cerrarle los ojos. La envolvieron en un chal y regresaron al coche. -¡Apúrese, señor, porque creo que voy a dar a luz! -dijo Clara al chofer.

 

Llegaron justo a tiempo para acomodar a la madre en su cama. Férula se afanó con los preparativos mientras iba un sirviente a buscar al doctor Cuevas y a la comadrona.

 

Clara, que con el vapuleo del coche, las emociones de los últimos días y las pócimas del médico había adquirido la facilidad para dar a luz que no tuvo con su primera hija, apretó los dientes, se sujetó del palo de mesana y del trinquete del velero y se dio a la tarea de echar al mundo en el agua mansa de la seda azul, a Jaime y Nicolás, que nacieron precipitadamente, ante la mirada atenta de su abuela, cuyos ojos

 

continuaban abiertos observándolos desde la cómoda. Férula los agarró por turnos del mechón de pelo húmedo que les coronaba la nuca y los ayudó a salir a tirones con la experiencia adquirida viendo nacer potrillos y terneros en Las Tres Marías. Antes que llegaran el médico y la comadrona, ocultó debajo de la cama la cabeza de Nívea, para evitar engorrosas explicaciones. Cuando éstos llegaron, tuvieron muy poco que hacer,

 

porque la madre descansaba tranquila y los niños, minúsculos como sietemesinos, pero con todas sus partes enteras y en buen estado, dormían en brazos de su extenuada tía. La cabeza de Nívea se convirtió en un problema, porque no había donde ponerla para no estar viéndola. Por fin Férula la colocó dentro de una sombrerera de cuero envuelta en unos trapos. Discutieron la posibilidad de ente rrarla como Dios manda, pero habría sido un papeleo interminable conseguir que abrieran la tumba para incluir lo que faltaba y, por otra parte, temían el escándalo si se hacía pública la forma en que Clara la había encontrado donde los sabuesos fracasaron. Esteban Trueba, temeroso

 

del ridículo como siempre fue, optó por una solución que no diera argumentos a las malas lenguas, porque sabía que el extraño comportamiento de su mujer era el blanco de los chismes. Había trascendido la habilidad de Cl ara para mover objetos sin tocarlos

 

 

 

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y para adivinar lo imposible. Alguien desenterró la historia de la mudez de Clara durante su infancia y la acusación del padre Restrepo, aquel santo varón que la Iglesia pretendía convertir en el primer beato del país. El par de años en Las Tres Marías sirvió para acallar las murmuraciones y que la gente olvidara, pero Trueba sabía que bastaba una insignificancia, como el asunto de la cabeza de su suegra, para que volvieran las

 

habladurías. Por eso, y no por desidia, como se dijo años más tarde, la sombrerera se guardó en el sótano a la espera de una ocasión adecuada para darle cristiana sepultura.

 

Clara se repuso del doble parto con rapidez. Le entregó la crianza de los niños a su cuñada y a la Nana, que después de la muerte de sus antiguos patrones, se empleó en la casa de los Trueba para seguir sirviendo a la misma sangre, como decía. Había nacido para acunar hijos ajenos, para usar la ropa que otros desechaban, para comer

 

sus sobras, para vivir de sentimientos y tristezas prestadas, para envejecer bajo el techo de otros, para morir un día en su cuartucho del último patio, en una cama que no era suya y ser enterrada en una tumba común del Cementerio General. Tenía cerca de setenta años, pero se mantenía inconmovible en su afán, incansable en los trajines, intocada por el tiempo, con agilidad para disfrazarse de cuco y asaltar a Clara en los rincones cuando le bajaba la manía de la mudez y la pizarrita, con fortaleza para lidiar con los mellizos y ternura p ara consentir a Blanca, igual como antes lo hizo con su madre y su abuela. Había adquirido el hábito de murmurar oraciones constantemente, porque cuando se dio cuenta que nadie en la casa era creyente, asumió la responsabilidad de orar por los vivos de la fam ilia, y, por cierto, también por sus muertos, como una prolongación de los servicios que les había prestado en vida. En su vejez llegó a olvidar para quién rezaba, pero mantuvo la costumbre con la certeza de que a alguien le serviría. La devoción era lo único que compartía con Férula. En todo lo demás fueron rivales. Un viernes por la tarde tocaron a la puerta de la gran casa de la esquina tres damas translúcidas de manos tenues y ojos de bruma, tocadas con unos sombreros con flores pasados de moda y bañadas en un intenso perfume a violetas silvestres, que se infiltró por todos los cuartos y dejó la casa oliendo a flores por varios días. Eran las tres hermanas Mora. Clara estaba en el jardín y parecía haberlas esperado toda la tarde,

 

las recibió con un niño en cada pecho y con Blanca jugueteando a sus pies. Se miraron, se reconocieron, se sonrieron. Fue el comienzo de una apasionada relación espiritual que les duró toda la vida y, si se cumplieron sus previsiones, continúa en el Más Allá. Las tres hermanas Mora eran estudiosas del espiritismo y de los fenómenos sobrenaturales, eran las únicas que tenían la prueba irrefutable de que las ánimas pueden materializarse, gracias a una fotografía que las mostraba alrededor de una mesa y volando por encima de sus cabezas a un ectoplasma difuso y alado, que algunos descreídos atribuían a una mancha en el revelado del retrato y otros a un

 

simple engaño del fotógrafo. Se enteraron, por conductos misteriosos al alcance de los iniciados, de la existencia de Clara, se pusieron en contacto telepático con ella y de inmediato comprendieron que eran hermanas astrales. Mediante discretas averiguaciones dieron con su dirección terrenal y se presentaron con sus propias barajas impregnadas de fluidos benéficos, unos juegos de figuras geométricas y

 

números cabalísticos de su invención, para desenmascarar a los falsos parapsicólogos, y una bandeja de pastelitos comunes y corrientes de regalo para Clara. Se hicieron íntimas amigas y a partir de ese día, procuraron juntarse todos los viernes para invocar a los espíritus e intercambiar cábalas y recetas de cocina. Descubrieron la forma de enviarse energía mental desde la gran casa de la esquina hasta el otro

 

 

 

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extremo de la ciudad, donde vivían las Mora, en un viejo molino que habían convertido en su extraordinaria morada, y también en sentido inverso, con lo cual podían darse apoyo en las circunstancias difíciles de la vida cotidiana. Las Mora conocían a muchas personas, casi todas interesadas en esos asuntos, que empezaron a llegar a las reuniones de los viernes y aportaron sus conocimientos y sus fluidos magnéticos.

 

Esteban Trueba las veía desfilar por su casa y puso como únicas condiciones que respetaran su biblioteca, que no usaran a los niños para experimentos psíquicos y que fueran discretas, porque no quería escándalo público. Férula desaprobaba estas actividades de Clara, porque le parecían reñidas con la religión y las buenas costumbres. Observaba las sesiones desde una distancia prudente, sin participar, pero

 

vigilando con el rabillo del ojo mientras tejía, dispuesta a intervenir apenas Cl ara se sobrepasara en algún trance. Había comprobado que su cuñada quedaba exhausta después de algunas sesiones en las que servía de médium y comenzaba a hablar en idiomas paganos con una voz que no era la suya. La Nana también vigilaba con el pretexto de ofrecer tacitas de café, espantando a las ánimas con sus enaguas

 

almidonadas y su cloqueo de oraciones murmuradas y de dientes sueltos, pero no lo hacía para cuidar a Clara de sus propios excesos, sino para verificar que nadie robara los ceniceros. Era inútil que Clara le explicara que sus visitas no tenían ni el menor interés en ellos; principalmente porque ninguno fumaba, pues la Nana había calificado a todos, excepto a las tres encantadoras señoritas Mora, como una banda de rufianes evangélicos. La Nana y Férula se detestaban. Se disputaban el cariño de los niños y se peleaban por cuidar a Clara en sus extravagancias y desvaríos, en un sordo y

 

permanente combate que se desarrollaba en las cocinas, en los patios, en los corredores, pero jamás cerca de Clara, porque las dos estaban de acuerdo en evitarle esa molestia. Férula había llegado a querer a Clara con una pasión celosa que se parecía más a la de un marido exigente que a la de una cuñada. Con el tiempo perdió la prudencia y empezó a dejar traslucir su adoración en muchos detalles que no

 

pasaban inadvertidos para Esteban. Cuando él regresaba del campo, Férula procuraba convencerlo de que Clara estaba en lo que llamaba «uno de sus malos momentos», para que él no durmiera en su cama y no estuviera con ella más que en contadas ocasiones y por tiempo limitado. Argüía recomendaciones del doctor Cuevas que después, al ser confrontadas con el médico, resultaban inventadas. Se interponía de

 

mil maneras entre los esposos y si todo le fallaba, azuzaba a los tres niños para que reclamaran ir a pasear con su padre, leer con la madre, que los velaran porque tenían fiebre, que jugaran con ellos: «pobrecitos, necesitan a su papá y a su mamá, pasan todo el día en manos de esa vieja ignorante que les pone ideas atrasadas en la cabeza, los está poniendo imbéciles con sus supersticiones, lo que hay que hacer con la Nana

 

es internarla, dicen que las Siervas de Dios tienen un asilo para empleadas viejas que es una maravilla, las tratan como señoras, no tienen que trabajar, hay buena comida, eso sería lo más humano, pobre Nana, ya no da para más», decía. Sin poder detectar la causa, Esteban comenzó a sentirse incómodo en su propia casa. Sentía a su mujer cada vez más alejada, más rara e inaccesible, no podía alcanzarla ni con regalos, ni

 

con sus tímidas muestras de ternura, ni con la pasión desenfrenada que lo conmovía siempre en su presencia. En todo ese tiempo su amor había aumentado hasta convertirse en una obsesión. Quería que Clara no pensara más que en él, que no tuviera más vida que la que pudiera compartir con él, que le contara todo, que no poseyera nada que no proviniera de sus manos, que dependiera completamente. Pero la realidad era diferente, Clara parecía andar volando en aeroplano, como su tío Marcos, desprendida del suelo firme, buscando a Dios en disciplinas tibetanas, consultando a los espíritus con mesas de tres patas que daban golpecitos, dos para sí, tres para no, descifrando mensajes de otros mundos que podían indicarle hasta el

 

 

 

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estado de las lluvias. Una vez anunciaron que había un tesoro escondido debajo de la chimenea y ella hizo primero tumbar el muro, pero no apareció, luego la escalera, tampoco, enseguida la mitad del salón principal, nada. Por último resultó que el espíritu, confundido con las modificaciones arquitectónicas que ella había hecho en la casa, no reparó en que el escondite de los doblones de oro no estaba en la mansión de

 

los Trueba, sino al otro lado de la calle, en la casa de los Ugarte, quienes se negaron a echar abajo el comedor, porque no creyeron el cuento del fantasma español. Clara no era capaz de hacer las trenzas a Blanca para ir al colegio, de eso se encargaban Férula o la Nana, pero tenía con ella una estupenda relación basada en los mismos principios de la que ella había tenido con Nívea, se contaban cuentos, leían los libros mágicos de

 

los baúles encantados, consultaban los retratos de familia, se pasaban anécdotas de los tíos a los que se les escapan ventosidades y los ciegos que se caen como gárgolas de los álamos, salían a mirar la cord illera y a contar las nubes, se comunicaban en un idioma inventado que suprimía la te al castellano y la reemplazaba por ene y la erre por ele, de modo que quedaban hablando igual que el chino de la tintorería. Entretanto

 

Jaime y Nicolás crecían separados del binomio femenino, de acuerdo con el principio de aquellos tiempos de que «hay que hacerse hombres». Las mujeres, en cambio, nacían con su condición incorporada genéticamente y no tenían necesidad de adquirirla con los avatares de la vida. Los mellizos se hacían fuertes y brutales en los juegos propios de su edad, primero cazando lagartijas para rebanarles la cola, ratones para hacerlos correr carreras y mariposas para quitarles el polvo de las alas y, más tarde, dándose puñetazos y patadas de acuerdo a las instrucciones del mismo chino de la tintorería,

 

que era un adelantado para su época y que fue el primero en llevar al país el conocimiento milenario de las artes marciales, pero nadie le hizo caso cuando demostró que podía partir ladrillos con la mano y quiso poner su propia academia, por eso terminó lavando ropa ajena. Años más tarde, los mellizos terminaron de hacerse hombres escapando del colegio para meterse en el sitio baldío del basural, donde

 

cambiaban los cubiertos de plata de su madre por unos minutos de amor prohibido con una mujerona inmensa que podía acunarlos a los dos en sus pechos de vaca holandesa, ahogarlos a los dos en la pulposa humedad de sus axilas, aplastarlos a los dos con sus muslos de elefante y elevarlos a los dos a la gloria con la cavidad oscura, jugosa, caliente, de su sexo. Pero eso no fue hasta mucho más tarde y Clara nunca lo

 

supo, de modo que no pudo anotarlo en sus cuadernos para que yo lo leyera algún día. Me enteré por otros conductos. A Clara no le interesaban los asuntos domésticos. Vagaba por las habitaciones sin extrañarse de que todo estuviera en perfecto estado de orden y de limpieza. Se

 

sentaba a la mesa sin preguntarse quién preparaba la comida o dónde se compraban los alimentos, le daba igual quién la sirviera, olvidaba los nombres de los empleados y a veces hasta de sus propios hijos, sin embargo, parecía estar siempre presente, como un espíritu benéfico y alegre, a cuyo paso echaban a andar los relojes. Se vestía de blanco, porque decidió que era el único color que no alteraba su aura, con los trajes

 

sencillos que le hacía Férula en la máquina de coser y que prefería a los atuendos con volantes y pedrerías que le regalaba su marido, con el propósito de deslumbrarla y verla a la moda. Esteban sufría arrebatos de desesperación, porque ella lo trataba con la misma simpatía con que trataba a todo el mundo, le hablaba en el tono mimoso con que acariciaba a los gatos, era incapaz de darse cuenta si estaba cansado, triste, eufórico o con ganas de hacer el amor, en cambio le adivinaba por el color de sus irradiaciones cuándo estaba tramando alguna bellaquería y podía desarmarle una rabieta con un par de frases burlonas. Lo exasperaba que Clara nunca parecía estar realmente agradecida

 

de nada y nunca necesitaba algo que él pudiera darle. En el lecho era distraída y

 

 

 

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risueña como en todo lo demás, relajada y simple, pero ausente. Sabía que tenía su cuerpo para hacer todas las gimnasias aprendidas en los libros que escondía en un compartimiento de la biblioteca, pero hasta los pecados más abominables con Clara parecían retozos de recién nacido, porque era imposible salpicarlos con la sal de un mal pensamiento o la pimienta de la sumisión. Enfurecido, en algunas ocasiones

 

Trueba volvió a sus antiguos pecados y tumbaba a una campesina robusta entre los matorrales durante las forzadas separaciones en que Clara se quedaba con los niños en la capital y él tenía que hacerse cargo del campo, pero el asunto, lejos de aliviarlo, le dejaba un mal sabor en la boca y no le daba ningún placer durable, especialmente porque si se lo hubiera contado a su mujer, sabía que se habría escandalizado por el

 

maltrato a la otra, pero en ningún caso por su infidelidad. Los celos, como muchos otros sentimientos propiamente humanos, a Clara no le incumbían. También fue al Farolito Rojo dos o tres veces, pero dejó de hacerlo porque ya no funcionaba con las prostitutas y tenía que tragarse la humillación con pretextos mascullados de que había tomado mucho vino, de que le cayó mal el almuerzo, de que hacía varios días que

 

andaba resfriado. No volvió, sin embargo, a visitar a Tránsito Soto, porque presentía que ella contenía en sí misma el peligro de la adicción. Sentía un deseo insatisfecho bulléndole en las entrañas, un fuego imposible de apagar, una sed de Clara que nunca, ni aun en las noches más fogosas y prolongadas, conseguía saciar. Se dormía extenuado, con el -corazón-a punto de estallarle en el pecho, pero hasta en sus sueños estaba consciente de que la mujer que reposaba a su lado no estaba allí, sino en una dimensión desconocida a la que él jamás podría llegar. A veces perdía la paciencia y

 

sacudía furioso a Clara, le gritaba los peores reclamos y terminaba llorando en su regazo y pidiendo perdón por su brutalidad. Clara comprendía, pero no podía remediarlo. El amor desmedido de Esteban Trueba por Clara fue sin duda el sentimiento más poderoso de su vida, mayor incluso que la rabia y el orgullo y medio siglo más tarde seguía invocándolo con el mismo estremecimiento y la misma

 

urgencia. En su lecho de anciano la llamaría hasta el fin de sus días. Las intervenciones de Férula agravaron el estado de ansiedad en que se debatía Esteban. Cada obstáculo que su hermana atravesaba entre Clara y él, lo ponía fuera de sí. Llegó a detestar a sus propios hijos porque absorbían la atención de la madre, se

 

llevó a Clara a una segunda luna de miel en los mismos sitios de la primera, se escapaban a hoteles por el fin de semana, pero todo era inútil. Se convenció de que la culpa de todo la tenía Férula, que había sembrado en su mujer un germen maléfico que le impedía amarlo y que, en cambio, robaba con caricias prohibidas lo que le pertenecía como marido. Se ponía lívido cuando sorprendía a Férula bañando a Clara,

 

le quitaba la esponja de las manos, la despedía con violencia y sacaba a Clara del agua prácticamente en vilo, la zarandeaba, le prohibía que volviera a dejarse bañar, porque a su edad eso era un vicio, y terminaba secándola él, arropándola en su bata y llevándola a la cama con la sensación de que hacía el ridículo. Si Férula servía a su mujer una taza de chocolate, se la arrebataba de las manos con el pretexto de que la

 

trataba como a una inválida, si le daba un beso de buenas noches, la apartaba de un manotazo diciendo que no era bueno besuquearse, si le elegía los mejores trozos de la bandeja, se separaba de la mesa enfurecido. Los dos hermanos llegaron a ser rivales declarados, se medían con miradas de odio, inventaban argucias para descalificarse mutuamente a los ojos de Clara, se espiaban; se celaban. Esteban descuidó de ir al

 

campo y puso a Pedro Segundo García a cargo de todo, incluso de las vacas importadas, dejó de salir con sus amigos, de ir a jugar al golf, de trabajar, para vigilar día y noche los pasos de su hermana y plantársele al frente cada vez que se acercaba a Clara. La atmósfera de la casa se hizo irrespirable, densa y sombría y hasta la Nana

 

 

 

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andaba como espirituada. La única que permanecía ajena por completo a lo que estaba sucediendo, era Clara, que en su distracción e inocencia, no se daba cuenta de nada. El odio de Esteban y Férula demoró mucho tiempo en estallar. Empezó como un malestar disimulado y un deseo de ofenderse en los pequeños detalles, pero fue

 

creciendo hasta que ocupó toda la casa. Ese verano Esteban tuvo que ir a Las Tres Marías porque justamente en el momento de la cosecha, Pedro Segundo García se cayó del caballo y fue a parar con la cabeza rota al hospital de las monjas. Apenas se recuperó su administrador, Esteban regresó a la capital sin avisar. En el tren iba con un presentimiento atroz, con un deseo inconfesado de que ocurriera algún drama, sin

 

saber que el drama ya había comenzado cuando él lo deseó. Llegó a la ciudad a media tarde, pero se fue directamente al Club, donde jugó unas partidas de brisca y cenó, sin conseguir calmar su inquietud y su impaciencia, aunque no sabía lo que estaba esperando. Durante la cena hubo un ligero temblor de tierra, las lámparas de lágrimas se bambolearon con el usual campanilleo del cristal, pero nadie levantó la vista, todos

 

siguieron comiendo y los músicos tocando sin perder ni una nota, excepto Esteban Trueba, que se sobresaltó como si aquello hubiera sido un aviso. Terminó de comer aprisa, pidió la cuenta y salió. Férula, que en general tenía sus nervios bajo control, nunca había podido habituarse a los temblores. Llegó a perder el miedo a los fantasmas que Clara invocaba y a los ratones en el campo, pero los temblores la conmovían hasta los huesos y mucho después que habían pasado ella seguía estremecida. Esa noche todavía no se había acostado y corrió a la pieza de Clara, que había tomado su infusión de tilo y estaba durmiendo plácidamente. Buscando un poco de compañía y calor, se acostó a su lado

 

procurando no despertarla y murmurando oraciones silenciosas para que aquello no fuera a degenerar en un terremoto. Allí la encontró Esteban Trueba. Entró a la casa tan sigiloso como un bandido, subió al dormitorio de Clara sin encender las luces y apareció como una tromba ante las dos mujeres amodorradas, que lo creían en Las Tres Marías. Se abalanzó sobre su hermana con la misma rabia con que lo hubiera

 

hecho si fuera el seductor de su esposa y la sacó de la cama a tirones, la arrastró por el pasillo, la bajó a empujones por la escalera y la introdujo a viva fuerza en la biblioteca mientras Clara, desde la puerta de su habitación clamaba sin comprender lo que había ocurrido. A solas con Férula, Esteban descargó su furia de marido insatisfecho y gritó a su hermana lo que nunca debió decirle, desde marimacho hasta

 

meretriz, acusándola de pervertir a su mujer, de desviarla con caricias de solterona, de volverla lunática, distraída, muda y espiritista con artes de lesbiana, de refocilarse con ella en su ausencia, de manchar hasta el nombre de los hijos, el honor de la casa y la memoria de su santa madre, que ya estaba harto de tanta maldad y que la echaba de su casa, que se fuera inmediatamente, que no quería volver a verla nunca más y le

 

prohibía que se acercara a su mujer y a sus hijos, que no le faltaría dinero para subsistir con decencia mientras él viviera, tal como se lo había prometido una vez, pero que si volvía a verla rondando a su familia, la iba a matar, que se lo metiera adentro de la cabeza. ¡Te juro por nuestra madre que te mato! -¡Te maldigo, Esteban! -le gritó Férula-. ¡Siempre estarás solo, se te encogerá el alma y el cuerpo y te morirás como un perro! Y salió para siempre de la gran casa de la esquina, en camisa de dormir y sin llevar nada consigo. Al día siguiente Esteban Trueba se fue a ver al padre Antonio y le contó lo que había pasado, sin dar detalles. El sacerdote le escuchó blandamente con la impasible mirada de quien ya había oído antes el cuento. -¿Qué deseas de mí, hijo mío? -preguntó cuando Esteban terminó de hablar.

 

 

 

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-Que le haga llegar a mi hermana todos los meses un sobre que yo le entregaré. No quiero que tenga necesidades económicas. Y le aclaro que no lo hago por cariño sino por cumplir una promesa. El padre Antonio recibió el primer sobre con un suspiro y esbozó el gesto de dar la bendición, pero Esteban ya había dado media vuelta y salía. No dio ninguna explicación a Clara de lo que había ocurrido entre su hermana y él. Le anunció que la había echado de la casa, que le prohibía volver a mencionarla en su presencia y le sugirió que si tenía algo de decencia, tampoco la mencionara a sus espaldas. Hizo sacar su ropa y todos los objetos que pudieran recordarla y se hizo el ánimo de que había muerto. Clara comprendió que era inútil hacerle preguntas. Fue al costurero a buscar su péndulo, que le servía para comunicarse con los fantasmas y que usaba como instrumento de concentración. Extendió un mapa de la ciudad en el suelo y sostuvo el péndulo a medio metro y esperó que las oscilaciones le indicaran la dirección de su

 

cuñada, pero después de intentarlo durante toda la tarde, se dio cuenta que el sistema no resultaría si Férula no tenía un domicilio fijo. Ante la ineficacia del péndulo p ara ubicarla, salió a vagar en coche, esperando que su instinto la guiara, pero tampoco esto dio resultado. Consultó la mesa de tres patas sin que ningún espíritu baqueano apareciera para conducirla donde Férula a través de los vericuetos de la ciudad, la llamó con el pensamiento y no obtuvo respuesta y tampoco las cartas del Tarot la iluminaron. Entonces decidió recurrir a los métodos tradicionales y comenzó a buscarla entre las amigas, interrogó a los proveedores y a todos los que tenían tratos con ella, pero nadie

 

la había vuelto a ver. Sus averiguaciones la llevaron por último donde el padre Antonio. -No la busque más, señora dijo el sacerdote-. Ella no quiere verla. Clara comprendió que ésa era la causa por la cual no habían funcionado ninguno de sus infalibles sistemas de adivinación. -Las hermanas Mora tenían razón -se dijo-. No se puede encontrar a quien no quiere ser encontrado. Esteban Trueba entró en un período muy próspero. Sus negocios parecían tocados por una varilla mágica. Se sentía satisfecho de la vida. Era rico, tal como se lo había propuesto una vez. Tenía la concesión de otras minas, estaba exportando fruta al

 

extranjero, formó una empresa constructora y Las Tres Marías, que había crecido mucho en tamaño, estaba convertida en el mejor fundo de la zona. No lo afectó la crisis económica que convulsionó al resto del país. En las provincias del Norte la quiebra de las salitreras había dejado en la miseria a miles de trabajadores. Las famélicas tribus de cesantes, que arrastraban a sus mujeres, sus hijos, sus viejos,

 

buscando trabajo por los caminos, habían terminado por acercarse a la capital y lentamente formaron un cordón de miseria alrededor de la ciudad, instalándose de cualquier manera, entre tablas y pedazos de cartón, en medio de la basura y el abandono. Vagaban por las calles pidiendo una oportunidad para trabajar, pero no había trabajo para todos y poco a poco los rudos obreros, adelgazados por el hambre, encogidos por el frío, harapientos, desolados, dejaron de pedir trabajo y pidieron simplemente una limosna. Se llenó de mendigos. Y después de ladrones. Nunca se

 

habían visto heladas más terribles que las de ese año. Hubo nieve en la capital, un espectáculo inusitado que se mantuvo en primera plana de los periódicos, celebrado como una noticia festiva, mientras en las poblaciones marginales amanecían los niños azules, congelados. Tampoco alcanzaba la caridad para tantos desamparados.

 

 

 

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Ese fue el año del tifus exantemático. Comenzó como otra calamidad de los pobres y pronto adquirió características de castigo divino. Nació en los barrios de los indigentes, por culpa del invierno, de la desnutrición, del agua sucia de las acequias. Se juntó con la cesantía y se repartió por todas partes. Los hospitales no daban abasto. Los enfermos deambulaban por las calles con los ojos perdidos, se sacaban los piojos y se

 

los tiraban a la gente sana. Se regó la plaga, entró a todos los hogares, infectó los colegios y las fábricas, nadie podía sentirse seguro. Todos vivían con miedo, escrutando los signos que anunciaban la terrible enfermedad. Los contagiados empezaban a tiritar con un frío de lápida en los huesos y a poco eran presas del estupor. Se quedaban como imbéciles, consumiéndose en la fiebre, llenos de manchas,

 

cagando sangre, con delirios de fuego y de naufragio, cayéndose al suelo, los huesos de lana, las piernas de trapo y un gusto de bilis en la boca, el cuerpo en carne viva, una pústula roja al lado de otra azul y otra amarilla y otra negra, vomitando hasta las tripas y clamando a Dios que se apiade y que los deje morir de una vez, que no aguantan más, que la cabeza les revienta y el alma se les va en mierda y espanto. Esteban propuso llevar a toda la familia al campo, p ara preservarla del contagio, pero Clara no quiso oír hablar del asunto. Estaba muy ocupada socorriendo a los pobres en una tarea que no tenía principio ni fin. Salía muy temprano y a veces llegaba cerca de la medianoche. Vació los armarios de la casa, quitó la ropa a los

 

niños, las frazadas de las camas, las chaquetas a su marido. Sacaba la comida de la despensa y estableció un sistema de envíos con Pedro Segundo García, quien mandaba desde Las Tres Marías quesos, huevos, cecinas, frutas, gallinas, que ella distribuía entre sus necesitados. Adelgazó y se veía demacrada. En las noches volvió a caminar sonámbula. La ausencia de Férula se sintió como un cataclismo en la casa y hasta la Nana, que siempre había deseado que ese momento llegara algún día, se conmovió. Cuando comenzó la primavera y Clara pudo descansar un poco, aumentó su tendencia a evadir la realidad y perderse en el ensueño. Aunque ya no contaba con la impecable

 

organización de su cuñada para barajar el caos de la gran casa de la esquina, se despreocupó de las cosas domésticas. Delegó todo en manos de la Nana y de los otros empleados y se sumió en el mundo de los aparecidos y de los experimentos psíquicos. Los cuadernos de anotar la vida se embrollaron, su caligrafía perdió la elegancia de convento, que siempre tuvo, y degeneró en unos trazos despachurrados que a veces

 

eran tan minúsculos que no se podían leer y otras tan grandes que tres palabras llenaban la página. En los años siguientes se juntó alrededor de Clara y las tres hermanas Mora un grupo de estudiosos de Gourdieff, de rosacruces, de espiritistas y de bohemios

 

trasnochados que hacían tres comidas diarias en la casa y que alternaban su tiempo entre consultas perentorias a los espíritus de la mesa de tres patas y la lectura de los versos del último poeta iluminado que aterrizaba en el regazo de Clara. Esteban permitía esa invasión de estrafalarios; porque hacía mucho tiempo que se dio cuenta que era inútil interferir en la vida de su mujer. Decidió que por lo menos los niños

 

varones debían estar al margen de la magia, de modo que Jaime y Nicolás fueron internos a un colegio inglés victoriano, donde cualquier pretexto era bueno para bajarles los pantalones y darles varillazos por el trasero, especialmente a Jaime, que se burlaba de la familia real británica y a los doce años estaba interesado en leer a Marx, un judío que provocaba revoluciones en todo el mundo. Nicolás heredó el

 

espíritu aventurero del tío abuelo Marcos y la propensión de fabricar horóscopos y descifrar el futuro de su madre, pero eso no constituía un delito grave en la rígida formación del colegio, sino sólo una excentricidad, así es que el joven fue mucho menos castigado que su hermano.

 

 

 

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El caso de Blanca era diferente, porque su padre no intervenía en su educación. Consideraba que su destino era casarse y brillar en sociedad, donde la facultad de comunicarse con los muertos, si se mantenía en un tono frívolo, podría ser una atracción. Sostenía que la magia, como la religión y la cocina, era un asunto propiamente femenino y tal vez por eso era capaz de sentir simpatía por las tres

 

hermanas Mora, en cambio detestaba a los espirituados de sexo masculino casi tanto como a los curas. Por su parte, Clara andaba para todos lados con su hija pegada a sus faldas, la incitaba a las sesiones de los viernes y la crió en estrecha familiaridad con las ánimas, con los miembros de las sociedades secretas y con los artistas misérrimos a quienes hacía de mecenas. Igual corno ella lo había hecho con su madre en tiempos de

 

la mudez, llevaba ahora a Blanca a ver a los pobres, cargada de regalos y consuelos. -Esto sirve para tranqu ilizarnos la conciencia, hija-explicaba a Blanca-. Pero no ayuda a los pobres. No necesitan caridad, sino justicia. Era en ese punto donde tenía las peores discusiones con Esteban, que tenía otra opinión al respecto. -¡Justicia! ¿Es justo que todos tengan lo mismo? ¿Los flojos lo mismo que los trabajadores? ¿Los tontos lo mismo que los inteligentes? ¡Eso no pasa ni con los animales! No es cuestión de ricos y pobres, sino de fuertes y débiles. Estoy de acuerdo en que todos debemos tener las mismas oportunidades, pero esa gente no hace ningún esfuerzo. ¡Es muy fácil estirar la mano y pedir limosna! Yo creo en el esfuerzo y en la recompensa. Gracias a esa filosofía he llegado a tener lo que tengo. Nunca he pedido un favor a nadie y no he cometido ninguna deshonestidad, lo que prueba que

 

cualquiera puede hacerlo. Yo estaba destinado a ser un pobre infeliz escribiente de notaría. Por eso no aceptaré ideas bolcheviques en mi casa. ¡Vayan a hacer caridad en los conventillos, si quieren! Eso está muy bien: es bueno p ara la formación de las señoritas. ¡Pero no me vengan con las mismas estupideces de Pedro Tercero García, porque no lo voy a aguantar! Era verdad, Pedro Tercero García estaba hablando de justicia en Las Tres Marías. Era el único que se atrevía a desafiar al patrón, a pesar de las zurras que le había dado su padre, Pedro Segundo García, cada vez que lo sorprendía. Desde muy joven el muchacho hacía viajes sin permiso al pueblo para conseguir libros prestados, leer los

 

periódicos y conversar con el maestro de la escuela, un comunista ardiente a quien años más tarde lo matarían de un balazo entre los ojos. También se escapaba en las noches al bar de San Lucas donde se reunía con unos sindicalistas que tenían la manía de componer el mundo entre sorbo y sorbo de cerveza, o con el gigantesco y magnífico padre José Dulce María, un sacerdote español con la cabeza llena de ideas

 

revolucionarias que le valieron ser relegado por la Compañía de Jesús a aquel perdido rincón del mundo, pero ni por eso renunció a transformar las parábolas bíblicas en panfletos socialistas. El día que Esteban Trueba descubrió que el hijo de su administrador estaba introduciendo literatura subversiva entre sus inquilinos, lo llamó a su despacho y delante de su padre le dio una tunda de azotes con su fusta de cuero

 

de culebra. -¡Éste es el primer aviso, mocoso de mierda! -le dijo sin levantar la voz y mirándolo con ojos de fuego-. La próxima vez que te encuentre molestándome a la gente, te meto preso. En mi propiedad no quiero revoltosos, porque aquí mando yo y tengo

 

derecho a rodearme de la gente que me gusta. Tú no me gustas, así es que ya sabes. Te aguanto por tu padre, que me ha servido lealmente durante muchos años, pero anda con cuidado, porque puedes acabar muy mal. ¡Retírate! Pedro Tercero García era parecido a su padre, moreno, de facciones duras, esculpidas en piedra, con grandes ojos tristes, pelo negro y tieso cortado como un

 

 

 

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cepillo. Tenía sólo dos amores, su padre y la hija del patrón, a quien amó desde el día en que durmieron desnudos debajo de la mesa del comedor, en su tierna infancia. Y Blanca no se libró de la misma fatalidad. Cada vez que iba de vacaciones al campo y llegaba a Las Tres Marías en medio de la polvareda provocada por los coches cargados con el tumultoso equipaje, sentía el corazón batiéndole como un tambor africano de

 

impaciencia y de ansiedad. Ella era la primera en saltar del vehículo y echar a correr hacia la casa, y siempre encontraba a Pedro Tercero García en el mismo sitio donde se vieron por primera vez, de pie en el umbral, medio oculto por la sombra de la puerta, tímido y hosco, con sus pantalones raídos, descalzo, sus ojos de viejo escrutando el camino para verla llegar. Los dos corrían, se abrazaban, se besaban, se reían, se

 

daban trompadas cariñosas y rodaban por el suelo tirándose de los pelos y gritando de alegría. -¡Párate, chiquilla! ¡Deja a ese rotoso! -chillaba la Nana procurando sep ararlos. -Déjalos, Nana, son niños y se quieren -decía Clara, que sabía más. Los niños escapaban corriendo, iban a esconderse para contarse todo lo que habían acumulado durante esos meses de separación. Pedro le entregaba, avergonzado, unos animalitos tallados que había hecho para ella en trozos de madera y a cambio Blanca le daba los regalos que había juntado para él: un cortaplumas que se abría como una flor, un pequeño imán que atraía por obra de magia los clavos roñosos del suelo. El verano que ella llegó con parte del contenido del baúl de los libros mágicos del tío Marcos, tenía alrededor de diez años y todavía Pedro Tercero leía con dificultad, pero la curiosidad y el anhelo consiguieron lo que no había podido obtener la maestra a

 

varillazos. Pasaron el verano leyendo acostados entre las cañas del río, entre los pinos del bosque, entre las espigas de los trigales, discutiendo las virtudes de Sandokan y Robin Hood, la mala suerte del Pirata Negro, las historias verídicas y edificantes del Tesoro de la juventud, el malicioso significado de las palabras prohibidas en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el sistema cardiovascular en

 

láminas, donde podían ver a un tipo sin pellejo, con todas sus venas y el corazón expuestos a la vista, pero con calzones. En pocas semanas el niño aprendió a leer con voracidad. Entraron en el mundo ancho y profundo de las historias imposibles, los duendes, las hadas, los náufragos que se comen unos a otros después de echarlo a la suerte, los tigres que se dejan amaestrar por amor, los inventos fascinantes, las

 

curiosidades geográficas y zoológicas, los países orientales donde hay genios en las botellas, dragones en las cuevas y princesas prisioneras en las torres. A menudo iban a visitar a Pedro García, el viejo, a quien el tiempo había gastado los sentidos. Se fue quedando ciego paulatinamente, una película celeste le cubría las pupilas, «son las nubes, que me están entrando por la vista», decía. Agradecía mucho las visitas de

 

Blanca y Pedro Tercero, que era su nieto, pero él ya lo había olvidado. Escuchaba los cuentos que ellos seleccionaban de los libros mágicos y que tenían que gritarle al oído, porque también decía que el viento le estaba entrando por las orejas y por eso estaba sordo. A cambio, les enseñaba a inmunizarse contra las picadas de bichos malignos y les demostraba la eficacia de su antídoto, poniéndose un alacrán vivo en el brazo. Les

 

enseñaba a buscar agua. Había que sujetar un palo seco con las dos manos y caminar tocando el suelo, en silencio, pensando en el agua y la sed que tiene el palo, hasta que de pronto, al sentir la humedad, el palo comenzaba a temblar. Allí había que cavar, les decía el viejo, pero aclaraba que ése no era el sistema que él empleaba para ubicar los pozos en el suelo de Las Tres Marías, porque él no necesitaba el palo. Sus huesos

 

tenían tanta sed, que al pasar por el agua subterránea, aunque fuera profunda, su esqueleto se lo advertía. Les mostraba las yerbas del campo y los hacía olerlas, gustarlas, acariciarlas, para conocer su perfume natural, su sabor y su textura y así poder identificar a cada una según sus propiedades curativas: calmar la mente,

 

 

 

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expulsar los influjos diabólicos, pulir los ojos, fortificar el vientre, estimular la sangre. En ese terreno su sabiduría era tan grande, que el médico del hospital de las monjas iba a visitarlo para pedirle consejo. Sin embargo, toda su sabiduría no pudo curar la lipiria calambre de su hija Pancha, que la despachó al otro mundo. Le dio de comer boñiga de vaca y como eso no resultó, le dio bosta de caballo, la envolvió en mantas y

 

la hizo sudar el mal hasta que la dejó en los huesos, le dio fricciones de aguardiente con pólvora por todo el cuerpo, pero fue inútil; Pancha se fue en una diarrea interminable que le estrujó las carnes y la hizo padecer una sed insaciable. Vencido, Pedro García pidió permiso al patrón para llevarla al pueblo en una carreta. Los dos niños lo acompañaron. El médico del hospital de las monjas examinó cuidadosamente

 

a Pancha y dijo al viejo que estaba perdida, que si se la hubiera llevado antes y no le hubiera provocado esa sudadera, habría podido hacer algo por ella, pero que ya su cuerpo no podía retener ningún líquido y era igual que una planta con las raíces secas. Pedro García se ofendió y siguió negando su fracaso aun cuando regresó con el cadáver dé su hija envuelto en una manta, acompañado por los dos niños asustados, y

 

lo desembarcó en el patio de Las Tres Marías refunfuñando contra la ignorancia del doctor. La enterraron en un sitio privilegiado en el pequeño cementerio junto a la iglesia abandonada, al pie del volcán, porque ella había sido, en cierta forma, mujer del patrón, pues le había dado el único hijo que llevó su nombre, aunque nunca llevó su apellido, y un nieto, el extraño Esteban García, que estaba destinado a cumplir un terrible papel en la historia de la familia. Un día el viejo Pedro García les contó a Blanca y a Pedro Tercero el cuento de las gallinas que se pusieron de acuerdo para enfrentar a un zorro que se metía todas las noches en el gallinero p ara robar los huevos y devorarse los po llitos. Las gallinas decidieron que ya estaban hartas de aguantar la prepotencia del zorro, lo esperaron organizadas y cuando entró al gallinero, le cerraron el paso, lo rodearon y se le fueron encima a picotazos hasta que lo dejaron más muerto que vivo. -Y entonces se vio que el zorro escapaba con la cola entre las piernas, perseguido por las gallinas -terminó el viejo. Blanca se rió con la historia y dijo que eso era imposible, porque las gallinas nacen estúpidas y débiles y los zorros nacen astutos y fuertes, pero Pedro Tercero no se rió. Se quedó toda la tarde pensativo, rumiando el cuento del zorro y las gallinas, y tal vez

 

ése fue el instante en que el niño comenzó a hacerse hombre.

 

 

 

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Los amantes

 

Capítulo V

 

La infancia de Blanca transcurrió sin grandes sobresaltos, alternando aquellos calientes veranos en Las Tres Marías, donde descubría la fuerza de un sentimiento que

 

crecía con ella, y la rutina de la capital, similar a la de otras niñas de su edad y su medio, a pesar de que la presencia de Clara ponía una nota extravagante en su vida. Todas las mañanas aparecía la Nana con el desayuno a sacudirle la modorra y vigilarle el uniforme, estirarle los calcetines, ponerle el sombrero, los guantes y el pañuelo, ordenar los libros en el bolsón, mientras intercalaba oraciones murmuradas por el alma

 

de los muertos, con recomendaciones en voz alta para que Blanca no se dejara embaucar por las monjas. -Esas mujeres son todas unas depravadas -le advertía- que eligen a las alumnas más bonitas, más inteligentes y de buena familia, para meterlas al convento, afeitan la cabeza a las novicias, pobrecitas, y las destinan a perder su vida haciendo tortas para vender y cuidando viejitos ajenos. El chofer llevaba a la niña al colegio, donde la primera actividad del día era la misa y la comunión obligatoria. Arrodillada en su banco, Blanca aspiraba el intenso olor del

 

incienso y las azucenas de María, y padecía el suplicio combinado de las náuseas, la culpa y el aburrimiento. Era lo único que no le gustaba del colegio. Amaba los altos corredores de piedra, la limpieza inmaculada de los pisos de mármol, los blancos muros desnudos, el Cristo de fierro que vigilaba la entrada. Era una criatura romántica y sentimental, con tendencia a la soledad, de pocas amigas, capaz de emocionarse

 

hasta las lágrimas cuando florecían las rosas en el jardín, cuando aspiraba el tenue olor a trapo y jabón de las monjas que se inclinaban sobre sus tareas, cuando se quedaba rezagada para sentir el silencio triste de las aulas vacías. Pasaba por tímida y melancólica. Sólo en el campo, con la piel dorada por el sol y la barriga llena de fruta tibia, corriendocon Pedro Tercero por los potreros, era risueña y alegre. Su madre decía que ésa era la verdadera Blanca y que la otra, la de la ciudad, era una Blanca en hibernación. Debido a la agitación constante que reinaba en la gran casa de la esquina, nadie, excepto la Nana, se dio cuenta de que Blanca estaba convirtiéndose en una mujer.

 

Entró en la adolescencia de golpe. Había heredado de los Trueba la sangre española y árabe, el porte señorial, el rictus soberbio, la piel aceitunada y los ojos oscuros de sus genes mediterráneos, pero teñidos por la herencia de la madre, de quien sacó la dulzura que ningún Trucha tuvo jamás. Era una criatura tranquila que se entretenía sola, estudiaba, jugaba con sus muñecas y no manifestaba la menor inclinación natural

 

por el espiritismo de su madre o por las rabietas de su padre. La familia decía en tono de chanza que ella era la única persona normal en varias generaciones y, en verdad, parecía ser un prodigio de equilibrio y serenidad. Alrededor de los trece años comenzó a desarrollársele el pecho, afinársele la cintura, adelgazó y estiró como una planta abonada. La Nana le recogió el pelo en un moño, la acompañó a comprar su primer

 

corpiño, su primer par de medias de seda, su primer vestido de mujer y una colección de toallas enanas para lo que ella llamaba la demostración. Entretanto su madre seguía haciendo bailar las sillas por toda la casa, tocando Chopin con el piano cerrado

 

 

 

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y declamando los bellísimos versos sin rima, argumento ni lógica, de un poeta joven que había acogido en la casa, de quien se comenzaba a hablar por todas partes, sin enterarse de los cambios que se producían en su hija, sin ver el uniforme del colegio con las costuras reventadas, ni darse cuenta que la cara de fruta se le había sutilmente transformado en un rostro de mujer, porque Clara vivía tnás atenta del aura y los

 

fluidos, que de los kilos o los centímetros. Un día la vio entrar al costurero con su vestido de salir y se extrañó de que aquella señorita alta y morena fuera su pequeña Blanca. La abrazó, la llenó de besos y le. advirtió que pronto tendría la menstruación. -Siéntese y le explico lo que es eso -dijo Clara.

 

-No se moleste, mamá, ya va a hacer un año que me viene todos los meses -se rió Blanca. La relación de ambas no sufrió grandes cambios con el desarrollo de la muchacha, porque estaba basada en los sólidos principios de la total aceptación mutua y la capacidad para burlarse juntas de casi todas las cosas de la vida. Ese año el verano se anunció temprano con un calor seco y bochornoso que cubrió la ciudad con una reverberación de mal sueño, por eso adelantaron en un par de semanas el viaje a Las Tres Marías. Como todos los años, Blanca esperó ansiosamente el momento de ver a Pedro Tercero y como todos los años, al bajarse del coche lo primero que hizo fue buscarlo con la vista en el lugar de siempre. Descubrió su sombra

 

escondida en el umbral de la puerta y saltó del vehículo, precipitándose a su encuentro con el ansia de tantos meses de soñar con él, pero vio, sorprendida, que el niño daba media vuelta y escapaba. Blanca anduvo toda la tarde recorriendo los lugares donde se reunían, preguntó por él, lo llamó a gritos, lo buscó en la casa de Pedro García, el viejo, y; por último, al caer la noche se acostó vencida, sin comer. En su enorme cama de bronce, dolida v extrañada, hundió la cara en la almohada y lloró con desconsuelo. La Nana le llevó un vaso de leche con miel y adivinó al instante la causa de su congoja. -¡Me alegro! -dijo con una sonrisa torcida-. ¡Ya no tienes edad para jugar con ese mocoso pulguiento! Media hora más tarde entró su madre a besarla v la encontró sollozando los últimos estertores de un llanto melodramático. Por un instante Clara dejó de ser un ángel

 

distraído y se colocó a la altura de los simples mortales que a los catorce años sufren su primera pena de amor. Quiso indagar, pero Blanca era muy orgullosa o demasiado mujer ya y no le dio explicaciones, de modo que Clara se limitó a sentarse un rato en la cama y acariciarla hasta que se calmó. Esa noche Blanca durmió mal y despertó al amanecer, rodeada por las sombras de la amplia habitación. Se quedó mirando el artesonado del techo hasta que escuchó el canto del gallo Y entonces se levantó, abrió las cortinas y dejó que entrara la suave luz

 

del alba v los primeros ruidos del mundo. Se acercó al espejo del armar¡o y se miró detenidamente. Se quitó la camisa y observó su cuerpo por primera vez en detalle, comprendiendo que todos esos cambios eran la causa de que su amigo hubiera huido. Sonrió con urna nuera v delicada sonrisa de mujer. Se puso la ropa vieja del verano pasado, que casi no le cruzaba, se arropó con una manta y salió de punt illas para no despertar a la familia. Afuera el campo se sacudía la modo rra de la noche y los primeros rayos del sol cruzaban cono sablazos los picos de la cordillera, calentando la

 

tierra y evaporando el rocío en una fina espuma blanca que borraba los contornos de las cosas y convertía el paisaje en una visión de ensueño. Blanca echó a andar en dirección al río. Todo estaba todavía en calma, sus pisadas aplastaban las hojas caídas y las ramas secas, produciendo un leve crepitar, único sonido en aquel vasto espacio

 

 

 

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dormido. Sintió que las alamedas imprecisas, los trigales dorados y los lejanos cerros morados perdiéndose en el cielo translúcido de la mañana, eran un recuerdo antiguo en su memoria, algo que había visto antes exactamente así y que ese instante ya lo había vivido. La finísima llovizna de la noche había empapado la tierra y los árboles, sintió la ropa ligeramente húmeda y los zapatos fríos. Respiró el perfume de la tierra

 

mojada, de las hojas podridas, del humus, que despertaba un placer desconocido en sus sentidos. Blanca llegó hasta el río y vio a su amigo de la infancia sentado en el sitio donde tantas veces se habían dado cita. En ese año, Pedro Tercero no había crecido como

 

ella, sino que seguía siendo el mismo niño delgado, panzudo y moreno, con una sabia expresión de anciano en sus ojos negros. Al verla, se puso de pie y ella calculó que medía media cabeza más que él. Se miraron desconcertados, sintiendo por primera vez que eran casi dos extraños. Por un tiempo que pareció infinito, se quedaron inmóviles, acostumbrándose a los cambios y a las nuevas distancias, pero entonces

 

trinó un gorrión y todo volvió a ser como el verano anterior. Volvieron a ser dos niños que corren, se abrazan y ríen, caen al suelo, se revuelcan, se estrellan contra los guijarros murmurando sus nombres incansablemente, dichosos de estar juntos una vez más. Por fin se calmaron. Ella tenía el pelo lleno de hojas secas, que él quitó una por una. -Ven, quiero mostrarte algo -dijo Pedro Tercero.

 

La llevó de la mano. Caminaron, saboreando aquel amanecer del mundo, arrastrando los pies en el barro, recogiendo tallos tiernos para chuparles la savia

 

mirándose y sonriendo, sin hablar, hasta que llegaron a un potrero lejano. El sol aparecía por encima del volcán, pero el día aún no terminaba de instalarse y la tierra bostezaba. Pedro le indicó que se tirara al suelo y guardara silencio. Reptaron acercándose a unos matorrales, dieron un corto rodeo y entonces Blanca la vio. Era una hermosa yegua baya, dando a luz, sola en la colina. Los niños inmóviles,

 

procurando que no se oyera ni su respiración, la vieron jadear y esforzarse hasta que apareció la cabeza del potrillo y luego, después de un largo tiempo, el resto del cuerpo. El animalito cayó a tierra y la madre comenzó a lamerlo, dejándolo limpio y br illante como madera encerada, animándolo con el hocico para que intentara pararse. El potrillo trató de ponerse en pie, pero se le doblaban sus frágiles patas de recién nacido

 

y se quedó echado, mirando a su madre con aire desvalido, mientras ella relinchaba saludando al sol de la mañana. Blanca sintió la felicidad estallando en su pecho y brotando en lágrimas de sus ojos. -Cuando sea grande, me voy a casar contigo y vamos a vivir aquí, en Las Tres Marías -dijo en un susurro. Pedro se la quedó mirando con expresión de viejo triste y negó con la cabeza. Era todavía mucho más niño que ella, pero ya conocía su lugar en el mundo. También sabía que amaría a aquella niña durante toda su existencia, que ese amanecer perduraría en su recuerdo y que sería lo último que vería en el momento de morir. Ese verano lo pasaron oscilando entre la infancia, que aún los retenía, y el despertar del hombre y de la mujer. Por momentos corrían como criaturas, soliviantando gallinas y alborotando vacas, se hartaban de leche tibia recién ordeñada y les quedaban bigotes de espuma, se robaban el pan salido del horno, trepaban a los árboles para construir casitas arbóreas. Otras veces se escondían en los lugares más secretos y tupidos del bosque, hacían lechos de hoja y jugaban a que estaban casados,

 

acariciándose hasta la extenuación. No habían perdido la inocencia para quitarse la ropa sin curiosidad y bañarse desnudos en el río, como lo habían hecho siempre, zambulléndose en el agua fría y dejando que la corriente los arrastrara sobre las

 

 

 

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piedras lustrosas del fondo. Pero había cosas que ya no compartían como antes. Aprendieron a tenerse vergüenza. Ya no competían para ver quién era capaz de hacer el charco más grande de orina y Blanca no le habló de aquella materia oscura que le manchaba los calzones una vez al mes. Sin que nadie se lo dijera, se dieron cuenta de que no podían tener familiaridades delante de los demás. Cuando Blanca se ponía su

 

ropa de señorita y se sentaba en las tardes en la terraza a beber limonada con su familia, Pedro Tercero la observaba de lejos, sin acercarse. Comenzaron a ocultarse para sus juegos. Dejaron de andar tomados de la mano a la vista de los adultos y se ignoraban para no atraer su atención. La Nana respiró más tranquila, pero Clara empezó a observarlos más cuidadosamente. Terminaron las vacaciones y los Trueba regresaron a la capital cargados de frascos de dulces, compotas, cajones de fruta, quesos, gallinas y conejos en escabeche, cestos con huevos. Mientras acomodaban todo en los coches que los llevarían al tren, Blanca y Pedro Tercero se escondieron en el granero para despedirse. En esos tres meses

 

habían llegado a amarse con aquella pasión arrebatada que los trastornó durante el resto de sus vidas. Con el tiempo ese amor se hizo más invulnerable y persistente, pero ya entonces tenía la misma profundidad y certeza que lo caracterizó después. Sobre una pila de grano, aspirando el aromático polvillo del granero en la luz dorada y difusa de la mañana que se colaba entre las tablas, se besaron por todos lados, se

 

lamieron, se mordieron, se chuparon, sollozaron y bebieron las lágrimas de los dos, se juraron eternidad y se pusieron de acuerdo en un código secreto que les serviría para comunicarse durante los meses de separación.

 

Todos los que vivieron aquel momento, coinciden en que eran alrededor de las ocho de la noche cuando apareció Férula, sin que nada presagiara su llegada. Todos pudieron verla con su blusa almidonada, su manojo de llaves en la cintura y su moño de solterona, tal como la habían visto siempre en la casa. Entró por la puerta del

 

comedor en el momento en que Esteban comenzaba a trinchar el asado y la reconocieron inmediatamente, a pesar de que hacía seis años que no la veían y estaba muy pálida y mucho más anciana. Era un sábado y los mellizos, Jaime y Nicolás, habían salido del internado a pasar el fin de semana con su familia, de modo que también estaban allí. Su testimonio es muy importante, porque eran los únicos

 

miembros de la familia que vivían alejados por completo de la mesa de tres patas, preservados de la magia y el espiritismo por su rígido colegio inglés. Primero sintieron un frío súbito en el comedor y Clara ordenó que cerraran las ventanas, porque pensó que era una corriente de aire. Luego oyeron el tintineo de las llaves y casi enseguida se abrió la puerta y apareció Férula, silenciosa y con una expresión lejana, en el mismo

 

instante en que entraba la Nana por la puerta de la cocina, con la fuente de la ensalada. Esteban Trueba se quedó con el cuchillo y el tenedor de trinchar en el aire, paralizado por la sorpresa, y los tres niños gritaron ¡tía Férula! casi al unísono. Blanca alcanzó a pararse para ir a su encuentro, pero Clara, que se sentaba a su lado, estiró la mano y la sujetó de un brazo. En realidad Clara fue la única que se dio cuenta a la

 

primera mirada de lo que estaba ocurriendo, debido a su larga familiaridad con los asuntos sobrenaturales, a pesar de que nada en el aspecto de su cuñada delataba su verdadero estado. Férula se detuvo a un metro de la mesa, los miró a todos con ojos vacíos e indiferentes y luego avanzó hacia Clara, que se puso de pie, pero no hizo ningún ademán de acercarse, sino que cerró los ojos y comenzó a respirar

 

agitadamente, como si estuviera incubando uno de sus ataques de asma. Férula se acercó a ella, le puso una mano en cada hombro y la besó en la frente con un beso breve. Lo único que se escuchaba en el comedor era la respiración jadeante de Clara y el campanilleo metálico de las llaves en la cintura de Férula. Después de besar a su

 

 

 

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cuñada, Férula pasó por su lado y salió por donde mismo había entrado, cerrando la puerta a sus espaldas con suavidad. En el comedor quedó la familia inmóvil, como en una pesadilla. De pronto la Nana comenzó a temblar tan fuerte, que se le cayeron los cucharones de la ensalada y el ruido de la plata al chocar contra el parquet los sobresaltó a todos. Clara abrió los ojos. Seguía respirando con dificultad y le caían

 

lágrimas silenciosas por las mejillas y el cuello, manchándole la blusa. -Férula ha muerto -anunció.

 

Esteban Trueba soltó los cubiertos de trinchar el asado sobre el mantel y salió corriendo del comedor. Llegó hasta la calle llamando a su hermana, pero no encontró ni rastro de ella. Entretanto Clara ordenó a un sirviente que fuera a buscar los abrigos y cuando su esposo regresó, estaba colocándose el suyo y tenía las llaves del automóvil en la mano. -Vamos donde el padre Antonio -le dijo. Hicieron el camino en silencio. Esteban conducía con el corazón oprimido, buscando la antigua parroquia del padre Antonio en esos barrios de pobres donde hacía muchos años que no ponía los pies. El sacerdote estaba pegando un botón a su raída sotana cuando llegaron con la noticia de que Férula había muerto. -¡No puede ser! -exclamó-. Yo estuve con ella hace dos días y estaba en buena salud y con buen ánimo. -Llévenos a su casa, padre, por favor -suplicó Clara-. Yo sé por qué se lo digo. Está muerta. Ante la insistencia de Clara, el padre Antonio los acompañó. Guió a Esteban por unas calles estrechas hasta el domicilio de Férula. Durante esos años de soledad, ella había vivido en uno de aquellos conventillos donde iba a rezar el rosario contra la

 

voluntad de los beneficiados en los tiempos de su juventud. Tuvieron que dejar el coche a varias cuadras de distancia, porque las calles fueron haciéndose más y más estrechas, hasta que comprendieron que estaban hechas para andar sólo a pie o en bicicleta. Se internaron caminando, evitando los charcos de agua sucia que desbordaba de las acequias, sorteando la basura apilada en montones donde los gatos escarbaban como sombras sigilosas. El conventillo era un largo pasaje de casas ruinosas, todas iguales, pequeñas y humildes viviendas de cemento, con una sola puerta y dos

 

ventanas, pintadas de parduzcos colores, desvencijadas, comidas por la humedad, con alambres tendidos a través del pasaje, donde en el día se colgaba la ropa al sol, pero a esa hora de la noche, vacíos, se mecían imperceptiblemente. En el centro de la callejuela había un único pilón de agua para abastecer a todas las fam ilias que vivían allí y sólo dos faroles alumbraban el corredor entre las casas. El padre Antonio saludó a

 

una vieja que se hallaba junto al pilón de agua esperando que se llenara un balde con el chorro miserable que salía del grifo. -¿Ha visto a la señorita Férula? -preguntó. -Debe estar en su casa, padre. No la he visto en los últimos días -dijo la vieja.

 

El padre Antonio señaló una de las viviendas, igual a las demás, triste, descascarada y sucia, pero la única que tenía dos tarros colgando junto a la puerta donde crecían unas pequeñas matas de cardenales, la flor del pobre. El sacerdote golpeó la puerta. -¡Entren, no más! -gritó la vieja desde el pilón-. La señorita nunca pone llave en la puerta. ¡Ahí no hay nada que robar! Esteban Trueba abrió llamando a su hermana, pero no se atrevió a entrar. Clara fue la primera en cruzar el umbral. Adentro estaba oscuro y les salió al encuentro el

 

inconfundible aroma de lavanda y de limón. El padre Antonio encendió un fósforo. La

 

 

 

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débil llama abrió un círculo de luz en la penumbra, pero antes que pudieran avanzar o darse cuenta de qué los rodeaba, se apagó. -Esperen aquí -dijo el cura-. Yo conozco la casa. Avanzó a tientas y al rato encendió una vela. Su figura se destacó grotescamente y vieron su rostro deformado por la luz que le daba desde abajo flotando a media altura, mientras su gigantesca sombra bailoteaba contra las paredes. Clara describió esta escena con minuciosidad en su diario, detallando con cuidado las dos habitaciones oscuras, cuyos muros estaban manchados por la humedad, el pequeño baño sucio y

 

sin agua corriente, la cocina donde sólo quedaban sobras de pan viejo y un tarro con un poco de té. El resto de la vivienda de Férula pareció a Clara congruente con la pesadilla que había comenzado cuando su cuñada apareció en el comedor de la gran casa de la esquina para despedirse. Le dio la impresión de ser la trastienda de un vendedor de ropa usada o las bambalinas de una mísera compañía de teatro en gira.

 

De unos clavos en los muros colgaban trajes anticuados, boas de plumas, escuálidos pedazos de piel, collares de piedras falsas, sombreros que habían dejado de usarse hacía medio siglo, enaguas desteñidas con sus encajes raídos, vestidos que fueron ostentosos y cuyo brillo ya no existía, inexplicables chaquetas de almirantes y casullas de obispos, todo revuelto en una hermandad grotesca, donde anidaba el polvo de

 

años. Por el suelo había un trastorno de zapatos de raso, bolsos de debutante, cinturones de bisutería, suspensores y hasta una flamante espada de cadete militar. Vio pelucas tristes, potiches con afeites, frascos vacíos y un descomedimiento de artículos imposibles sembrados por todos lados. Una puerta estrecha separaba las únicas dos habitaciones. En el otro cuarto, yacía Férula en su cama. Engalanada como reina austríaca, vestía un traje de terciopelo apolillado, enaguas de tafetán amarillo y sobre su cabeza, firmemente encasquetada, brillaba una increíble peluca rizada de cantante de ópera. Nadie estaba con ella, nadie supo de su agonía y calcularon que hacía muchas horas que había muerto, porque los

 

ratones comenzaban ya a mordisquearle los pies y a devorarle los dedos. Estaba magnífica en su desolación de reina y tenía en el rostro la expresión dulce y serena que nunca tuvo en su existencia de pesadumbre. -Le gustaba vestirse con ropa usada que conseguía de segunda mano o recogía en los basurales, se pintaba y se ponía esas pelucas, pero nunca le hizo mal a nadie, por el contrario, hasta el final de sus días rezaba el rosario para la salvación de los pecadores -explicó el padre Antonio. -Déjeme sola con ella -dijo Clara con firmeza.

 

Los dos hombres salieron al pasaje, donde ya comenzaban a juntarse los vecinos. Clara se sacó el abrigo de lana blanca y se subió las mangas, se acercó a su cuñada, le

 

quitó con suavidad la peluca y vio que estaba casi calva, anciana y desvalida. La besó en la frente tal como ella la había besado pocas horas antes en el comedor de su casa y enseguida procedió, con toda calma, a improvisar los ritos de la muerte. La desnudó, la lavó, la jabonó meticulosamente sin olvidar ningún resquicio, la friccionó con agua de colonia, la empolvó, cepilló sus cuatro pelos amorosamente, la vistió con los más

 

estrafalarios y elegantes andrajos que encontró, le puso su peluca de soprano, devolviéndole en la muerte esos infinitos servicios que le había prestado Férula en la vida. Mientras trabajaba, luchando contra el asma, le iba contando de Blanca, que ya era una señorita, de los mellizos, de la gran casa de la esquina, del campo «y si vieras cómo te echamos de menos, cuñada, la falta que me haces para cuidar a esa fam ilia, ya sabes que yo no sirvo para las tareas de la casa, los muchachos están insoportables, en cambio Blanca es una niña adorable, y las hortensias que tú plantaste con tu propia mano en Las Tres Marías se han puesto marav illosas, hay

 

 

 

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algunas azules, porque puse monedas de cobre en la tierra de abono, para que brotaran de ese color, es un secreto de la naturaleza, y cada vez que las coloco en los floreros me acuerdo de ti, pero también me acuerdo de ti cuando no hay hortensias, me acuerdo siempre, Férula, porque la verdad es que desde que te fuiste de mi lado nunca más nadie me ha dado tanto amor». Terminó de acomodarla, se quedó un rato hablándole y acariciándola y después llamó a su marido y al padre Antonio, para que se ocuparan del entierro. En una caja de galletas encontraron intactos los sobres con el dinero que Esteban había enviado mensualmente a su hermana durante esos años. Clara se los dio al sacerdote para sus

 

obras piadosas, segura de que ése era el destino que Férula pensaba darles de todos modos. El cura se quedó con la muerta para que los ratones no le faltaran el respeto. Era cerca de la medianoche cuando salieron. En la puerta se habían aglomerado los

 

vecinos del conventillo para comentar la noticia. Tuvieron que abrirse paso apartando a los curiosos y espantando a los perros que olisqueaban entre la gente. Esteban se alejó a grandes zancadas llevando a Clara del brazo casi a rastras, sin fijarse en el agua sucia que salpicaba sus impecables pantalones grises del sastre inglés. Estaba furioso porque su hermana, aún después de muerta, conseguía hacerlo sentirse culpable, igual

 

como cuando era un niño. Recordó su infancia, cuando lo rodeaba de sus oscuras solicitudes, envolviéndolo en deudas de gratitud tan grandes, que en todos los días de su vida no alcanzaría a pagarlas. Volvió a sufrir el sentimiento de indignidad que a menudo lo atormentaba en su presencia y a detestar su espíritu de sacrificio, su severidad, su vocación de pobreza y su inconmovible castidad, que él sentía como un

 

reproche de su naturaleza egoísta, sensual y ansiosa de poder. ¡Que te lleve el diablo, maldita!, masculló, negándose a admitir, ni en lo más íntimo de su corazón, que su mujer tampoco llegó a pertenecerle después que él echó a Férula de la casa. -;Por qué vivía así, si le sobraba el dinero? -gritó Esteban.

 

-Porque le faltaba todo lo demás -replicó Clara dulcemente. Durante los meses que estuvieron separados, Blanca y Pedro Tercero intercambiaron por correo misivas inflamadas que él firmaba con nombre de mujer y ella ocultaba apenas llegaban. La Nana logró interceptar una o dos, pero no sabía leer

 

y aunque hubiera sabido, el código secreto le impedía enterarse del contenido, afortunadamente para ella, porque su corazón no lo hubiera resistido. Blanca pasó el invierno tejiendo un chaleco de punto con lana de Escocia en la clase de labores del colegio, pensando en las medidas del muchacho. En la noche dormía abrazada al chaleco, aspirando el olor de la lana y soñando que era él quien dormía en su cama.

 

Pedro Tercero, a su vez, pasó el invierno componiendo canciones en la guitarra para cantar a Blanca y tallando su imagen en cuanto trocito de madera caía en sus manos, sin poder separar el recuerdo angélico de la muchacha con aquellas tormentas que le hervían en la sangre, le ablandaban los huesos, le estaban haciendo cambiar la voz y salir pelos en la cara. Se debatía inquieto entre las exigencias de su cuerpo, que se

 

estaba transformando en el de un hombre, y la dulzura de un sentimiento que todavía estaba teñido por los juegos inocentes de la infancia. Ambos esperaron la llegada del verano con una impaciencia dolorosa y finalmente, cuando éste llegó y volvieron a encontrarse, el chaleco que había tejido Blanca no le entraba a Pedro Tercero por la cabeza, porque en esos meses había dejado atrás la niñez y alcanzado sus

 

proporciones de hombre adulto, y las tiernas canciones de flores y amaneceres que él había compuesto para ella, le sonaron ridículas, porque tenía el porte de una mujer y sus urgencias.

 

 

 

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Pedro Tercero seguía siendo delgado, con cabello tieso y los ojos tristes, pero al cambiar la voz adquirió una tonalidad ronca y apasionada con la que sería conocido más tarde, cuando cantara a la revolución. Hablaba poco y era hosco y torpe en el trato, pero tierno y delicado con las manos, tenía largos dedos de artista con los que tallaba, arrancaba lamentos a las cuerdas de la guitarra y dibujaba con la misma

 

facilidad con que sujetaba las riendas de un caballo, blandía el hacha p ara cortar la leña o guiaba el arado. Era el único en Las Tres Marías que hacía frente al patrón. Su padre, Pedro Segundo, le dijo mil veces que no mirara al patrón a los ojos, que no le contestara, que no se metiera con él y en su deseo de protegerlo llegó a darle rotundas palizas para agacharle el moño. Pero el hijo era rebelde. A los diez años ya

 

sabía tanto como la maestra de la escuela de Las Tres Marías y a los doce insistía en hacer el viaje al liceo del pueblo, a caballo o a pie, saliendo de su casita de ladrillos a las cinco de la mañana, lloviera o tronara. Leyó y releyó mil veces los libros mágicos de los baúles encantados del tío Marcos, y siguió alimentándose con otros que le prestaban los sindicalistas del bar y el padre José Dulce María, quien también le

 

enseñó a cultivar su habilidad natural p ara versificar y a traducir en canciones sus ideas. -Hijo mío, la Santa Madre Iglesia está a la derecha, pero Jesucristo siempre estuvo a la izquierda -le decía enigmáticamente, entre sorbo y sorbo de vino de misa con que

 

celebraba las visitas de Pedro Tercero. Así fue como un día Esteban Trucha, que estaba descansando en la terraza después del almuerzo, lo escuchó cantar algo de unas gallinas organizadas que se unían p ara enfrentar al zorro y lo vencían. Lo llamó. -Quiero oírte. ¡Canta, a ver! -le ordenó. Pedro Tercero cogió la guitarra con gesto amoroso, acomodó la pierna en una silla y rasgueó las cuerdas. Se quedó mirando fijamente al patrón mientras su voz de terciopelo se elevaba apasionada en el sopor de la siesta. Esteban Trueba no era tonto y comprendió el desafío. -¡Ajá! Veo que la cosa más estúpida se puede decir cantando -gruñó-. ¡Aprende mejor a cantar canciones de amor! A mí me gusta, patrón. La unión hace la fuerza, como dice el padre José Dulce María. Si las gallinas pueden hacerle frente al zorro, ¿qué queda p ara los humanos? Y tomó su guitarra y salió arrastrando los pies sin que el otro discurriera qué decirle, a pesar de que ya tenía la rabia a flor de labios y empezaba a subirle la tensión. Desde ese día, Esteban Trueba lo tuvo en la mira, lo observaba, desconfiaba. Trató de impedir que fuera al liceo inventándole tareas de hombre grande, pero el muchacho se

 

levantaba más temprano y se acostaba más tarde, para cumplirlas. Fue ese año que Esteban lo azotó con la fusta delante de su padre porque llevó a los inquilinos las novedades que andaban circulando entre los sindicalistas del pueblo, ideas de domingo de asueto, de sueldo mínimo, de jubilación y servicio médico, de permiso maternal para las mujeres preñadas, de votar sin presiones, y, lo más grave, la idea de una

 

organización campesina que pudiera enfrentarse a los patrones. Ese verano, cuando Blanca fue a pasar las vacaciones a Las Tres Marías, estuvo a punto de no reconocerlo, porque medía quince centímetros más y había dejado muy atrás al niño vientrudo que compartió con ella todos los veranos de la infancia. Ella se

 

bajó del coche, se estiró la falda y por primera vez no corrió a abrazarlo, sino que le hizo una inclinación de cabeza a modo de saludo, aunque con los ojos le dijo lo que los demás no debían escuchar y que, por otra parte, ya le había dicho en su impúdica

 

 

 

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correspondencia en clave. La Nana observó la escena con el rabillo del ojo y sonrió burlona. Al pasar frente a Pedro Tercero le hizo una mueca. -Aprende, mocoso, a meterte con los de tu clase y no con señoritas -se burló entre dientes. Esa noche Blanca cenó con toda la familia en el comedor la cazuela de gallina con que siempre los recibían en Las Tres Marías, sin que se vislumbrara en ella ninguna ansiedad durante la prolongada sobremesa en que su padre bebía coñac y hablaba sobre vacas importadas y minas de oro. Esperó que su madre diera la señal de

 

retirarse, luego se paró calmadamente, deseó las buenas noches a cada uno y se fue a su habitación. Por primera vez en su vida, le puso llave a la puerta. Se sentó en la cama sin quitarse la ropa y esperó en la oscuridad hasta que se acallaron las voces de los mellizos alborotando en el cuarto del lado, los pasos de los sirvientes, las puertas, los cerrojos, y la casa se acomodó, en el sueño. Entonces abrió la ventana y saltó,

 

cayendo sobre las matas de hortensias que mucho tiempo atrás había plantado su tía Férula. La noche estaba clara, se oían los grillos y los sapos. Respiró profundamente y el aire le llevó el olor dulzón de los duraznos que se secaban en el patio para las conservas. Esperó que se acostumbraran sus ojos a la oscuridad y luego comenzó a avanzar, pero no pudo seguir más lejos, porque oyó los ladridos furibundos de los

 

perros guardianes que soltaban en la noche. Eran cuatro mastines que se habían criado amarrados con cadenas y que pasaban el día encerrados, a quienes ella nunca había visto de cerca y sabía que no podrían reconocerla. Por un instante sintió que el pánico la hacía perder la cabeza y estuvo a punto de echarse a gritar, pero entonces se acordó que Pedro García, el viejo, le había dicho que los ladrones andan desnudos,

 

para que no los ataquen los perros. Sin vacilar se despojó de su ropa con toda la rapidez que le permitieron sus nervios, se la puso bajo el brazo y siguió caminando con paso tranquilo, rezando para que las bestias no le olieran el miedo. Los vio abalanzarse ladrando y siguió adelante sin perder el ritmo de la marcha. Los perros se aproximaron, gruñendo desconcertados, pero ella no se detuvo. Uno, más audaz que

 

los otros, se acercó a olerla. Recibió el vaho tibio de su aliento en la mitad de la espalda, pero no le hizo caso. Siguieron gruñendo y ladrando por un tiempo, la acompañaron un trecho y, por último, fastidiados, dieron media vuelta. Blanca suspiró aliviada y se dio cuenta que estaba temblando y cubierta de sudor, tuvo que apoyarse en un árbol y esperar hasta que pasara la fatiga que había puesto sus rod illas de lana. Después se vistió a toda prisa y echó a correr en dirección al río. Pedro Tercero la esperaba en el mismo sitio donde se habían juntado el verano anterior y donde muchos años antes Esteban Trueba se había apoderado de la humilde virginidad de Pancha García. Al ver al muchacho, Blanca enrojeció violentamente.

 

Durante los meses que habían estado separados, él se curtió en el duro oficio de hacerse hombre y ella, en cambio, estuvo recluida entre las paredes de su hogar y del colegio de monjas, preservada del roce de la vida, alimentando sueños románticos con palillos de tejer y lana de Escocia, pero la imagen de sus sueños no coincidía con ese joven alto que se acercaba murmurando su nombre. Pedro Tercero estiró la mano y le

 

tocó el cuello a la altura de la oreja. Blanca sintió algo caliente que le recorría los huesos y le ablandaba las piernas, cerró los ojos y se abandonó. La atrajo con suavidad y la rodeó con sus brazos, ella hundió la nariz en el pecho de ese hombre que no conocía, tan diferente al niño flaco con quien se acariciaba hasta la extenuación pocos meses antes. Aspiró su nuevo olor, se frotó contra su piel áspera, palpó ese

 

cuerpo enjuto y fuerte y sintió una grandiosa y completa paz que en nada se parecía a la agitación que se había apoderado de él. Se buscaron con las lenguas, como lo hacían antes, aunque parecía una caricia recién inventada, cayeron hincados besándose con desesperación y luego rodaron sobre el blando lecho de tierra húmeda.

 

 

 

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Se descubrían por vez primera y no tenían nada que decirse. La luna recorrió todo el horizonte, pero ellos no la vieron, porque estaban ocupados en explorar su más profunda intimidad, metiéndose cada uno en el pellejo del otro, insaciablemente. A partir de esa noche, Blanca y Pedro Tercero se encontraban siempre en el mismo lugar a la misma hora. En el día ella bordaba, leía y pintaba insípidas acuarelas en los alrededores de la casa, ante la mirada feliz de la Nana, que por fin podía dormir tranquila. Clara, en cambio, presentía que algo extraño estaba ocurriendo, porque podía ver un nuevo color en el aura de su hija y creía adivinar la causa. Pedro Tercero hacía sus faenas habituales en el campo y no dejó de ir al pueblo a ver a sus amigos.

 

Al caer la noche estaba muerto de fatiga, pero la perspectiva de encontrarse con Blanca le devolvía la fuerza. No en vano tenía quince años. Así pasaron todo el verano y muchos años más tarde los dos recordarían esas noches vehementes como la mejor época de sus vidas. Entretanto, Jaime y Nicolás aprovechaban las vacaciones haciendo todas aquellas cosas que estaban prohibidas en el internado británico, gritando hasta desgañitarse, peleando con cualquier pretexto, convertidos en dos mocosos mugrientos, zarrapastrosos, con las rodillas llenas de costras y la cabeza de piojos, hartos de fruta tibia recién cosechada, de sol y de libertad. Salían al alba y no volvían a la casa hasta

 

el anochecer, ocupados en cazar conejos a pedradas, correr a caballo hasta perder el aliento y espiar a las mujeres que jabonaban la ropa en el río. Así transcurrieron =res años, hasta que el terremoto cambió las cosas. Al final de esas vacaciones, los mellizos regresaron a la capital antes que el resto de la familia, acompañados por la Nana, los sirvientes de la ciudad y gran parte del equipaje. Los

 

muchachos iban directamente al colegio mientras la Nana y los otros empleados arreglaban la gran casa de la esquina para la llegada de los patrones. Blanca se quedó con sus padres en el campo unos días más. Fue entonces cuando Clara comenzó a tener pesadillas, a caminar sonámbula por los corredores y despertar gritando. En el día andaba como idiotizada, viendo signos premonitorios en el comportamiento de las bestias: que las gallinas no ponen su huevo diario, que las vacas andan espantadas, que los perros aúllan a la muerte y salen las ratas, las arañas y los gusanos de sus escondrijos, que los pájaros han abandonado los nidos y están alejándose en bandadas, mientras sus pichones gritan de hambre en los árboles.

 

Miraba obsesivamente la tenue columna de humo blanco del volcán, escrutando los cambios en el color del cielo. Blanca le preparó infusiones calientes y baños tibios y Esteban recurrió a la antigua cajita de píldoras homeopáticas para tranqu ilizarla, pero los sueños continuaron. -¡La tierra va a temblar! -decía Clara, cada vez más pálida y agitada. -¡Siempre tiembla, Clara, por Dios! -respondía Esteban.

 

-Esta vez será diferente. Habrá diez mil muertos.

 

-No hay tanta gente en todo el país -se burlaba él. Comenzó el cataclismo a las cuatro de la madrugada. Clara despertó poco antes con una pesadilla apocalíptica de caballos reventados, vacas arrebatadas por el mar, gente reptando debajo de las piedras y cavernas abiertas en el suelo donde se hundían casas enteras. Se levantó lívida de terror y corrió a la habitación de Blanca. Pero Blanca, como todas las noches, había cerrado con llave su puerta y se había deslizado por la

 

ventana en dirección al río. Los últimas días antes de volver a la ciudad, la pasión del verano adquiría características dramáticas, porque ante la inminencia de una nueva separación, los jóvenes aprovechaban todos los momentos posibles para amarse con

 

 

 

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desenfreno. Pasaban la noche en el río, inmunes al frío o el cansancio, retozando con la fuerza de la desesperación, y sólo al vislumbrar los primeros rayos del amanecer, Blanca regresaba a la casa y entraba por la ventana a su cuarto, donde llegaba justo a tiempo para oír cantar a los gallos. Clara llegó hasta la puerta de su hija y trató de abrirla, pero estaba atrancada. Golpeó y como nadie respondió, salió corriendo, dio

 

media vuelta a la casa y entonces vio la ventana abierta de par en par y las hortensias plantadas por Férula pisoteadas. En un instante comprendió la causa del color del aura de Blanca, sus ojeras, su desgano y su silencio, su somnolencia matinal y sus acuarelas vespertinas. En ese mismo momento comenzó el terremoto. Clara sintió que el suelo se sacudía y no pudo sostenerse en pie. Cayó de rod illas. Las tejas del techo se desprendieron y llovieron a su alrededor con un estrépito ensordecedor. Vio la pared de adobe de la casa quebrarse como si un hachazo le hubiera dado de frente, la tierra se abrió, tal como lo había visto en sus sueños, y una enorme grieta fue apareciendo ante ella, sumergiendo a su paso los gallineros, las

 

artesas del lavado y parte del establo. El estanque de agua se ladeó y cayó al suelo desparramando mil litros de agua sobre las ga llinas sobrevivientes que aleteaban desesperadas. A lo lejos, el volcán echaba fuego y humo como un dragón furioso. Los perros se soltaron de las cadenas y corrieron enloquecidos, los caballos que escaparon al derrumbe del establo, husmeaban el aire y relinchaban de terror antes de salir

 

desbocados a campo abierto, los álamos se tambalearon como borrachos y algunos cayeron con las raíces al aire, despachurrando los nidos de los gorriones. Y lo tremendo fue aquel rugido del fondo de la tierra, aquel resuello de gigante que se sintió largamente, llenando el aire de espanto. Clara trató de arrastrarse hacia la casa llamando a Blanca, pero los estertores del suelo se lo impidieron. Vio a los campesinos

 

que salían despavoridos de sus casas, clamando al cielo, abrazándose unos con otros, a tirones con los niños, a patadas con los perros, a empujones con los viejos, tratando de poner a salvo sus pobres pertenencias en ese estruendo de ladrillos y tejas que salían de las entrañas mismas de la tierra, como un interminable rumor de fin de mundo. Esteban Trueba apareció en el umbral de la puerta en el mismo momento en que la casa se partió como una cáscara de huevo y se derrumbó en una nube de polvo, aplastándolo bajo una montaña de escombros. Clara reptó hasta allá llamándolo a gritos, pero nadie respondió. La primera sacudida del terremoto duró casi un minuto y fue la más fuerte que se había registrado hasta esa fecha en ese país de catástrofes. Tiró al suelo casi todo lo que estaba en pie y el resto terminó de desmoronarse con el rosario de temblores menores que siguió estremeciendo el mundo hasta que amaneció. En Las Tres Marías

 

esperaron que saliera el sol para contar a los muertos y desenterrar a los sepultados que aún gemían bajo los derrumbes, entre ellos a Esteban Trueba, que todos sabían dónde estaba, pero nadie tenía esperanza de encontrar con vida. Se necesitaron cuatro hombres al mando de Pedro Segundo, para remover el cerro de polvo, tejas y adobes que lo cubría. Clara había abandonado su distracción angélica y ayudaba a quitar las

 

piedras con fuerza de hombre. -¡Hay que sacarlo! ¡Está vivo y nos escucha! -aseguraba Clara y eso les daba ánimo para continuar. Con las primeras luces aparecieron Blanca y Pedro Tercero, intactos. Clara se fue encima de su hija y le dio un par de bofetadas, pero luego la abrazó llorando, aliviada por saberla a salvo y tenerla a su lado. -¡Su padre está allí! -señaló Cl ara.

 

 

 

Posted by elgranmayaa in 22:45:34 | Permalink | Comments Off